¿Cultura o ideología? La vía del encuentro a través del juego

España · Javier Rubio Hípola
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17 abril 2018
Ofrezco un relato sobre el valor “experiencial” del juego para crear cultura y  evitar el enfrentamiento que nace de  la ideología o, mejor dicho, de una visión ideológica de la realidad. Sucedió hace algún tiempo. Hacia el final de una clase de historia terminamos hablando de los movimientos postmodernos. Como parte del temario, traté de explicar la diferencia entre cultura e ideología. No recuerdo muy bien el discurso exacto, pero los márgenes eran más o menos los que siguen...

Ofrezco un relato sobre el valor “experiencial” del juego para crear cultura y  evitar el enfrentamiento que nace de  la ideología o, mejor dicho, de una visión ideológica de la realidad.

Sucedió hace algún tiempo. Hacia el final de una clase de historia terminamos hablando de los movimientos postmodernos. Como parte del temario, traté de explicar la diferencia entre cultura e ideología. No recuerdo muy bien el discurso exacto, pero los márgenes eran más o menos los que siguen:

La cultura parte de la tradición, de la experiencia de los pueblos. A partir de esa experiencia los miembros de un mismo grupo con una cierta cultura común construyen o “cultivan” esa tradición. De esta forma se desarrolla en la experiencia de las personas, las familias y los demás conjuntos sociales que participan de ella. Es un elemento integrador, tanto en el espacio como en el tiempo: no solo une a los miembros de una cierta tierra, sino que además vincula nuestra experiencia presente con el pasado (tradición) y el futuro (patrimonio o heredad cultural).

La ideología es el resultado (o la causa) del proceso opuesto. En vez de partir de la experiencia, partimos de una cierta concepción de ideas, construidas según esquemas previos a la consideración de la experiencia de la realidad. En un segundo momento aplicamos esos esquemas y forzamos a la realidad para que entren en ellos.

Un par de ejemplos sobre las ideologías

Propongo un ejemplo banal y otro más relevante. La misma jugada en un partido de fútbol (exactamente la misma experiencia), puede convertirse en un campo de batalla entre seguidores de equipos opuestos. Partiendo de la premisa de que los “otros” (los que no comparten mis ideas) son los “malos”, esta confrontación de opiniones conduce al enfrentamiento entre posturas irreconciliables. Irreconciliables son antes incluso de la experiencia del análisis de una jugada polémica. Irreconciliables permanecen, por supuesto, después de la jugada.

Lo mismo sucede con cualquier otra movimiento ideológico… (feminismo, de género, ecologismo, etc.): sobre un esquema preconcebido de la realidad fuerzan los hechos para que encajen.

Al no existir un punto de partida experiencial no existe posibilidad de encuentro con el otro. Por lo tanto, ante un esquema bipolar preconcebido y simplista (por ejemplo, machismo contra feminismo) extendemos el enfrentamiento y asumimos únicamente la parte de los hechos que nos interesa y obviamos el resto.

Preguntas y respuestas

Ni qué decir tiene que semejantes doctrinas fueron carburante de protestas violentas por parte de una buena parte del aula. Inmediatamente surgieron preguntas como: “¿entonces las ideologías no pueden ser cultura?”

Respuesta: falso dilema, consideración simplista del problema, etc., etc., etc. Entonces, para usted, “¿no hay discriminación contra las mujeres?, ¿no hay que solucionar esa lacra social?” Respuesta: por supuesto que en los casos en los que haya discriminación contra las mujeres por el hecho de ser mujeres es necesario solucionar ese problema. Esto es clase de historia, no de casuística…

Un largo maremoto de preguntas que nos condujo aceleradamente hacia el final de la primera sesión, sin que los descontentos se sintieran del todo reivindicados por las afirmaciones del profesor.

El acontecimiento: una discusión ideológica

En el descanso un chico se me acercó para plantearme el problema de la transexualidad y los transgénero. Mientras yo trataba de hacerle ver que ese tema se alejaba enormemente del tema de la clase y le encomiaba a que me pidiera una tutoría para tratar del tema, llegó a mis frágiles oídos un insulto ajeno al espíritu universitario.

Algunas alumnas se encontraban en una discusión desproporcionada. Rápidamente habían abandonado la ruta de la argumentación racional y se encontraban enzarzadas en un furibundo cruce de desprecios mutuos. El tema de los movimientos postmodernos no suele ser un tema especialmente pacífico.

Con cautela me acerqué al grupo para pedirles que bajaran el volumen y que, si querían discutir con tanto ardor, que mejor salieran del edificio.

Creo que se sintieron un poco avergonzadas al caer en la cuenta de lo que estaba pasando. Aprovechando el silencio intenté hacerles ver cómo aquello era la manifestación perfecta de una discusión desde planteamientos ideológicos.

“El problema -algo así les dije- es que no estáis dispuestas a ceder”.

El juego: una apuesta por el encuentro

Entonces se me ocurrió una idea:

“Os propongo un juego. En vez de discutir a ver quién tiene razón, o si el feminismo es bueno o es malo, o lo que sea que estéis discutiendo, porque no hacéis un esfuerzo por analizar la realidad de vuestra experiencia concreta. No los datos de las encuestas de los periódicos, no lo que os cuentan las series o las películas, no lo que habéis visto por la televisión. No. Vuestra experiencia cotidiana del día a día. Partid de los datos de esa experiencia y dialogad. Buscad primero puntos de encuentro y una vez que estéis de acuerdo en, al menos, diez puntos. Intentad ver y comprender las diferencias de los distintos puntos de vista”.

Días más tarde una de aquellas alumnas me lo agradeció. Me dijo que había entendido la clase gracias al juego.

Democresía

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