Cumbre de la OTAN de Chicago

Mundo · Ángel Satué
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21 mayo 2012
Este lunes, las 28 naciones que integran la Alianza Atlántica, entre ellas España, la mayor y más duradera alianza militar de la Historia, y otros 30 países y organismos internacionales asociados a la misma de una u otra forma, han celebrado la XXV Cumbre de la OTAN, que comenzó el domingo en la ciudad del presidente Obama, Chicago (Illinois, EE.UU.). Habrá sido la más mediática y de las de menor alcance en cuanto a contenido.

La Alianza, creada en 1949 para garantizar, en palabras de Churchill, "la seguridad y el bienestar, la libertad y el progreso de todos los hogares y las familias de todos los hombres y las mujeres de todos los países" (Discurso de Fulton, Missouri, EE.UU.), afronta esta nueva cita en un mundo cambiante, donde las amenazas y las incertidumbres de antaño han dado paso a otras más sutiles, más imprecisas, y muy distintas, desde el final de la Guerra Fría y sobre todo, desde el inicio de la Guerra contra el Terror tras los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York.

La gravedad de la crisis económica, sobre todo del lado europeo, la total ausencia de compromiso de los aliados de alcanzar el nivel del 2% del PIB en gasto de defensa, con la excepción de EE.UU., el Reino Unido y Grecia (¡), o la ausencia de voluntad cuando toque intervenir en un conflicto (caso libio), ya sea por disparidad de culturas estratégicas, ya por la mala imagen en las respectivas opiniones públicas, son elementos de gran impacto en el futuro de la OTAN, que es lo mismo que decir de las relaciones euroatlánticas o transatlánticas.

Los EE.UU. se encuentran en todo un proceso de replanteamiento de sus prioridades geoestratégicas y de política internacional, y parece que el centro de gravedad pivota hacia el territorio donde los norteamericanos sufrieron más bajas durante la II Guerra Mundial: Asia-Pacífico, por ser para ellos el de mayor proyección de sus intereses (Henry Kissinger), y donde estos pueden verse más amenazados. No hay que olvidar que en estos momentos el mar de China es un tablero de ajedrez y China mantiene en él contenciosos territoriales con casi todos sus vecinos.

No obstante, Obama, en plena precampaña presidencial, aparece como líder y anfitrión euroatlántico, aunque nacido en medio del otrora llamado Lago Español (el Pacífico) al haber nacido en Hawai. Sin duda, el liderazgo de los EE.UU es incuestionable hasta el punto de que sin éste la Alianza caería por su propio peso. Aunque es verdaderamente casi imposible que la falta de interés de EE.UU por el tradicional vínculo transatlántico llegara al punto de poner fin a la OTAN (los EE.UU. sufragan la mitad de los gastos de la Alianza), no lo sería tanto que en el futuro se forjara una especie de "plataforma" entre Nueva Zelanda, Australia, Canadá, India, Japón, Filipinas (¿?), Corea del Sur, Reino Unido y EE.UU. en una Alianza del Pacífico, que sin desplazar a la OTAN, tomara un papel regional activo en Asia-Pacífico, dentro o fuera de la Alianza Atlántica.

Por esto, y no por otra cosa apostar por la OTAN es esencial para los europeos, porque su papel en el nuevo mundo global del siglo XXI depende de esta apuesta. Incluso es relevante para la propia unidad del continente y de la Unión Europea.

En la presente cumbre, a parte de tratar el eterno debate nuclear, la entrada en la OTAN de posibles nuevos aliados, la siempre difícil relación con Rusia (que se cree depositaria de la herencia de Roma, y de ahí todo) y la aprobación de una fase interina del escudo antimisiles -dado que al menos 30 países están desarrollando su propia capacidad balística-, se habrá analizado y decidido sobre dos temas de importancia. Por un lado, sobre la transferencia de la responsabilidad militar (de combatir) en territorio afgano a las FF.AA. afganas, prevista para finales de 2014, salvo campanada sorpresa de la Francia de Hollande anunciado un inicio del proceso en 2013, así como la definición del papel de los aliados a partir de ese momento (entrenamiento, asesoramiento, aprobación de un fondo estimando en mil millones de euros); por otro lado, se habrá impulsado el concepto de "Smart Defence" o "Defensa Inteligente", acuñado por el propio Secretario General de la OTAN en febrero de 2011, para tratar de racionalizar el gasto, evitando así duplicidades y redundancias en inversiones de seguridad y defensa, impulsando la cooperación, la coordinación de prioridades y la especialización de las capacidades militares (sistemas y plataformas) – aunque obviamente, llevará años de negociaciones pues la "Smart Defence", en el fondo, supone renunciar a ciertas capacidades y tecnologías, y pasar a depender de otros aliados y sus industrias, debiéndose crear antes todo un entramado de interdependencias e intereses cruzados que lo posibilite -.

En definitiva, se trata en ambos puntos de la agenda de ver si Europa está capacitada para el compromiso, es decir, si es capaz de dar testimonio de sus valores fundacionales ante el resto de naciones de la comunidad internacional. No hay que olvidar que la defensa es un bien que se consume y como tal cuesta dinero. Los EE.UU. han pagado mucho tiempo para que otros países (europeos) disfruten, básicamente a coste subvencionado, de la seguridad que permite el progreso y el bienestar, y en última instancia, la libertad. De hecho, la libertad siempre está amenazada y siempre hay alguien dispuesto a recordárnoslo. El compromiso con la Alianza es en el fondo, como euroatlánticos, un compromiso con la libertad, y su defensa, lo es con nuestra seguridad.

En este camino es innegable que a los EE.UU. Europa les interesa en la medida en que ayude a los americanos en los problemas que les preocupan (Monnet). A los EE.UU. les interesa una Europa más comprometida porque les permitirá liberar recursos y fuerzas hacia Asia y Pacífico. Además, son sabedores que Europa, sin el robusto vínculo trasatlántico y sin intención de sufragar el coste de su libertad y de su seguridad, y sumida en un invierno demográfico sin precedentes, le queda la nada más absoluta, bien por iniciativa propia, o bien por iniciativa de otros. Ahora bien, si Europa se compromete a gastar más en la seguridad colectiva, en justa contrapartida, deberá también ser correspondida y tenida en cuenta por los EE.UU. en su particular visión del mundo global y cosmopolita en que vivimos, en materias tales como el ius ad bellum (cuando ir a la guerra: guerra preventiva o no), estatuto del Tribunal Penal Internacional, tratado no firmado por los EE.UU., etc,.

¿Estará EE.UU. dispuesto a aceptar mayor autonomía europea a cambio de un reparto de los costes de la Alianza? ¿Será capaz la Alianza de abrirse hacia otros estados de Asia y, en qué medida afectará esto al proceso de integración europea? ¿Se ampliará el concepto de seguridad al de "seguridad humana", abarcando toda una serie de situaciones que no vayan solo a evitar la guerra y derrotar a las tiranías, sino también desterrar la escasez, la miseria y la privación (sanidad, agua, alimentación, clima, migraciones,…)? ¿Hasta que punto todo este proceso se acompañará por el más importante de participación de los 1.000 millones de euroatlánticos en todo este proceso que no puede ser otro que el del bien común? Estas y otras preguntas quedarán en el tintero, pero como pronunció Joe Biden en su discurso ante el Parlamento Europeo, en 2010: "Ahora, como entonces, en la búsqueda de socios y de ideales, europeos y americanos, se miran primero entre ellos, antes que ningún otro" (http://www.whitehouse.gov/the-press-office/remarks-vice-president-biden-european-parliament).

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