De psicólogos y otras pesadillas

España · Ignacio Carbajosa
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3 septiembre 2008
Hace un par de años una amiga italiana me mostraba su sorpresa al conocer por la televisión de su país la práctica española de mandar psicólogos a los lugares donde ha habido catástrofes con víctimas mortales. Entonces se trataba del accidente del Metro de Valencia, a pocos días de la visita de Benedicto XVI a aquella ciudad.

Este verano el trágico accidente aéreo de Barajas ha vuelto a activar el protocolo "español" y tanto el aeropuerto madrileño como los tristemente famosos pabellones de IFEMA se han poblado de esa rara avis que son los psicólogos-funcionarios. Parece como si el duro impacto de la realidad (un accidente, la pérdida de un ser querido) no despertara una pregunta, un por qué que necesita ser respondido, sino que introdujera una patología que hay que curar. Y el Estado provee. Para ello ha creado un nuevo cuerpo de funcionarios capaces de afrontar esa circunstancia.

Entendámonos, si me viera en la piel de uno de esos familiares agradecería que un médico o una persona sensata (¡incluso podría ser psicólogo!) me dijera: "no veas la televisión durante unos días, no leas periódicos, toma este calmante si no puedes dormir…". Pero también agradecería que no me tratara como un niño o como un enfermo que se plantea preguntas que carecen de sentido, provocadas por un estado de shock emocional. Nada más humano que la pregunta por el sentido de las cosas, precisamente aquella que nos diferencia de los animales.

De vez en cuando, dentro del medido guión que incluso los medios de comunicación se autoimponen en estas circunstancias, la prensa nos deleita (me temo que inconscientemente) con declaraciones de afectados que muestran que la raza humana no acaba de someterse del todo a los nuevos servicios estatales. Y uno se reconforta con la especie. En una de las reuniones de los familiares de fallecidos en Barajas con la vicepresidenta del Gobierno, un afectado dijo: "no necesitamos psicólogos, queremos un técnico que nos explique todo lo que ha sucedido". La pregunta por el porqué es inextirpable, en su amplia gama de gradaciones. Los familiares quieren saber. Pero sería ridículo reducir la pregunta por el porqué a las cuestiones técnicas ("¿por qué el avión cayó nada más despegar?"). Ésta es una pregunta todavía gobernable (e incluso manipulable) y de ella encontramos eco en todos los medios.

Cuando la pregunta sobre la cuestión "técnica" sea respondida exhaustivamente (si es que algún día es posible) los familiares no se quedarán tranquilos. No basta. ¿Por qué mi hijo? ¿Por qué mi mujer? ¿Por qué a mí? ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Para qué trabajar entonces? ¿El amor se frustra con la muerte? Éstas no son preguntas fruto de una patología post-traumática. Son las preguntas que constituyen al ser humano, las mismas preguntas que han movido a Occidente desde los pre-socráticos y cuya respuesta ha construido la civilización europea. Renunciar a estas preguntas (¡no digo ya a sus respuestas!) equivale a minar los fundamentos de nuestra convivencia. Y me temo que la manía española del nuevo cuerpo de funcionarios-psicólogos ilustra esta extraña tendencia de nuestra sociedad a su autodestrucción.

De estas preguntas, que la misma realidad pone ante nuestras narices de forma potente de vez en cuando, poco han hablado los medios de comunicación españoles.

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