Cultura católica, movimientos eclesiales, Occidente secularizado: hacia una nueva etapa

Sociedad · Massimo Borguesi
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10 enero 2023
Dialéctica entre cultura y praxis, entre movimientos y parroquias, entre Occidente y no-Occidente. Tres nudos centrales que dan paso a una nueva etapa en la Iglesia.

El día de Navidad, Riccardo Cristiano publicaba un artículo donde resumía una conversación que tuvimos sobre el futuro de la Iglesia, titulado “Francisco, la Navidad y el futuro de la Iglesia. Habla Borghesi”. Varios amigos me han sugerido que retome ciertos puntos esenciales sobre los que conviene llamar la atención.

Es evidente que estamos viviendo un momento particularmente dramático donde la voz del Papa ha resonado con fuerza estos meses para denunciar la tragedia de la guerra que oprime a Ucrania. Un vigor, el del pontífice, que sin embargo no ha impedido la multiplicación de artículos y análisis que coinciden en subrayar una etapa de estancamiento en el pontificado, casi una especie de declive después de unos años en los que el proyecto de renovación de la Iglesia llevado adelante por Francisco resonaba fuerte y claro.

Podemos observar que muchos de esos análisis críticos proceden precisamente de aquellos que antes se habían opuesto al designio reformador del Papa. En efecto, es indudable que el modelo propuesto por Francisco en Evangelii gaudium ha frenado, y en algunos casos ha redimensionado, ese movimiento de reacción, firmemente conservador, que caracterizó a la Iglesia tras la caída del comunismo. Un movimiento que solo se ha concentrado en ciertas batallas éticas, olvidando por completo el binomio evangelización-promoción humana que Pablo VI reclamaba en la Evangelii nuntiandi de 1975. Este impulso, después de que sus referentes “imperiales”, Trump y Putin, cayeran en desgracia, parece hoy menos fuerte. Las acusaciones al Papa de no ser “ortodoxo” han perdido fuelle.

Además justo ahora, cuando el viento en contra de la sede de Pedro parece menos violento, se advierte la necesidad de abrir una nueva etapa, un “salto hacia adelante”, como dice Cristiano, un “camino que devuelva a la actualidad, al mundo de hoy, el anuncio cristiano”. Con este fin, el resumen de Cristiano proponía tres puntos en los que la Iglesia está llamada a reflexionar hoy.

El primero se refiere a la dialéctica polar entre formación intelectual del clero y práctica pastoral. Es un hecho que los seminarios y universidades eclesiástico-pontificias sufren la falta de una formación adecuada, de un pensamiento católico capaz de medirse con el desafío de un mundo complejo y profundamente secularizado. Tras abandonar el modelo neoescolástico, abstracto y claramente inadecuado, la Iglesia no ha sido capaz de proponer una formación intelectual adecuada con una perspectiva misionera. Después de la desaparición de los grandes maestros que prepararon el Concilio Vaticano II, es incapaz de ofrecer un “pensamiento católico”.

En las facultades pontificias, el bienio filosófico ha quedado desconectado, separado del trienio teológico. No va en función de la teología ni desde el punto de vista histórico ni dogmático. En muchos casos, al privilegiar orientaciones tendencialmente idealistas, corre el riesgo de resultar antitético con respecto al realismo que exige el dato revelado. No tiene presente la prioridad de la realidad sobre la idea que, según Jorge Mario Bergoglio, constituye uno de los principios fundamentales de la gnoseología. En todo caso, la orientación dominante en filosofía parece principalmente ecléctica, una mezcla heterogénea entre autores y corrientes. El joven estudiante que un día llegará a ser párroco y educador saca muy poco de útil, ninguna orientación ideal clara ni persuasiva.

Consideraciones análogas valen para el trienio teológico. También aquí prevalece, en gran medida, un eclecticismo sustancial, una desatención de la perspectiva realista en favor de indicaciones trascendentales poco atentas a la historicidad del Hecho cristiano y al valor existencial de la fe. La falta de conexión con la filosofía se refleja, por un lado, en la pobreza de un pensamiento teológico que ya no es capaz de dirigirse más que a los expertos en la materia. La teología, privada de la filosofía, se queda afónica, carece de pensamientos y lenguajes que puedan dirigirse a los hombres de hoy.

Por eso se impone un replanteamiento de conjunto. El pensamiento teológico que hizo posible el Vaticano II exige que se profundice en relación con el momento presente. De lo contrario, tendremos una práctica pastoral sin respiro ideal, un voluntarismo ético condenado a apagarse. La polaridad entre contemplación y acción, que la Iglesia siempre ha tenido presente, debe replantearse. Para ello parece importante una reforma de los estudios eclesiásticos en su conjunto.

El Papa, por su historia, tiene plena conciencia del problema. En 1976, siendo responsable del Colegio Máximo de Buenos Aires, llevó a cabo una profunda revisión del currículum de estos estudios. Como nos recuerda su biógrafo Austen Ivereigh, “reintrodujo el juniorado (la formación básica de uno o dos años en arte y disciplinas clásicas) y restableció la separación entre filosofía y teología para sustituir lo que en una carta de 1990 al padre Bruno había definido como ‘la mezcla de filosofía y teología llamada currículum, donde se empezaba estudiando a Hegel’ (sic!)” (Tiempo de misericordia. Vida de Jorge Mario Bergoglio, Milán 2014, p. 166). La distinción entre filosofía y teología se aclara a la luz de la dialéctica polar de Romano Guardini, uno de los autores preferidos del Papa. La antropología ganaría mucho asumiendo ese modelo.

Aparte de la reforma de los estudios, otro punto importante para dar un paso adelante está en una segunda polaridad que conviene tener presente: la que existe entre parroquia y movimientos. Francisco, por su historia personal, muy vinculada a América Latina, alimenta una predilección particular por el modelo parroquial. Sin duda tiene óptimas razones. En América Latina, como me explicaba la madre general de las hermanas pasionistas, “las parroquias se llaman comunidades y cada parroquia tiene varias, a veces hasta 80-100, y otras comunidades satélites también pertenecientes a la propia parroquia. Cada una con sus propios liderazgos, formados por laicos que coordinan la pastoral”.

Se trata de un cuadro rico y complejo, diferente al típico europeo. Aquí la parroquia rara vez presenta características tan claramente “populares”. Suele limitarse a misas, bautizos, bodas y funerales. A veces está llena de vida, pero normalmente está tristemente desierta. Acoge a muchos ancianos y a pocos jóvenes. No solo pasa en las parroquias, dicho sea de paso. También los movimientos, que en los años 70-80 supusieron una especie de punta de diamante eclesial, en los últimos años están aquejados de cansancio y reflujo. El Papa ha señalado en varias ocasiones los límites de ciertas impostaciones excesivamente carismáticas y comunitarias, poco atentas a la libertad de la persona. Los reclamos del Papa corrigen, trazan un camino, indican modalidades a través de las cuales el carisma de los fundadores se puede renovar, y no repetir mecánicamente. Francisco ha demostrado así que sigue creyendo en la fecundidad y utilidad de los movimientos en la Iglesia de hoy. En los movimientos de dimensión “laical” en la Iglesia ha mostrado que pueden alcanzar una auténtica madurez, hasta el punto de desarrollar un testimonio cristiano adulto y creativo dentro de las escuelas, universidades y lugares de trabajo. Ámbitos tradicionalmente lejanos del horizonte de las parroquias.

La polaridad entre parroquias y movimientos, entre la dimensión familiar de la estabilidad territorial y la externa propia de los ámbitos de estudio y trabajo, puede constituir por tanto un factor fundamental en la vida de la Iglesia del tercer milenio. Con este propósito, la experiencia de los movimientos, aparte de corregida, debe ser también paternal e inteligentemente sostenida por la autoridad eclesial.

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La tercera polaridad que debe guiar la presencia de la Iglesia hoy es la que se da entre Occidente y no-Occidente. Respecto a América del Sur y África, Occidente presenta una tasa de secularización mucho más alta. El Papa, en sus años de pontificado y en sus viajes, ha privilegiado justamente por esto a las periferias del mundo. No solo por una atención preferencial hacia los pobres, sino también porque las periferias se muestran claramente más receptivas ante el mensaje cristiano. De esta manera, el “centro” del cristianismo se ha desplazado a los bordes. Aquí también rige la ley de la polaridad. El viejo mundo parece secularizado, senil con su fe de museo, aquejado por un pasado que denigra continuamente. Sin embargo, esta no es una buena razón para abandonarlo a su suerte. Allí donde mayor es el desafío, se mide la fuerza o no de la atracción cristiana. Los jóvenes de hoy, en Europa y en EE.UU, ya no son cristianos tibios. Son nuevos paganos que poco o nada saben de la fe cristiana. Occidente tiene una larga y rica historia de fe, pero esta yace sepultada, oculta bajo los miles de escombros de la historia. Para sacarla a la luz, para mostrarla como un tesoro precioso para la existencia actual, hacen falta dos condiciones señaladas previamente: una formación espiritual-intelectual capaz de reactualizar el pasado de forma nueva y una experiencia viva de la fe, personal y comunitaria, capaz de generar testimonios humanamente creíbles.

De este modo, las tres parejas polares que hemos señalado –dialéctica entre cultura y praxis, entre movimientos y parroquias, entre Occidente y no-Occidente– perfilan un camino que permite trazar el rostro de la “Católica” al principio del nuevo milenio. La Iglesia ha sabido estos años, bajo la guía del Papa, contener el reflujo de un movimiento conservador que soplaba con fuerza al otro lado del Atlántico. Ahora necesitamos dar forma a la parte positiva contenida en la Evangelii gaudium, a la centralidad del kerygma y del testimonio. El tiempo de los escándalos no ha pasado, las heridas siguen y seguirán sangrando, pero la Iglesia no puede replegarse sobre sus propias llagas. Debe confesar sus pecados, castigar a los culpables y volver a proponer el rostro misericordioso de Cristo al mundo de hoy. Empezando por el secularizado.

 

Artículo publicado en Ilsussidario.net

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