Defendamos a los cristianos perseguidos con todas nuestras fuerzas

Mundo · Mario Mauro, eurodiputado
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10 enero 2010
"No os dejaremos celebrar las fiestas". Ésta era la amenaza que en el último período y, a voces, algunos grupos musulmanes hacían al obispo egipcio Kirollos. Es una amenaza muy grave, y el obispo lo sabía y sentía algo negativo en el aire la víspera de Navidad. Por desgracia, no fue suficiente haber acortado la celebración del 7 de enero. Poco antes de medianoche, un comando armado disparó a un grupo de fieles de la iglesia de San Juan en Nag Hammadi, en la provincia de Qena, a unos sesenta kilómetros de Luxor. Los atacantes abrieron fuego indiscriminadamente contra la multitud, provocando una masacre: siete muertos y nueve heridos de gravedad. El obispo había abandonado la iglesia unos minutos antes de la llegada del comando.

Para desatar la violencia se ha usado como excusa la supuesta violación de una niña musulmana de doce años de edad en noviembre del año pasado. En los días que siguieron a los hechos, la comunidad islámica local quemó propiedades cristianas y atacó edificios. La policía pidió al obispo Kirollos que, por seguridad, se quedara en su casa. 

Es urgente que, por parte de todos, se condene de un modo firme este acto infame y muy grave que repite el estrago de la intolerancia religiosa. Urge especialmente que el Gobierno egipcio se movilice para proteger a una minoría bajo constante amenaza. Es responsabilidad de la comunidad internacional y de la Unión Europea asegurar a todos, incluidas las minorías,  expresar libremente sus creencias, en el nombre de los ideales de paz y justicia que sustentan nuestras comunidades. Egipto es un país de mayoría musulmana que discrimina continuamente a la minoría cristiana (10% de la población). En innumerables casos durante los últimos años se han producido actos de discriminación, alimentados por el aumento del fundamentalismo islámico, que se justifican siempre con el mismo método. Las disputas nacen de controversias sobre la vida cotidiana: litigios sobre tierras o conflictos sobre las mujeres. La confrontación se convierte rápidamente en una cuestión religiosa en la que siempre la peor parte es para la minoría cristiana. Es un signo de que estamos frente a una persecución creciente que se camufla. 

La fe, la religión y la espiritualidad son reconocidas cada vez más como factores imprescindibles de la vida personal y comunitaria de los individuos. Tienen un papel importante para garantizar el orden público y la estabilidad social. Son la base de la motivación que sostiene el trabajo, la educación y la participación cívica. En esta situación, los gobiernos deben hacer las cuentas con el crecimiento exponencial de los fenómenos de discriminación entre personas de diferentes confesiones.   

Para un gran número de personas hoy la religión y la pertenencia a una comunidad es el aspecto más importante de su identidad. En contextos como el de Oriente Próximo, donde después del 11 de septiembre de 2001 se consideraba a los cristianos como ciudadanos subrogados a la potencia que hay que destruir, tienen una gran responsabilidad los llamados gobiernos moderados como el de Egipto.

Si realmente quieren un futuro de paz y diálogo, deben utilizar todos los medios a su alcance para defender a minorías como la de los cristianos. El diálogo entre culturas y religiones diferentes no puede ser un diálogo abstracto y no debe dar por descontado que la experiencia religiosa se vive en su verdad. Este diálogo debe basarse en la tolerancia y la verdad. Tolerancia no significa buenismo. La tolerancia significa respetar las convicciones de los demás, salvaguardando las propias, y, por último, vivir juntos sin violencia. En nuestro mundo testimoniar la fe como una experiencia que realiza nuestra humanidad es cada vez más difícil. ¿Cómo podemos entonces estar seguros y firmes, mientras que todo lo que sucede en los países donde hay persecución puede pasarnos a cualquiera de nosotros en cualquier momento?

Es necesario tener todos los días un alto sentido de responsabilidad, de la cercanía y del amor a nuestros hermanos. Debemos defenderlos con una fuerza extraordinaria porque, salvando a los cristianos, permitimos que Dios siga en el mundo y que sea el único factor de unión verdadera entre los hombres, así pueden estar unidos en la diversidad y en la imperfección.

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