Cuando hay demasiado mal

Mundo · Emilia Guarnieri
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20 abril 2023
Verdaderamente, el mal que nos rodea es demasiado. Dan ganas de decir “basta”.

Primero los miles de muertos por el Covid, los camiones cargados de cadáveres, las masacres en Siria, la violencia en Afganistán, en Libia y en tantos, demasiados, otros países del mundo. Luego la guerra en Ucrania, con un número de muertos que nadie podía imaginar. No dejan de conocerse horrores que sufren mujeres y niños, violencia por todas partes, violencia sin razón, litigios en familia que acaban en masacre, rabia que se transforma en armas de fuego descargadas en aulas escolares, niños que mueren sin razón alguna. Tanto mal que quita el aliento.

Es verdad. Siempre ha sido así. Siempre hemos vivido en medio del mal, guerras y violencia. Pero muchas veces hemos intentando no mirar. O incluso, con nuestra presunción moderna, hemos creído derrotar al mal. Ilusionándonos acaso con ser capaces de esquivar los golpes adversos y conseguir ponernos a salvo. Pero no. Porque la enfermedad, la muerte, la violencia, la guerra siempre nos alcanzan. Y aunque no nos toquen directamente, somos incapaces de librarnos de esa angustia llena de ansiedad e inseguridad que llevamos dentro.

Pero justo cuando la realidad nos muestra su carácter inevitable, cuando nos damos cuenta de que el mal existe y nos alcanza, y que sería irracional afirmar lo contrario, justo en ese momento nos vemos obligados a reconocer que solo tenemos dos posibilidades: o sucumbir, renunciando al deseo innato de vivir y afirmar el bien y la verdad, o bien aceptar el desafío intentando mirar a la cara todos los factores de la realidad, para ver si en ese horizonte tenebroso puede abrirse paso una posible respuesta.

En la historia de la humanidad hubo un intento, alto y noble, de enfrentarse al mal y mirarlo a la cara. Fue la grandeza de la tragedia griega. Como dice Galimberti en su reciente diálogo con Julilán Carrón publicado con el título de Creer, “los griegos eran trágicos porque comprendieron cuál era la esencia de lo humano, que es la implosión de todos los sentidos”. Sí, estos grandes griegos eran realmente trágicos. Sufrían de manera atroz por el mal, conocían su carácter inevitable, pero no podían admitir ser responsables de ello. Sabían por experiencia que no eran capaces de alcanzar la realización de su propia humanidad, incapaces de realizar el bien y la justicia, incapaces de construirse ese sentido que necesitaban. Entonces, frente al mal que seguía mordiendo su vida, la única hipótesis razonable era que todo fuera culpa del destino, de los dioses.

Edipo, que con generosa nobleza de ánimo intentó durante toda su vida no cometer el horrendo mal que el oráculo le había profetizado, se convertirá en cambio, sin ser consciente, en el asesino de su padre y en el esposo incestuoso de su propia madre. Cuando descubra el mal cometido, desesperado, quedará horriblemente cegado y vagará durante años como un pobre mendigo.

Lo que les falta a los griegos es ejercer la libertad, esa de la que habla Carrón en su diálogo con Galimberti. “¿Cómo podemos vivir si pensamos que no somos libres y por tanto responsables? ¿Qué consecuencias tendremos que afrontar en nuestra convivencia social si abolimos el concepto de libertad, responsabilidad y justicia?”.

Debemos custodiar esta humanísima y fascinante libertad, defenderla, hacerla crecer, conscientes de que esta libertar puede estar también en el origen de todo el huracán de mal que nos arrolla. Somos libres pero estamos en lucha, libres pero limitados y necesitados. Deseamos el bien y la justicia, pero el mal sigue avanzando. Si no queremos traicionar nuestra humanidad, si queremos salvar nuestros deseos y nuestra libertad, solo podemos esperar que dentro de las tinieblas de la realidad pueda acontecer un factor distinto, no limitado, más potente que toda abominación, capaz de derrotar al mal y vencer a la muerte.

En la historia ha habido un solo hombre que haya vencido a la muerte porque ha resucitado y ha vencido el mal porque lo ha perdonado. Hoy ese hombre sigue estando presente en la compañía de otros hombres. Hombres, como dice Eliot, “salvados a pesar de su ser negativo; bestiales como siempre, carnales, buscándose a sí mismos como siempre, egoístas y cegatos como siempre, pero siempre luchando, siempre reafirmándose, siempre reanudando la marcha por el camino iluminado por la luz”.

Hombres así existen, los podemos encontrar en el mundo, limitados y malvados como todos, pero en marcha, siempre dispuestos a cambiar y a reconocer una posibilidad mejor. Tal vez basta con seguir sus huellas, como aquellos pocos que, cuando Pablo habló de la resurrección precisamente a los griegos, ya no se fueron.

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