Déficit de secularidad

Editorial · Fernando de Haro
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4 julio 2021
Hace 50 años José Jiménez Lozano, en un texto sobre Américo Castro, señalaba que no tenía sentido que “el juego clericalismo-anticlericalismo” marcara ya, como había marcado durante siglos, la vida española porque “en el mundo había perdido sentido tal dicotomía”.

Si hace medio siglo ya no tenía sentido, hoy mucho menos cuando la secularización de nuestro país es contundente. Solo un 17 por ciento de los jóvenes se considera católico practicante o no muy practicante (Fundación SM). Y sin embargo algunos debates públicos, y sobre todo ciertas causas políticas, siempre tienden a buscar legitimación en el amparo o en la crítica de los pronunciamientos políticos de la Iglesia. Parece que una causa no es suficientemente relevante si no tiene algún ingrediente anticlerical o clerical. A veces da la sensación de que lo menos importantes es en qué bando se está (algunos están en los dos a la vez). En realidad el clericalismo y el anticlericalismo son, en cierto modo, las dos caras de la misma moneda. Una forma de reducir el acontecimiento cristiano a juegos de poder, a hegemonías y anti-hegemonías. También lo señalaba Jiménez Lozano cuando apuntaba en Meditación española sobre la libertad religiosa que “en España no hay sentimiento laico o civil alguno, todo es religión y antirreligión”. Lo sorprendente es que ese marco de referencia perviva cuando la creencia mayoritaria entre los jóvenes (68 por ciento) es el karma.

En la polémica sobre los indultos se ha visto esta disociación. Algunas intervenciones del portavoz de ERC, Gabriel Rufián, en las últimas semanas, han reflejado la necesidad de parte de la clase política de situarse en el eje clerical-anticlerical. Estamos hablando de un político joven que proviene de una de las Comunidades Autónomas más secularizadas de España. Pero en pocos días, para apoyar el anteproyecto de ley trans, ha pasado de ridiculizar las creencias católicas con palabras ofensivas sobre el Espíritu Santo a citar la nota de los obispos catalanes sobre los indultos como un referente. El presidente del Gobierno, en principio un hombre laico, también ha buscado el amparo de algunas declaraciones episcopales para buscar apoyo a una posible reforma de la Constitución. Lo mismo hizo cuando visitó al papa Francisco, identificando su magisterio con sus principales preocupaciones de “gobernante progresista”. Declaraciones que conviven con su obsesión por transformar el Valle de los Caídos para que pierda su carácter religioso.

Parece que cierta clase dirigente sigue pensando en clave cristiandad-anticristiandad. Es una torpeza aceptar este marco de referencia porque sitúa al catolicismo fuera de ese gran reto y de esa gran oportunidad que es la secularización. Y, sobre todo, porque es falso. La conversación sobre cómo se fragua la unidad de España es sin duda apasionante. Y nadie puede negar el peso que en ella tuvo el factor católico. Sobre la personalidad de ese catolicismo habría también mucho de lo que hablar. Y en este punto también las aportaciones de Américo Castro, a pesar de algunas exageraciones, son muy dignas de tener en cuenta. Jiménez Lozano las relee con especial inteligencia como se ve en la Correspondencia (Editorial Trotta) entre los dos. Son temas decisivos, pero ahora estamos en una España muy diferente.

Orígenes ya decía que la misión de la Iglesia era sacar a la humanidad de la excesiva devoción por las naciones, de cualquier nación. El gran autor cristiano de los primeros siglos seguramente tenía una visión demasiado negativa de los que consideraba ídolos. Pero todo lo que sea no ocuparse de la primera obligación en este momento y situarse en viejos esquemas es contraproducente. También sobre esto Jiménez Lozano era categórico: “la primera obligación cristiana seguirá siendo formar personalidades cristianas. Durante el período contrarreformista lo hemos olvidado y hemos visto cuánto nos ha costado”.

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