Editorial

Del Estado a la sociedad del bienestar

España · PaginasDigital
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3 octubre 2013
Es indiscutible: los recortes generan mucho sufrimiento social. Lo que ya no está tan claro es si la política de ajustes es absolutamente necesaria o es fruto de la ideología. ¿Qué pasaría si Merkel no estuviera tan obsesionada con la disciplina fiscal? ¿Hay alguna alternativa a las políticas que están aplicando los gobiernos de centro-derecha de España y de Portugal? ¿A las que ha llevado a cabo el Gobierno de Monti durante el último año? La claridad sobre esta cuestión ayuda a reducir el sufrimiento, no porque las circunstancias vayan a ser menos difíciles. Pero sí porque, al menos, se puede tener una conciencia clara de hacia dónde vamos.

En España las cosas son bastante claras. Zapatero ya desde mayo de 2010, año y medio antes de marcharse, tuvo que hacer un severo ajuste. En 2011, por ejemplo, en Sanidad hubo que reducir 2.762 millones de euros el presupuesto. En 2012, tras la llegada de Rajoy, en 4.633 millones. Desde entonces se ha impuesto el copago farmacéutico, no se han revalorizado del todo las pensiones, se le ha quitado la paga extra a los funcionarios, se han reducido las plantillas de profesores, han desaparecido las becas, han aumentado las tasas de los estudiantes y el sistema de apoyo a la dependencia, el que se llamó el cuarto Estado del Bienestar, prácticamente se ha quedado en nada. Todo esto con una importante subida del IRPF y del IVA. En cualquier momento llegará un nuevo ajuste y se modificarán los plazos para poder jubilarse. El objetivo es reducir el déficit hasta el 6,3 por ciento en 2012. El desequilibrio fiscal de los Gobiernos regionales lo va a hacer imposible. Bruselas lo sabe y el Ejecutivo de Mariano Rajoy insiste en que, aunque no se consiga llegar a la cifra establecida, se muestre determinación política.

¿Habría otra opción? ¿Es un cuento del centro-derecha que el Estado del Bienestar está en quiebra y que no hay alternativa a la tijera? Es lo que dicen algunos. Ciertamente la política de Merkel, que es la que manda, podría haber sido otra. Si hubiese tenido más liderazgo político habría convencido a los alemanes de que sus pensiones no lo son todo y habría tolerado una política monetaria más expansiva. Como ha hecho Estados Unidos. Quizás no estaríamos hablando ahora de una recesión en forma de W. Con los ajustes, por otra parte, se puede ser selectivo. La política fiscal española no ha sido fina. El IRPF es un desastre para las familias que son las que están aportando más para que la crisis no se convierta en un genocidio económico. Lo mismo ocurre con el IVA.

Pero es ideológico pensar que el Estado del Bienestar, tal y como lo hemos conocido hasta ahora, puede seguir en pie. La globalización ha provocado que estemos compitiendo con otros países que producen con menos costes y la población de Europa envejece: tenemos cada vez menos contribuyentes y más prestaciones. Nuestras economías tienen todavía demasiadas ineficiencias y una baja tasa de productividad. En el caso de España se añade, además, otro factor decisivo: con bajos impuestos en términos comparativos se consiguieron importantes ingresos gracias a la burbuja inmobiliaria. Eso no va volver.

Quizás lo primero que haya que admitir son estos hechos. Y luego generar una "conversación" nacional o europea para respondernos sinceramente a una sola pregunta: ¿qué alternativa tenemos? Para que sea posible ese diálogo es necesario superar la mentalidad estatalista que nos paraliza. La cuestión, como siempre, es cultural. En Europa, y especialmente en España- por una mentalidad que comparten la derecha y la izquierda- hemos entendido que el Estado como sujeto abstracto, desligado de la responsabilidad social y personal, tenía la obligación y la capacidad de garantizarnos los derechos económicos que se consagraron en las constituciones del Siglo XX. Si esta crisis ha puesto de manifiesto algo es la necesidad de la transición de un Estado del Bienestar, a todas luces insostenible, a una sociedad del Bienestar, que con la ayuda de la Administración, pueda garantizar algunas de las prestaciones sanitarias o sociales que hasta ahora teníamos. Y eso no significa, fundamentalmente, privatizar. Supone, antes que nada, construir una cultura de la responsabilidad. De la Europa que levantaron nuestros padres quedará muy poco si la iniciativa social no asume el protagonismo.

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