Dado sin supuesto

Editorial · Fernando de Haro
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23 octubre 2022
Ame encontró, afortunadamente, una persona adulta que le ayudó a comprenderse. Los jóvenes descubren, de pronto, dentro sí el vacío, la sensación de que nada les basta, la incomodidad de no saber quiénes son.

Ame tuvo una infancia y una adolescencia, sobre todo una adolescencia, complicada y dolorosa. No era capaz de aceptarse, de encontrar su sitio en el mundo. Se sentía presionada por todos. Sus padres no eran de gran ayuda. Influida por las redes sociales, pensó que sus problemas se acabarían si cambiaba de sexo. Empezó el proceso para “transicionar”. Estaba ya cerca el momento de la hormonación y de la cirugía. Empezó a ir a la consulta de un psicólogo. No habló con el terapeuta de cómo dejar de ser chica y de cómo empezar a ser chico. Hablaron de la vida, de las grandes heridas que le hacían sangrar el alma, de sus búsquedas.

Ahora Ame se ha convertido en una de las feministas que se opone al proyecto de ley trans. Tiene claro que es una mujer, una mujer particular, algo especial, pero una mujer. La tramitación del proyecto para facilitar la “autodeterminación de género” (habría que hablar de autodeterminación de sexo) ha vuelto a encender el debate entre las diferentes familias del feminismo. Es una buena oportunidad para plantearse, de nuevo, el gran tema que obsesiona en este mundo líquido: la identidad.

Las feministas que impulsan la nueva normativa, defensoras de un cambio de sexo que no necesita ni de operaciones ni de informes médicos, encarnan el rechazo de lo dado. Representan la radicalización de ese nihilismo que todos conocemos bien, que está en el aire, en las partículas de polvo que flotan sin que las advirtamos. Como todo nihilismo suele acabar en la exaltación de la voluntad de poder.

Las otras feministas, las feministas clásicas o ilustradas, que se oponen a la ley hacen una labor encomiable. Una tarea noble pero condenada al fracaso. Denuncian que es muy peligroso permitir a los menores el cambio sin necesidad del consentimiento paterno. Señalan la inseguridad jurídica que comporta la modificación de la identidad personal con una mera declaración. Critican la fuerza de ciertos lobbies. Y subrayan que el sexo es un “dato objetivo”, un factor que determina toda la personalidad, un hecho biológico.

Es tarde para que esta batalla pueda tener algún éxito. La reivindicación del valor de la diferencia sexual (como la de otros valores) llega después de dos siglos en los que el dato se ha abordado de forma restrictiva. Todavía hoy se afirma sin seguir la dinámica propia de la experiencia. Con un pensamiento abstracto se separa lo que está unido en la realidad, se separa lo dado de la pregunta por su origen. El valor se añade a posteriori.

Los datos biológicos y psicológicos no están aislados. Todo el yo es dado, todos nos recibimos a nosotros mismos presente tras presente. Nos hemos acostumbrado. Pero supone una violencia para la razón acusar que la identidad sexual o la capacidad de ser consciente de uno mismo son recibidas y no indagar en su raíz. ¿Son consecuencia de un proceso evolutivo que se justifica a sí mismo? ¿Del azar? ¿Del destino? ¿De qué destino?

Es precisamente esta mortificación de la razón lo que provocó la soledad de Ame y de muchos otros adolescentes. Ame encontró, afortunadamente, una persona adulta que le ayudó a comprenderse. Los  jóvenes descubren, de pronto, dentro de sí el vacío, la sensación de que nada les basta, la incomodidad de no saber quiénes  son. Y solos, piensan que ese vacío, y ese no bastarles nada es un defecto que se puede remediar con la voluntad, con la autodeterminación. Tienen necesidad de que alguien les muestre el valor de esa experiencia: no es un defecto, no es un error biológico, sino el apasionante drama que conlleva haber crecido. Tienen necesidad de que alguien les muestre que todo lo que les duele es su gran tesoro. Tienen necesidad de la compañía de adultos para los que el dato no sea un pre-supuesto.

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