Cuando “muere” la verdad, solo vale una presencia

Mundo · Luca Doninelli
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15 enero 2021
Leo siempre con gran interés los editoriales de Páginas Digital y me ha llamado mucho la atención el de esta semana, “En el Capitolio el fin de un mundo”, que tal vez merecería un verbo en el título para quitar de la cabeza al lector la idea de que en el Capitolio solo se haya acabado “un cierto” mundo, como cuando hablamos del mundo de la moda o del mundo del rock.

Leo siempre con gran interés los editoriales de Páginas Digital y me ha llamado mucho la atención el de esta semana, “En el Capitolio el fin de un mundo”, que tal vez merecería un verbo en el título para quitar de la cabeza al lector la idea de que en el Capitolio solo se haya acabado “un cierto” mundo, como cuando hablamos del mundo de la moda o del mundo del rock.

De hecho, cada día resulta más evidente que ya no hay nada que restaurar (las ideas de democracia, libertad e igualdad social tal como se nos han legado) ni reconstruir (como sucedió en la posguerra), sino que es hora de construir, construir y punto, empezando por una relación con la historia, con la tradición, con el pasado, que ya no pueden ser como los hemos concebido hasta hoy.

Fernando de Haro habla del peligro, a nivel planetario, de una polarización, un espectáculo al que una mala comunicación nos ha acostumbrado, embotando nuestra capacidad de rechazo. Vivimos en una especie de posnormalidad donde se vuelve normal, a todos los niveles (por tanto, no solo a nivel político), el choque frontal. Lo hemos visto en el caso del Capitolio, lo vemos todos los días en la información política y también en las tertulias.

Se ha dado en llamar posverdad a esta actitud, que se puede resumir en un dogma muy sencillo: “Lo que yo pienso es verdad porque lo pienso yo, y si tú no lo piensas eres imbécil”. Es el principio de lo que De Haro llama “descomposición identitaria”, que transforma la sociedad en un desagregado tribal donde solo nos reconocemos entre iguales (mientras dure).

Hace años escribí una novela, ‘Las cosas sencillas’, que no todos entendieron, donde describía este proceso en su fase más avanzada, con el fin de todo tipo de confianza y, por tanto, de cualquier posible pacto social. En el Capitolio han acabado muchas cosas, no solo la idea de libertad y democracia tal como las aprendimos en nuestros libros de texto, también ha acabado la Ilustración que, en nombre de la razón, predicaba la separación y el desencanto, desconfiando de los que prometían el mejor de los mundos posibles, recordándonos que el mundo y el hombre son terriblemente complicados, y que los simplificadores, cuando no son santos, es fácil que acaben siendo criminales.

En el Capitolio ha muerto la verdad, tal como la habíamos aprendido, ‘adaequatio rei et intellectus’, como la inteligencia sometida a la experiencia. Y en parte la hemos matado entre todos. No solo ellos, también nosotros, incluidos los católicos, cuando por ejemplo nos hemos persuadido de que el principal problema era comunicativo, que la identidad cristiana tenía un déficit mediático, reduciendo así la cultura católica a una rama de la sociología.

Hablamos mucho, con razón de vacío educativo, pero hay que estar atentos y preguntarse si ese vacío educativo es sencillamente la causa de este eclipse de la verdad o si no será más bien una de sus muchas consecuencias. De hecho, no debemos imaginar la escuela como una masa de enseñantes perezosos, irresponsables y sindicados. La escuela está llena de profesores estupendos, inteligentes, responsables e infatigables, que dan la vida por sus alumnos.

Pero eso no impide el desastre. Tal vez es hora de preguntarse (so pena de atraer múltiples insultos con esta afirmación) si no hay que replantearse el papel de la escuela y de la universidad, que oscilan entre una defensa casi desesperada del pasado y una apertura veleidosa hacia lo “nuevo”, que recuerda a esos viejos que intentan complacer a los jóvenes adoptando su misma jerga.

Cuidado con defender la tradición. Dante, Cervantes, Shakespeare, Dostoyevski no nos salvarán. Si la belleza salvará al mundo, no será este tipo de belleza. Será una presencia humana, viva, tal vez derrotada por la historia, arrasada por el bestial huracán de la posverdad y de la violencia que esta genera –una violencia presuntuosa y llena de un orgullo insensato–, con palabras que se repiten al margen de los resultados, capaz de insinuar en los corazones (aunque tal vez no se den cuenta inmediatamente, tal vez haga falta tiempo, acaso años) esa nostalgia de la verdad que un día despertará escuchando una pieza de música, contemplando un árbol, paseando por un mundo destruido, deteniéndose por un instante para mirar a los ojos a aquel, o aquellos, a los que solo queríamos poseer, cayendo en la cuenta de golpe de que todo es don, todo es gratuito.

Chispas de esta presencia están por todas partes. Últimamente he seguido las causas de beatificación de personas como Andrea Aziani, en Lima, que llevaba velas a clase para poder acabar la clase incluso aunque saltara la luz. Una presencia será lo que salve el mundo, con o sin Dante. Y estoy seguro de que Dante (ver Purgatorio XI) está de acuerdo conmigo.

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