¿Cuánto durará la guerra Israel-Hamas?

Mundo · José Miguel García (Jerusalén)
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12 enero 2009
Son ya más de 15 días de la guerra declarada por Israel a Hamas. Los muertos ascienden a más de 800; los heridos a más de 3.000. La destrucción de Gaza sigue adelante. Las condiciones de la población palestina se deterioran cada vez más... ¿Se interesa realmente Hamas por la suerte de su pueblo? No lo parece. Si nos atenemos a los hechos, todo lo contrario.

Su último rechazo al plan egipcio y a la resolución de la ONU proponiendo un alto el fuego pone bien de manifiesto que el interés preponderante de Hamas es su proyecto ideológico de lucha contra Israel. Por el bien de la población, lo más razonable habría sido acoger la propuesta de la tregua. Ésta permitiría la llegada de una ayuda masiva de los países occidentales y árabes; un período en que responder con mayor conciencia a las necesidades más urgentes; un tiempo de reflexión que pueda favorecer el inicio de negociaciones de paz. Hamas, sin embargo, ha rechazado taxativamente ambas propuestas. ¿Por qué? Aunque sea una fuerza política elegida por los votos de los palestinos que habitan en ese pequeño espacio de Gaza, Hamas no ha cambiado en sus posiciones ideológicas ni en sus objetivos. Está dominada por el odio contra Israel.

Por su parte, el Gobierno de Israel ha justificado su decisión de iniciar esta guerra, y sigue repitiéndolo ante la opinión pública, apelando a su derecho de defenderse de las agresiones de Hamas y procurar la seguridad de su país. En nombre de esta razón ha justificado también su rechazo a la resolución de la ONU. "Israel tiene derecho a proteger a sus ciudadanos", dice un comunicado de prensa del primer ministro. Incluso Olmert ha llegado a afirmar ante la prensa que "el Estado de Israel no ha aceptado nunca que ningún organismo externo determine su derecho a defender la seguridad de sus ciudadanos". Como es bien sabido, Hamas ha atacado con sus misiles en varias ocasiones algunas de las ciudades israelíes fronterizas de Gaza. Es verdad que un Estado tiene el derecho a defenderse de las agresiones y buscar la seguridad de sus ciudadanos, pero ¿esta guerra favorecerá la seguridad de los ciudadanos de Israel? No está claro si el ejército de Israel conseguirá la destrucción de Hamas; parece poco probable. Entonces, ¿por qué la decisión de iniciar esta guerra? Con seguridad, entre las consecuencias de esta acción bélica, deberemos enumerar una mayor violencia en la sociedad y un odio más fuerte en la población palestina contra Israel. Esta destrucción masiva del ejército israelí será utilizada por Hamas como justificación para una nueva oleada de atentados. En última estancia, ¿no serán los ciudadanos israelíes quienes sufrirán en sus carnes el dolor y la destrucción?

La guerra siempre es un mal. Introduce siempre más problemas en la vida cotidiana de las personas, y normalmente agrava los problemas políticos. Esta tierra de Israel-Palestina es un buen testimonio. En ella habitan dos pueblos llamados necesariamente a entenderse, pero enemistados desde el establecimiento del Estado de Israel y la inmediata guerra árabe-israelí. Y, por lo que parece, sin deseo de afrontar juntos un problema que es fuente continua de violencia y sufrimiento. La mayoría de la población israelí y palestina desea vivir en paz. ¿Por qué, pues, se continúa en esta espiral de violencia? Ciertamente el mal acecha en el corazón de cada hombre; cualquiera puede dejarse dominar por el odio o la venganza y dañar de mil formas la vida del que considera su enemigo o rival. Pero a veces uno se pregunta si situaciones como las que vive esta tierra no provienen de posiciones ideológicas encarnadas en los que detentan el poder.

Benedicto XVI en el Ángelus del 28 de diciembre pedía el cese de la violencia y reclamaba "a la comunidad internacional que haga todo lo posible para ayudar a israelíes y palestinos a escapar de este callejón sin salida y a no resignarse a la lógica perversa del enfrentamiento y de la violencia, sino a privilegiar el camino del diálogo y la negociación". En realidad, ¿desean realmente ese diálogo y negociación Hamas y el Gobierno de Israel? El poder palestino e israelí favorecen la tensión utilizando los medios de comunicación para alimentar el odio y el rencor, en lugar de promover las condiciones más favorables a la negociación.

El día de la conmemoración de la muerte de Yitzhak Rabin, hace un par de años, David Grossman pronunció en Jerusalén un discurso en que pedía a los gobernantes de su país una mayor decisión en la búsqueda de un acuerdo de paz con los palestinos. En él hacía también una fuerte denuncia de lo que está sucediendo en la sociedad israelí. Entre otras cosas, decía: "Mirad qué ha sucedido a una nación joven, llena de entusiasmo y de espíritu. Mirad cómo, casi en un proceso de envejecimiento acelerado, Israel ha pasado de una fase de infancia y juventud a un estado de constante lamento, de flaqueza, a la sensación de haber perdido una ocasión. ¿Cómo ha sucedido? ¿Cuándo hemos perdido la esperanza de poder vivir un día una vida distinta, mejor? […] Israel se ha precipitado en la insensibilidad, la crueldad, la indiferencia hacia los débiles, los pobres, los que sufren, los que tienen hambre, hacia los viejos, enfermos e inválidos; indiferencia ante el comercio de mujeres, la explotación y las condiciones de esclavitud en que viven los trabajadores extranjeros, indiferencia respecto al racismo radical, institucional, respecto a la minoría árabe. Cuando todo esto sucede con total naturalidad, sin suscitar escándalos ni protestas, yo comienzo a pensar que incluso si la paz llegara mañana, incluso si un día conseguimos una situación normal, quizá hayamos perdido la oportunidad de curarnos". La guerra siempre envilece, pues favorece la crueldad y las injusticias. Y los hombres que las realizan, aunque recurran a razones ideológicas para justificarse, no salen inmunes; se hacen peores. ¡Por el bien de Israel, por el bien de esta tierra, por el bien de Occidente, que se pare esta guerra cuanto antes! Esperemos que todavía no sea tarde para una verdadera renovación de los hombres que habitan esta tierra considerada santa por las tres religiones monoteístas. ¡Ojalá estos augurios de Grossman no se cumplan!

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