De Secretarios y viejas historias

España · José Luis Restán
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16 octubre 2013
Pietro Parolin ya es nuevo Secretario de Estado. Lo es aunque no pudiera estar presente en la ceremonia prevista para su toma de posesión y para la despedida de su antecesor, el cardenal Bertone, debido a una imprevista intervención quirúrgica que el portavoz vaticano se apresuró a calificar de leve.

Pietro Parolin ya es nuevo Secretario de Estado. Lo es aunque no pudiera estar presente en la ceremonia prevista para su toma de posesión y para la despedida de su antecesor, el cardenal Bertone, debido a una imprevista intervención quirúrgica que el portavoz vaticano se apresuró a calificar de leve. Algunos se devanan los sesos buscando segundas y terceras derivadas de un acto que se ha repetido tantas veces en la Santa Sede. Evidentemente van a cambiar muchas cosas, empezando por el paso de la exuberancia temperamental de Bertone a la discreción diplomática de Parolin, y siguiendo por la redefinición del papel de la Secretaría de Estado, que pasará a ser fundamentalmente una Secretaría del Papa y posiblemente se vea despojada de la función de coordinación de la Curia que llevaba aparejada en los últimos días. En todo caso no tiemblan los cimientos de la Iglesia.

Con su habitual desenvoltura Bertone dijo que ve en el Papa Francisco no tanto una revolución sino una continuidad con Benedicto XVI, aunque con diversidad de acentos y segmentos de vida personal, y subrayó dos cosas que refuerzan esa continuidad: el don del consejo espontáneo e inspirado, y la común y ferviente devoción mariana. “No hay imagen más bella que la de los Papas recogidos en oración ante la Virgen de Fátima”, añadió el cardenal salesiano. Por su parte Francisco también se expresó sin tapujos al responderle que veía en él, ante todo, al hijo de Don Bosco, y añadir significativamente que eso le ha llevado “a desempeñar todos las tareas con profundo amor a la Iglesia, gran generosidad y con esa típica mezcla salesiana que une un sincero espíritu de obediencia a una gran libertad de iniciativa e inventiva personal”. Así ha sido y no hay nada que esconder.

Es curioso el afán de trinchera que se descubre estos días por aquí y por allá, unido al fantasma de la ruptura en el camino de la Iglesia, que unos saludan alborozados mientras otros denuncian como obra casi diabólica. Habría que decir lo de aquel monarca: ¡sosegaos! La Roma de los apóstoles lleva más de veinte siglos de historia, y como diría el genial beato John Henry Newman, su presencia siempre pacifica el corazón. Será por algo, o mejor por Alguien. Otro gran teólogo muy frecuentado por el papa Bergoglio, Henri de Lubac, denunciaba en su histórica Meditation sur l’Eglise ese veneno que con frecuencia se infiltra en la tierra eclesial para dar el amargo fruto de la insidia, la maledicencia y la monstruización del diferente.

La secretaría de Bertone ha cosechado abundantes críticas, unas con más sentido que otras, y es cierto que al final las circunstancias demandaban un cambio de ciclo. Pero sería estúpido y malvado sentenciar simplemente que Bertone pertenece a una cordada intrigante y nefasta, mientras que por fin llega ahora el aire fresco y limpio. Cada uno está marcado por su historia, ha recordado el Papa Francisco, y yo añadiría ¡gracias a Dios!, porque eso significa que no venimos de la estratosfera, que aramos la tierra y el barro se nos pega a los zapatos. Y esto es bueno, siempre que nos dejemos limpiar por la misericordia del Señor. En estos pensamientos estaba cuando me llegó una curiosa historia publicada por el vaticanista Gianni Valente sobre otro Secretario de Estado, también famoso y discutido, Agostino Casaroli, artífice en buena medida de la llamada Ostpolitik vaticana en los años 70 del pasado siglo.

Se había dicho y escrito que el gran Primado de Polonia Stefan Wyszinski no perdonaba a Casaroli su guante de seda  con los regímenes comunistas. De hecho había exigido que todas las relaciones de Roma con Varsovia pasasen a través de sus manos, cosa lógica habida cuenta de cómo se las gastaban los gobernantes polacos, siempre atentos a introducir cuñas entre el Vaticano y la Iglesia en Polonia. Eran tiempos difíciles y el suelo muy resbaladizo. Cabían legítimas discrepancias sobre cómo gobernar aquella situación para preservar y aumentar los espacios de libertad de la Iglesia y es muy posible que Casaroli y Wyszinski mantuvieran discusiones, quién sabe si acaloradas. Qué fácil es pasar de ahí a la leyenda.

Resulta que ahora los diarios del Primado polaco vienen a demostrar que favoreció intensamente el nombramiento de Casaroli como Secretario de Estado de Juan pablo II. Consideraba que era “fiel, activo, escrupuloso y prudente… un hombre de oración y de fe viva, sinceramente dedicado a la Iglesia”. El Papa Wojtyla escuchó a Wyszinski y eligió a Casaroli, aunque las etiquetas los situaban en orillas contrapuestas del ajedrez eclesiástico. Así se escribe (se sigue escribiendo) la historia de la Iglesia, la verdadera. Y bienvenido Pietro Parolin, porque el tiempo apremia y la humanidad está hambrienta, como él mismo dijo, de razones para vivir y para esperar.

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