De Virgilio al Apolo 13. Quien tiene esperanza sabe volver a empezar

Mundo · Emilia Guarnieri
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15 septiembre 2020
“A quien más sabe es a quien más duele perder el tiempo”. Con estas palabras, mientras Virgilio comienza con Dante la subida al Purgatorio, explica la urgencia que siente de conocer el camino para llegar a la cima de la montaña. Para quien es consciente de una tarea o de un objetivo a alcanzar (¡para “quien más sabe”!, por tanto), perder el tiempo es doloroso.

“A quien más sabe es a quien más duele perder el tiempo”. Con estas palabras, mientras Virgilio comienza con Dante la subida al Purgatorio, explica la urgencia que siente de conocer el camino para llegar a la cima de la montaña. Para quien es consciente de una tarea o de un objetivo a alcanzar (¡para “quien más sabe”!, por tanto), perder el tiempo es doloroso.

He aprendido por experiencia que una de las maneras más sencillas de perder el tiempo ante los objetivos que alcanzar es no utilizar los recursos disponibles. Tergiversar, quejarse, echar la culpa a otros, litigar, ceder a la reactividad más instintiva, no mirar todos los factores de la realidad, fingir que no se sabe algo que sí se sabe: así nos defendemos de los problemas, tratando de evitar afrontarlos. Mientras que la vida es una aparición continua de problemas que exigen que se afronten y se intenten resolver.

Siempre me ha fascinado la historia del Apolo 13, la misión espacial americana que en 1970, después de una explosión en el módulo de servicio, no llegó a la Luna pero logró devolver vivos a casa a los tres astronautas. “Houston we have a problem!”. Así empezó todo, dándose cuenta de que tenían un problema. Estaba claro que había que “resolverlo”, a pesar de que todo, desde el agua hasta el oxígeno, iba desapareciendo. Coraje, determinación, preparación, flexibilidad, por parte de los astronautas y del equipo de Houston, todo contribuyó a lograrlo. Y cuando hizo falta construir un adaptador de filtros de anhídrico carbónico, fue el momento en que saltó la intuición de los “recursos”. En la base de Houston, los ingenieros de la NASA se encerraron en una sala en busca de una solución posible usando solo los objetos que los astronautas podían utilizar a bordo. Los únicos recursos disponibles. “Inventaron” el adaptador utilizando un calcetín, cinta adhesiva y trozos de plástico que arrancaron de las portadas de los manuales de a bordo. Tenía una forma tan insólita que los astronautas lo llamaron “buzón”, feo pero adecuado para resolver el problema.

Ante la presión de la vida, cuando uno es leal y está abierto, se da cuenta de manera evidente de los recursos disponibles. Porque los recursos no son lo que nos gustaría tener para resolver problemas sino lo que la realidad nos da a cada instante para “arreglarnos”.

Estos días dominados por el caos por la reapertura de las aulas, el tema de los recursos suena terriblemente actual. Faltan muchas cosas (espacio, transporte, docentes), pero también hay otras muchas. Existen recursos que podemos valorar y utilizar, también en una ocasión como esta. Desde materiales hasta las ganas que los alumnos tienen de volver a clase.

Otro recurso fundamental es la conciencia arraigada en la historia de nuestro pueblo: la capacidad para volver a empezar, la capacidad para buscar soluciones, juntarse, valorar los intentos positivos, vengan de donde vengan, mediar y ponerse de acuerdo. Si hoy, entre los que tienen que volver a poner en marcha la educación, dominara este deseo positivo de resolver problemas y no solo la contraposición (por razones que poco tienen que ver con el bien de los alumnos) tal vez se podrían identificar antes las soluciones posibles, con menos pérdida de tiempo, con menos daño, con más sabiduría y realismo.

La diligencia es la pasión de quien sabe que hay que resolver los problemas, formar las clases, hacer que los alumnos puedan llegar a clase, evitar los contagios y garantizar la educación. Y que hay que encontrar las soluciones a todo esto. El gusto de la construcción, la positividad al afrontar las cosas, es un rasgo humanamente vencedor. Porque responde a la naturaleza humana y por tanto contribuye a unir a las personas.

Este verano, en el Meeting de Rímini, Julián Carrón citaba a Pavese: “¿Acaso alguien nos ha prometido algo? Y entonces, ¿por qué esperamos?”, y añadía: “La espera y la esperanza forman parte de nuestra naturaleza de seres humanos. Esperamos, aguardamos, porque aguardar, esperar, es constitutivo de nuestro ser humanos”.  Quien espera con esperanza, construye y vuelve a empezar, aceptando hacerlo “juntos”.

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