Cuando la vida nos deja desnudos

España · Federico Pichetto
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25 agosto 2016
La muerte que ha devastado el centro de Italia bajo la forma de un terremoto ha traído consigo algo aún peor: la costumbre del dolor —bien entrenada estos meses por el terrorismo, la guerra y las múltiples crisis en Occidente— nos hace correr el riesgo de no sentir ya dolor alguno, hasta el punto de que, pocas horas después del seísmo, solo nos llegaban los comentarios habituales de los que quieren explicar, acusar, analizar y, por esta extraña costumbre de “cosificarlo” todo, perder así la ocasión de permanecer en silencio.

La muerte que ha devastado el centro de Italia bajo la forma de un terremoto ha traído consigo algo aún peor: la costumbre del dolor —bien entrenada estos meses por el terrorismo, la guerra y las múltiples crisis en Occidente— nos hace correr el riesgo de no sentir ya dolor alguno, hasta el punto de que, pocas horas después del seísmo, solo nos llegaban los comentarios habituales de los que quieren explicar, acusar, analizar y, por esta extraña costumbre de “cosificarlo” todo, perder así la ocasión de permanecer en silencio.

Para recuperar un punto de vista auténtico desde el que mirar todo esto, podemos partir de las lágrimas de una maestra de la escuela elemental de Amatrice ante el edificio donde da clase, que ahora yace en tierra hecho escombros, destruido por la fuera de la “tierra que tiembla”. También podemos escuchar las muchas voces de aquellos que ya no tienen casa, negocio, empleo. Todas nuestras construcciones sociales, que nos protegen de las preguntas más acuciantes sobre la vida, de pronto se han derrumbado y nos dejan desnudos ante la realidad. La vida, toda la vida —del terremoto al compañero de trabajo, de la muerte de un amigo a un matrimonio que no funciona— nos desnuda, nos despoja de las infinitas estructuras y defensas que no permiten que las cosas nos impacten o nos disturben. Lo organizamos todo concienzudamente, con el objetivo de estar tranquilos y que nos dejen en paz. Pero luego la tierra tiembla, la existencia tiembla. Y todo se hace más dramático: ¿dónde dormiré esta noche?, ¿qué será de mí, de mis sueños y proyectos? Arden dentro de nosotros preguntas como ¿quién soy yo?, ¿para qué está hecha mi vida?, ¿cómo se puede vivir?

En ese instante, entre las lágrimas que acompañan el amargo descubrimiento de que todo lo que había antes ha terminado y está llamado a cambiar para siempre, emerge la necesidad más grande y verdadera de todo hombre: que Tú existas, que yo no esté solo. “Tú eres un bien para mí” no es un eslogan que repetir hasta el infinito, sino el descubrimiento definitivo de la vida. Yo te necesito para vivir, para salir de mi ruina, para pasar la noche, para volver a empezar. Yo sin ti no soy nada, no puedo ir a ninguna parte.

En el momento de la debilidad, cuando todo se derrumba, sorprendemos así la verdadera naturaleza de nuestro yo. La paradoja es que no habría que esperar a que las casas se derrumbaran ni a que los hombres mueran para descubrirlo: bastaría que nuestra humanidad permaneciera abierta de par en par frente a todo y no ilusionarse con poderlo hacer todo solos.

Los miles de voluntarios que se han congregado para echar una mano, donar sangre o abrir las puertas de su casa a los afectados son el signo de un camino posible, real, para todo el país. De hecho, la vida solo se reconquista dentro de una relación, dentro de una amistad. Esto es lo que necesitamos realmente, este es el único sueño verdadero para poder reconstruir Europa. Lo dramático es que este dato, aun estando tan fuertemente presente en nuestra experiencia cotidiana, parece emerger solo cuando todo se derrumba, cuando todo acaba y la vida vuelve a quedar desnuda, solo queda la verdad de nosotros mismos.

“Estaría seguro de poder cambiar mi vida si pudiera empezar a decir nosotros”, cantaba Giorgio Gaber. En estos momentos de gritos al cielo, la compañía de un Tú es el nuevo inicio para todo, el punto desde el que poder volver a empezar a honrar a los muertos, a curar heridas, a reconstruir las ruinas de tantas pequeñas casas que corren peligro y que no son más que la imagen más elocuente de nuestra pobre existencia. De hecho, todo vuelve a empezar por ti, querido lector, camarero, esposo, esposa, hijo, voluntario.

Pidamos que sea posible, entre las lágrimas de estas horas y la rabia de estos días, que cada uno de nosotros pueda tener, simplemente, ojos para ver a nuestro lado a este “Tú”, y encontrar de nuevo la paz. La verdadera paz de quien se siente tan amado y querido que puede incluso volver a empezar y reconstruir. Dentro de todo, a través de todo. Porque ninguna noche dura para siempre. El alba está allí, en una mirada que no esperabas pero que ya ha empezado a hacerte compañía, a hacerte volver a ser tú mismo y a despertar tu infinito deseo de estar vivo.

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