Cristo no puede ser funcionario

Mundo · Fernando de Haro, Islamabad
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25 junio 2019
La vida hierve en el Barrio 66, uno de los suburbios de Islamabad. El Barrio 66 está a miles de kilómetros de distancia de las zonas residenciales de las afueras, donde viven los altos cargos del ejército, en bonitos chalets con patios interiores en los que el rigor del verano se suaviza con sombras de árboles cuidados y el olor intenso y algo embriagador del jazmín. Aquí es todo bullicio, en las casas de pocos metros cuadrados, construidas sin permiso y sin título de propiedad, una habitación y una cama sirve de dormitorio para toda la familia y la cocina son dos hornillos en un pasillo.

La vida hierve en el Barrio 66, uno de los suburbios de Islamabad. El Barrio 66 está a miles de kilómetros de distancia de las zonas residenciales de las afueras, donde viven los altos cargos del ejército, en bonitos chalets con patios interiores en los que el rigor del verano se suaviza con sombras de árboles cuidados y el olor intenso y algo embriagador del jazmín. Aquí es todo bullicio, en las casas de pocos metros cuadrados, construidas sin permiso y sin título de propiedad, una habitación y una cama sirve de dormitorio para toda la familia y la cocina son dos hornillos en un pasillo. Los que han prosperado se han construido una pequeña azotea. Por las calles sin asfaltar pasean jóvenes del brazo, mujeres que se cubren la cabeza con pañuelos de colores, hombres con grandes mostachos y el pelo recio y negro de los indios. No hay barbas largas de piedad en los varones ni sombreros pastunes, ni hiyabs. Pero, por lo demás, nadie puede reconocer por su modo de vestir a los cristianos, que son mayoría en el Barrio 66 y que han llegado aquí, en su mayoría, huyendo de la miseria del Punjab.

Los carniceros exponen, sobre un mostrador de piedra, su producto. Sentados junto a piezas de cordero, espantan sin mucha convicción las moscas con unos latiguillos de plástico. Alguno con inclinaciones por la invención ha construido un artefacto con un motorcillo para no tener que esforzarse mucho. Junto a las carnicerías, dos pequeñas iglesias protestantes. La casa de Younas está en un recodo, con su nombre completo en la puerta. Younas se vino con sus padres del Punjab siendo pequeño. Su camisa y su pantalón, a la europea, están impolutos. Nos invita a entrar. Mónica, su mujer, anda entre fogones y nos saluda con timidez. Nos sentamos en una pequeña salita y Younas nos saca enseguida algunas bebidas. Algunos de los hermanos de Younas han buscado mejor vida en Europa, pero él ha preferido quedarse en Pakistán, a pesar de que las cosas no le han sido fáciles. Su primer hijo sufrió un atentado y anda con dificultad. Las ayudas del Gobierno no han llegado.

El primer nombre de Younas es de origen musulmán, pero el segundo, que usa habitualmente, es Masih, que significa “Cristo”. Younas no ha renunciado a su segundo nombre aunque le ha impedido acceder a un cargo en la Administración. Younas hace veinte años quiso convertirse en funcionario público. Su formación se lo permitía. Pero, a pesar de haberlo solicitado más de quince veces, fue rechazado. “Estoy convencido de que me rechazaron porque me llamo Cristo”, explica Younas. “Creo que afortunadamente las cosas han cambiado en los últimos años”, sostiene. Pero lo cierto es que los estudios hechos por prestigiosos centros de estudios muestran que la discriminación laboral es muy frecuente todavía en Pakistán para los bautizados. El acceso a los altos puestos de la Administración está prácticamente vedado.

Mientras Mónica sigue con el trajín en la cocina, se presenta un amigo de Younas. El saludo es afectuoso. Los dos se funden en un abrazo. El amigo de Younas nos cuenta que es cocinero y que hace poco solicitó el permiso para abrir un restaurante. No se lo han coincidido. “No me han dado explicaciones, pero estoy convencido de que no me han dado la licencia porque soy cristiano, piensan que los cristianos somos gente impura y que no podemos cocinar para los musulmanes”, me explica. Le pido que me cuente la historia en una entrevista a cámara, se niega y se marcha con prisa, como si tuviera miedo de que el solo contacto con un periodista vaya a poner su vida en peligro.

Younas trae vasos, platos y refrescos. Lo hace todo con calma, con esa parsimonia cuidadosa que ponen los pakistaníes para servir la mesa, como si fuera una liturgia. Mónica ha preparado un estofado de ternera con un picante suave que acompañamos con arroz. En la casa pobre de Younas, en el Barrio 66, no hay dinero para muchas fiestas, pero hoy han decidido tirar la casa por la ventana. Hay invitados. Mónica está sentada en la única cama de la casa y le pido, le ruego, que salga para hacerme una foto con ella, delante del menú que nos ha preparado. Se resiste. Al final consigo convencerla. Sonríe por compromiso y escapa pronto. Younas Cristo, el hombre que no pudo ser funcionario, sonríe con orgullo.

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