Crítica de la teología política

Cultura · Cecilia Ricci
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3 noviembre 2014
Quizás bastaría con echar un rápido vistazo a Oriente Medio, Iraq y Siria, heridos por la ciega furia del integrismo islámico del Isis, para entender hasta qué punto resulta de candente actualidad el fenómeno de la “teología política”, que es el tema central del libro “Crítica de la teología política. De Agustín a Peterson: el fin de la era constantiniana” (Marietti 2013) de Massimo Borghesi, profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Perugia.

Quizás bastaría con echar un rápido vistazo a Oriente Medio, Iraq y Siria, heridos por la ciega furia del integrismo islámico del Isis, para entender hasta qué punto resulta de candente actualidad el fenómeno de la “teología política”, que es el tema central del libro “Crítica de la teología política. De Agustín a Peterson: el fin de la era constantiniana” (Marietti 2013) de Massimo Borghesi, profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Perugia.

Sin embargo –como señala cuidadosamente el autor– este fenómeno tiene raíces más antiguas, es transversal a derecha e izquierda, e indica una tendencia totalizante y dialéctiva que lleva al momento político y teológico a realizarse uno mediante el otro. Por tanto, a diferencia de la “teología de la política”, donde ambos polos, político y religioso, se encuentran legítimamente –respetando su mutua heterogeneidad– gracias a la mediación ético-jurídia, la “teología política” da lugar a una superposición inmediata, generando la nueva fórmula de la secularización de dos caras. Por un lado, la de una fe mundana que identifica la “civitas dei” con la “civitas mundi”. Se trata de la teología política tradicional, en su versión teocrática o papista, que tiene su máximo exponente en Eusebio de Cesarea. Por otro lado, está el filón de la teología política post-cristiana, que procede a la absolutización religiosa del momento político y que recibió una formulación teórica por parte de Carl Schmitt en un ensayo de 1922, titulado “Teología Política”. Schmitt, que se encuentra entre los autores clave de este libro, identifica la clave de la teología política post-cristiana en el recurso a la dialéctica amigo-enemigo, desconocida para la primera forma tradicional. Cada época genera sus propias teologías políticas y así, desde el romántico XIX –donde la caída del antiguo régimen dio lugar tanto a la versión socialista-revolucionaria de la teología política como a la versión de derechas, apoyada en la Restauración –la segunda posguerra, cuando la posición de fuerza de los católicos marxistas se alimentaba de la disolución del régimen de derechas y de la contestación del 68, hasta el derrumbe de las Torres Gemelas en 2001– que desencadenó la violenta contraposición entre el fundamentalistamo religioso islámico y la reacción teocon norteamericana. La sucesión de los hechos históricos nos muestra, como decía Schmitt, que solo un clima de guerra con sus necesarias fracturas históricas puede alimentar la teología política. Y mientras el poder político sigue decidiendo la suerte del religioso y su recuperación. Borghesi traza en este trabajo, extremadamente profundizado y documentado, la camino vencedor de autocomprensión de la Iglesia y de su pensamiento político, e identifica la superación del modelo de la teología política en la lectura “liberal” de Agustín, que a través de Peterson llega hasta Ratzinger y la “Dignitatis Humane”, el documento conciliar que supone la máxima expresión del diálogo con la modernidad respetuoso de la libertad religiosa. El mérito de Peterson, gran crítico de Schmitt y de la teología política, es el de recuperar al Agustín de “De civitate Dei”, que disocia religión y brazo secular, manteniendo intacta la “reserva escatológica”, el descarte entre naturaleza y gracia. A través del Agustín “liberal”, el Vaticano II recupera el espíritu del cristianismo de los primeros cuatro siglos, que culminan con la concesión de la libertad religiosa para todos sancionada en el año 313 por el Edicto de Constantino y Licinio.

Peterson, Ratzinger y Maritain son los grandes protagonistas del pensamiento cristiano que ha conseguido superar a Schmitt y encontrarse con la modernidad volviendo al cristianismo primitivo. Y con Schmitt, como ilustra Borghesi, también se medirán los sucesivos intérpretes de la teología política. Como Metz, que una vez abandonado el antropocentrismo cristiano de matriz neotomista, elabora una versión mesiánica de la teología política entendida como crítica radical de la sociedad. Su teología política de izquierdas le llevará de hecho a recuperar la dialéctica enemigo-amigo de Schimtt a partir del marxismo utópico de Ernst Bloch.

En el itinerario que recorre Borghesi, la teología política revela siempre su naturaleza de ideología de guerra. Su imposibilidad, teológicamente hablando, se fundamente, agustinianamente, “tanto en la concepción de la gracia, que marca la distinción entre las dos ciudades, como en la del pecado. Es la condición del hombre pecador que impone la distinción entre teología, ética, derecho, política. Distinción que el fundamentalismo teológico-político no reconoce y que constituye la esencia de la democracia liberal moderna”.

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