¿De verdad la vida sufriente ya no es vida?

Sociedad · Maurizio Vitali
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15 abril 2021
Mientras España aprueba la ley de la eutanasia y Francia se prepara para ello, mucha gente acepta morir y sufrir gracias a una compañía tangible que los sostiene

Desde hace ya un tiempo, casi todas las noches hay algún rosario que rezar, a veces online, junto a cientos de miles, por algún muerto; o por algún vivo al que nunca querríamos decir adiós. En estos gestos, así como en nuestro breve contacto con los enfermos, cuando se puede, se intensifica el sentido profundo de amistades antiguas o recientes, de afectos antiguos o recientes. Pobres voces al unísono piden la eternidad, como dice un hermoso canto de Adriana Mascagni. Nos sentimos impotentes, pero reconocemos un bien, ese bien, y lo deseamos ahora, como una promesa de amor para siempre. De modo que podamos abrazar el destino de la persona amada.

El tiempo de la vida se desvela como camino ininterrumpido, en compañía, hacia el cumplimiento. Unas vacaciones en el campo con los niños, aún pequeños, pequeñas y grandes hazañas, proyectos en marcha a los que no queremos renunciar o a los que quizá nos toque renunciar, defectos que sabemos que no debemos empeñarnos en seguir escondiendo, y ahora esta ternura infinita por una vida inerme, que pende de un hilo, gloriosa y resplandeciente porque afirma su destino.

Se dulcifica, en esta compañía hacia el destino, aun siendo atroz, el dolor de esposas, maridos, hijos, amigos. Se dulcifica el rostro doliente del que sufre. Él comprende que ha sido querido desde la eternidad, y lo sigue siendo ahora, a través de esas pobres voces y esos rostros dulces. Como un amigo con cáncer en el páncreas y Covid en los pulmones –como tantos– que nos dice: “Nunca antes había sentido vuestra compañía como una caricia de Dios que no acabará jamás”.

Mientras tantos, en una Europa sobrecargada de muertos, España y Francia han considerado urgente e impostergable ocuparse de una ley de la eutanasia. Qué contraste tan clamoroso. Entre los intelectuales más conocidos, solo Michel Houellebecq ha expresado en Le Figaro, el pasado 6 de abril, su posición totalmente contraria, afirmando que el sufrimiento no puede justificar la eutanasia, que supone “la deshonra de una civilización”. ¿Por qué? Porque –así lo argumenta– el sufrimiento se puede eliminar desde que se descubrieron la morfina y la hipnosis. Houellebecq, y con él la cultura racionalista, carece de herramientas para infringir el dogma de que la vida sufriente no es digna. “El sufrimiento físico –escribe en dicho artículo– no es más que un puro infierno, carente de interés y de sentido, del que no se puede extraer enseñanza alguna”.

¿Pero de verdad el sufrimiento no puede tener ningún sentido? ¿De verdad la vida sufriente no es vida? Creo que esta es la pregunta fundamental que cada individuo y todo el debate público deberían plantearse claramente, en vez de eludirla o censurarla. Si nos fijamos, los medios hablan siempre de violencia, pero casi nunca de sufrimiento.

El cardenal Carlo Maria Martini, en un congreso sobre el SIDA organizado en la Università degli studi de Milán en marzo de 1997, afirmó que “la búsqueda del porqué del dolor y de la enfermedad debe realizarse con la razón humana, pues el sufrimiento puede llamarse humano si va acompañado de la necesidad de un sentido”. Por otro lado, también indicó que la respuesta no puede hallarse en ninguna doctrina sobre el dolor (el budismo de la resignación, el estoicismo de la apatía total, etcétera), ni tampoco “dirigiendo la pregunta a uno mismo o a otros hombres”.

“La verdadera respuesta la da Dios –afirmó en aquella ocasión sin medias tintas– y es Cristo, nacido, muerto y resucitado. Jesús no elabora una teoría sobre el dolor y la muerte, no se preocupa por explicarnos el motivo de estas realidades humanas, pero vive en sí mismo todos los dolores del mundo y acepta morir, con angustia, como todos los hombres. No nos dice enseguida que el dolor es un valor, sino que más bien nos enseña el error de rechazar a Dios y su fidelidad de amor al ser humano en nombre de la experiencia del dolor, la enfermedad y la muerte. En Cristo podemos leer el sentido pleno de la vida y de la muerte de cada ser humano”.

Si existe alguna respuesta que se proponga ahora, inesperada pero realmente, conviene al hombre y a la civilización, en primer lugar, no censurar la necesidad de dar sentido al sufrimiento, que no es más que la necesidad de dar sentido a la vida. Si además nos sumergimos en el espectáculo de la transfiguración real del dolor y del sufrimiento, como me ha pasado a mí y a otros muchos, como decía al principio, podremos atrevernos a tomar en consideración esa extraña e inimaginable respuesta, y comprobarla uno mismo. Sería una óptima contribución a nuestra civilización. Sí, porque en esa compañía hacia el destino, capaz de abrazarlo, se vislumbra el inicio de un pueblo nuevo.

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