La crisis de mi Estado de Bienestar (I)

Cuando creemos que el Estado es nuestra última esperanza

España · Francisco Medina
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16 mayo 2013
Es un hecho cultural arraigado: siglos de Historia y de creación jurídica, heredada de las corrientes de la Ilustración y de las corrientes filosóficas del siglo XIX (que ponían al Estado como pivote básico en la construcción de un hombre nuevo), han arraigado en nuestro país hasta adentrarse en nuestra mentalidad. En realidad, las protestas que están sacudiendo las calles estos días, movidas, en gran parte, por el descontento y el hastío hacia la clase política (por un lado) y por la pérdida de confianza hacia las instituciones sociales y políticas más arraigadas en España (el Estado, la Iglesia, las instituciones democráticas y los partidos políticos), no han hecho sino salir más a la superficie las consecuencias del "pensamiento del bienestar".

La sustitución del bien común por la res publica

Frente a lo que gran parte de los sociólogos, los historiadores, los administrativistas, los juristas y demás académicos que están más inclinados al intervencionismo del Estado, ya existía, desde tiempos del Medievo, la noción del bien común, un don traído por la concepción que el cristianismo tenía del hombre y de las relaciones entre él y sus semejantes. Fue esta experiencia que vivieron los primeros cristianos, transmitida de boca en boca, lo que nos ha movido para generar lazos de comunidad y constituir la ciudad. Y comenzamos a interesarnos por la res publica, por aquello que era común a todos nosotros, sin que ninguna instancia distinta tratase de establecer monopolio alguno. Tiempos aquellos, donde la fe cristiana tenía que ver con todo, al menos, como criterio.

El problema fue cuando, al querer corregir los excesos del Imperio y del Papado, algunos rompieron la baraja para siempre: fe y vida parece que se separarían en compartimentos estancos. En el XVII, nos exasperamos con el Leviatán de T. Hobbes y el miedo a la libertad humana. Cundió como reguero de pólvora la sospecha de la fe como criterio para juzgar, y la Iglesia comenzó a ir perdiendo, poco a poco, espacio en el ámbito del pensamiento y de la ciencia. La Ilustración no la perdonó su fatiga a la hora de volver a proponer el Acontecimiento en su origen: para el pensamiento ilustrado, ya no se trataba de distinguir ámbitos. Ahora había que ocupar el lugar de la religión: destronarla, al fin, como propugnaba Voltaire, o el propio Rousseau, porque ya no servía más que como superstición frente a las Luces (igualdad, fraternidad, saber y conocimiento). La comunidad de destino en lo universal (la ciudad de Dios agustiniana), generada por una vida nacida de la experiencia de la fe, al ser considerada nociva y oscurantista, es destruida y sustituida por el modelo de Estado fuerte, centralizador, laico, generador de pensamiento y constructor de un hombre liberado de la superstición. Comenzó, entonces, la labor de desvincular al hombre de sí mismo (la familia, la iglesia, la ciudad…) y concebirlo como mónada al servicio del Estado. Y así surge el proceso de despersonalización de la sociedad: lejos de ser un organismo vivo, el conjunto de hombres que viven en un país se convierte en una serie de compartimentos estancos, sin relación entre ellos. El Estado consumó, al fin, en el siglo XX, su golpe de Estado sobre la conciencia de los hombres: el totalitarismo.

Una idolatría hacia el Estado del bienestar

Mucho se habla ahora de esta crisis que nos ha convulsionado. Y los "gurús" de la socialdemocracia, partidarios acérrimos de la planificación, la igualdad, la economía sostenible, la neutralidad y el relativismo (vive como te dé la gana y deja al resto en paz), no han dudado un segundo en achacar de todos los males al neoliberalismo y su influencia en la economía global. En ámbitos como las relaciones internacionales, la cooperación al desarrollo, el derecho, la política e, incluso, la cultura, no han dudado en apropiarse de los contenidos de las disciplinas para construir un antídoto cultural: la justificación del Estado como fin último de la felicidad del hombre. Se trata de que, desde el ámbito cultural y académico, no pueda ponerse en duda el dogma del Estado del bienestar. Y a fe mía que lo han conseguido: desde las Facultades de Derecho, Políticas y Sociología, Filosofía,…a través de las diversas disciplinas, hasta el ámbito de una defensa de lo público frente a lo privado, propia del corporativismo funcionarial, cunde esta esquizofrenia y recelo frente a las obras que surgen diferentes de las Administraciones Públicas.

Sin duda alguna, y justo es reconocerlo, con el Estado social y democrático de Derecho que nos acordamos dar en la Constitución de 1978, quisimos establecer unas conquistas mínimas para una sociedad más justa, y empezamos a elaborar nuestra lista de derechos básicos: algunos de ellos (como los derechos fundamentales, enumerados en los artículos 14 a 29), los necesitábamos ver reconocidos. En medio de nuestra euforia democrática, consciente o inconscientemente, nos dejamos llevar por el sentimentalismo ilustrado de tratar de responder a nuestras exigencias profundas (a las que ninguna Constitución podrá dar respuesta) con esa lista de derechos….y nos olvidamos de las responsabilidades. Asumimos, sin ninguna crítica, bajo la excusa de evitarnos "los males del franquismo", el dogma de que a nadie debía faltarle de nada, hasta el punto de, si era preciso, ahorrarle el ejercicio de la libertad y de la responsabilidad personal. En este paroxismo social (no nos engañemos), custodiamos el Estado del bienestar como si fuese el Arca de la Alianza. En definitiva, como no quisimos crecer, nos creamos un ídolo en el que hemos depositado todas nuestras esperanzas. No quisimos tocarlo y entender que sólo era un instrumento para crecer en responsabilidad y solidaridad. La consecuencia es que engordamos la gallina administrativa estatal y autonómica -por no hablar de los ayuntamientos- y el resultado ha sido un cerdo a punto de reventar.

Ciertamente, el Estado del bienestar ha permitido que muchos resolvieran su incertidumbre a la hora de buscar trabajo accediendo a la Función Pública (por enchufe o por méritos); ejercer sus derechos sindicales (accediendo a posiciones de privilegio frente al resto de los trabajadores); crear ONG para repartir condones y difundir la ideología de género; difundir panfletos y mensajes incendiarios contra las "oligarquías del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional" o el capitalismo global, sin un cambio del corazón. Con el adoctrinamiento Voltaire-roussseauniano de la ciudadanía, hemos utilizado el conocimiento para justificar o encubrir, tanto desde el poder como desde las cátedras universitarias, el hecho de que tenemos miedo porque no tenemos certeza. Porque quisimos, al condenar los integrismos y las tergiversaciones de la experiencia religiosa, eliminar nuestras preguntas y evitar el riesgo de una búsqueda existencial del Infinito.

El Estado se convirtió, así, en nuestra última esperanza, porque quisimos eliminar al Misterio, creyendo que nuestras preguntas se contestarían (como aún piensan muchos estudiosos de las Relaciones Internacionales) con el idealismo kantiano que nos prometía hacernos hombres nuevos. La ironía es que hechos como el movimiento del 15-M, los escraches, los asaltos al Congreso de los Diputados, o lo que sucede en Facultades como la de Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, es que el resentimiento sale a flote, sin que las preguntas que surgen en los implicados puedan ser contestadas desde los poderes públicos (los deseos del corazón no se contestan con el Derecho positivo). Es claro que el Estado no es la última esperanza. Y, sin embargo, muchos de nosotros, sí tenemos experiencia de que nuestras preguntas se ven respondidas por la experiencia de Misterio que está presente. ¿Quién si no está a la altura de nuestro corazón?

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