De Chicago, otra voz

Mundo · José Luis Restán
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12 noviembre 2008
El cardenal Francis George es la figura más brillante del episcopado estadounidense, un teólogo en el que es fácil reconocer los acentos y preocupaciones del Papa Ratzinger. Pero ahora es además presidente de la Conferencia Episcopal, y por si todo esto fuera poco, es el arzobispo de Chicago, la ciudad de la que partió la estrella de Barack Obama. La providencia ha querido que le correspondiese pronunciar el discurso inaugural de la asamblea de los obispos norteamericanos en Baltimore, apenas una semana después de la elección presidencial: una intervención nada formalista, que merece profunda atención.

George no ha escatimado a la hora de valorar el significado histórico de la elección de Obama: "un país que en un tiempo había adoptado la esclavitud racial en su orden constitucional ha elegido ahora a un afroamericano para la presidencia, y por esto creo sinceramente que todos debemos exultar". Y a continuación, el cardenal de Chicago arranca de esta novedad para denunciar una situación que afecta históricamente a los católicos en los Estados Unidos. Se felicita porque la conciencia social ha avanzado hasta tal punto que nadie ha reclamado a Obama renunciar a su herencia racial para ser presidente, al contrario de lo que sucedió cuando Kennedy llegó a la Casa Blanca y debió garantizar que su condición de católico no influiría sobre su visión de las cosas. Para el cardenal, a día de hoy los católicos no han llegado a ser reconocidos como verdaderos "partner" en la experiencia americana, a menos que estén dispuestos a poner entre paréntesis algunos aspectos de la doctrina católica sobre moral o sobre política. Es una afirmación seria, que desvela los límites de la laicidad positiva americana y que plantea un serio interrogante de cara al futuro.

Otro paso del discurso inconformista de George se refiere al trabajo por el bien común en el que deberían encontrar un terreno común los políticos, las iglesias y comunidades religiosas, y otros actores sociales. El cardenal afirma que la justicia racial y la justicia económica son pilares de la Doctrina Social de la Iglesia, y por tanto alaba el relieve que ambos aspectos parecen cobrar en la nueva agenda presidencial, pero advierte con vigor que "el bien común no puede ser encarnado adecuadamente en ninguna sociedad en la cual quien está a la espera de nacer puede ser legalmente asesinado". La advertencia ha resonado claramente, mientras los asesores de Obama filtran la intención de la nueva administración demócrata de proceder a una amplia liberalización del aborto.

Además, el cardenal no teme establecer una comparación entre el daño que suponía para la convivencia civil el mantenimiento de las leyes racistas (que habrían impedido la presidencia de Obama) y la herida que inflige hoy el aborto. Para ello evoca una decisión del Tribunal Supremo de hace 150 años, según la cual los afroamericanos eran propiedad de otras personas, y sentencia que hoy como entonces "no se puede encontrar un terreno común destruyendo el bien común". ¿Habrá quien encuentre demasiado ácida esta valerosa intervención, en medio del almíbar general que rodea el próximo relevo en la Casa Blanca? En todo caso el cardenal George ha servido con rectitud a su país y, lo que es más importante, ha hecho que la voz de la Iglesia tenga peso y relevancia en un debate demasiado hueco y teatral como el de la última semana.

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