Cristianos y musulmanes. Fe y libertad en la ciudad plural

Cultura · Angelo Scola
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21 marzo 2018
Aunque el tema central del último número de la revista Oasis, “Musulmanes, fe y libertad”, pueda parecer lejano de nuestras preocupaciones cotidianas, el subtítulo, “Por qué esta es la verdadera cuestión del futuro (más que el terrorismo)”, debería disipar toda impresión de algo abstracto. Me han dicho que algunos lo han definido como valiente, pero más que valiente creo que es dramáticamente realista porque el gran nudo sin resolver del que nacen muchas de las tensiones del mundo musulmán, llegando hasta la tragedia del yihadismo, es justamente la ausencia de libertad. En particular, sin libertad se seguirá planteando la trágica alternativa entre gobierno autoritario o dictadura religiosa que aplasta a las iglesias cristianas, en apoyo de las cuales nació Oasis hace ya más de doce años.

Aunque el tema central del último número de la revista Oasis, “Musulmanes, fe y libertad”, pueda parecer lejano de nuestras preocupaciones cotidianas, el subtítulo, “Por qué esta es la verdadera cuestión del futuro (más que el terrorismo)”, debería disipar toda impresión de algo abstracto. Me han dicho que algunos lo han definido como valiente, pero más que valiente creo que es dramáticamente realista porque el gran nudo sin resolver del que nacen muchas de las tensiones del mundo musulmán, llegando hasta la tragedia del yihadismo, es justamente la ausencia de libertad. En particular, sin libertad se seguirá planteando la trágica alternativa entre gobierno autoritario o dictadura religiosa que aplasta a las iglesias cristianas, en apoyo de las cuales nació Oasis hace ya más de doce años.

Una conversación interrumpida

Libertad y liberación no son sinónimos. Cincuenta años después del 68 conocemos bien la potencia del ideal de liberación (política, económica, social…), su capacidad para movilizar a las masas, como se decía entonces. Sin embargo, la evolución –aunque sería mejor decir la involución– del 68 nos muestra que no hay verdadera liberación sin una concepción adecuada de la libertad. Las revueltas árabes de 2011, que empezaron en Túnez y Egipto, han sido un grito de liberación que no supo abrirse camino hacia la libertad; a causa de la represión, ciertamente, pero también a causa de una insuficiencia interna en las diversas almas de las protestas. Y así el terrorismo, entonces reducido a una posición defensiva, pudo volver a levantar la cabeza. Por eso, en un momento en que el yihadismo acusa el golpe de varias derrotas militares, resulta crucial volver a hablar de libertad, sin descargar tan pronto las responsabilidades en el sistema político global y, por otro lado, sin encerrarse, por lo que a Europa se refiere, en un miope enfoque centrado en la seguridad. Solo así se podrá quitar su base al fundamentalismo.

Pero no es fácil discutir sobre estos temas, al menos en el mundo musulmán. El primer obstáculo son sin duda los constantes ataques a la libertad de expresión que impiden afrontar serenamente las cuestiones más delicadas. ¿Cómo se va a reflexionar sobre la libertad religiosa con la espada del takfīr (acusación a los no creyentes) desenvainada sobre nuestras cabezas? ¿Cómo se va a hablar de los límites del poder político en un estado policial? «Pero lo que el hombre no puede hacer públicamente –escribe el estudioso coránico Emran Al-Badawi en un interesante artículo– lo hace en secreto. O mejor aún en internet». Existe por tanto un debate sobre estos temas que merece ser conocido, aunque se desarrolle en su mayoría de manera subterránea y al margen del discurso oficial, político y religioso.

Sin embargo, el último número de Oasis también muestra una dificultad más profunda, diría que un gran malentendido, bien documentado en un libro-manifiesto de principios del siglo XX, “La naturaleza del despotismo” del sirio Al-Kawakibi (1854-1902). Muy conocido en el mundo árabe, este libro supone indudablemente un potente llamamiento en favor de la libertad. Pero insuficiente. El autor sirio leyó a Vittorio Alfieri (1749-1803), del que toma numerosas ideas. Sin embargo, como el piamontés, sigue preso de un esquema ilustrado según el cual el cristianismo –y el catolicismo en particular– sería el principal obstáculo a la libertad. Al-Kawakibi cree que puede salir al paso de las dificultades con dos movimientos. Primero, introduce la más clásica de las distinciones entre la figura de Jesús, positiva y profética, y la historia de la Iglesia como institución temporal corrupta. Segundo, cree que puede exonerar al islam de la crítica ilustrada ya que se trata de una religión sin clero; si hubiera vivido hasta los tiempos del Isis habría visto que se puede construir tranquilamente una tiranía religiosa aun con ausencia de clero.

El gran malentendido de Kawakibi, y de tantos autores que después de él se posicionaron en el mundo islámico a favor de la libertad, consiste en leer el cristianismo a través de las lentes de la modernidad. Por ello, a pesar del respeto que tributa a la figura de Jesús, “uno de los profetas más cercanos a Dios” como siempre nos recuerdan los musulmanes durante los encuentros interreligiosos, su mensaje no es tomado en consideración. El verdadero referente de la confrontación es la Ilustración europea, que nace sin duda de una raíz cristiana –después del Concilio Vaticano II estamos mejor dotados para reconocer este nexo con serenidad– pero que creyó que podía separarse de esta raíz. Por tanto, es urgente dar comienzo a una confrontación directa entre cristianos y musulmanes sobre el tema de la libertad, teniendo presente obviamente la experiencia del liberalismo, pero sin dejarse atrapar por su esquema interpretativo. Un breve aperitivo de lo que podría venir es un artículo del intelectual turco Mustafa Akyol, periodista y escritor, que se pregunta, siguiendo las huellas de su libro “The Islamic Jesus”, qué puede enseñar Jesús a los musulmanes de hoy. Y lo hace leyendo el Evangelio. Aunque no comparto su interpretación histórica –para Akyol la auténtica predicación de Jesús habría sido conservada por los judeo-cristianos y por tanto por el islam, mientras que la Gran Iglesia constantiniana la habría perdido– sus dos propuestas (“la sharía está hecha para el hombre y no el hombre para la sharía” y “el califato está dentro de vosotros”) me parece que trasladan de manera eficaz ciertos aspectos de la enseñanza de Jesús a la condición actual del mundo musulmán.

He dicho que cristianos y musulmanes deberían comenzar una confrontación sobre estos temas. Pero habría sido mejor decir re-comenzar. De hecho, la revista de Oasis documenta que en el Medievo árabe-islámico cristianos y musulmanes discutieron largamente sobre la libertad. No la libertad política o religiosa, allí la situación estaba clara. Por un lado estaban los dominadores (los musulmanes) y por otro los dominados (las demás comunidades religiosas), tolerados bajo ciertas condiciones. Pero la situación de subordinación no ahogó la pregunta fundamental, pregunta que ahora en cambio está ausente demasiado a menudo en los programas de liberación y que explica en último término el fracaso. ¿En qué relación está el hombre respecto a Dios? ¿Es libre? ¿Cómo se puede conciliar su libertad con el hecho de que Dios es omnipotente? En este sentido está por descubrir la preciosa carta atribuida al teólogo asceta Hasan de Basra (muerto en 728) y el tratado de Teodoro Abu Qurra (775-829), uno de los primeros pensadores cristianos que se ocupó seriamente del islam. Teodoro era obispo melquita de Harrán y vivió antes del cisma entre Oriente y Occidente. Es literalmente nuestro antepasado en la fe y algunas de sus ideas, una vez depuradas del tono polémico típico de su tiempo, también podrían ayudarnos a nosotros.

Pero son otras cosas las que urgen, dirán como siempre los líderes de un presunto enfoque “realista” que nos ha llevado al borde de “una tercera guerra mundial fragmentada”. ¿Estamos seguros? ¿Reflexionar sobre la relación hombre-Dios sería realmente un lujo? ¿De verdad se puede dar por descontado para el mundo musulmán porque “los orientales son por naturaleza religiosos”? Volvamos un instante al caso de la Ilustración. Su componente hostil a la fe, que luego desembocó en el ateísmo, se vio sin duda favorecida por la experiencia de las guerras de religión. Es significativo que en el mundo islámico asistamos hoy, precisamente a causa de las matanzas del yihadismo y la politización de la religión, a una renovada toma de posiciones abiertamente ateas. Por minoritarias que sean, denuncian un malestar que podría estar más extendido de lo que pensamos y llevarnos a escenarios impensables. En el fondo, ¿quién podría pensar, visitando Notre Dame en 1780, que doce años después se iba a celebrar el culto a la diosa razón? Occidente no tiene la exclusiva en estos vuelcos.

El prejuicio occidental

Por tanto, si los musulmanes están llamados a poner en discusión la relación hombre-Dios, a nosotros, occidentales, cristianos y laicos, también se nos pide un esfuerzo análogo de conversión para liberarnos de un prejuicio que conviene que hagamos explícito. Se trata de la idea de haber ya encontrado la fórmula perfecta para conciliar, al menos en la práctica, fe y libertad: la fórmula política de la laicidad. Ahora bien, me parece que el cansancio actual en nuestras democracias y en nuestra vida social transmite todo menos una sensación de éxito. Pensemos en varios síntomas preocupantes: la creciente soledad y la incapacidad para tener una relación estable con el otro, el alarmante descenso demográfico, la desafección a la hora de asumir responsabilidades, el narcisismo patológico que corre el riesgo de convertirse en autismo, el nihilismo que puede pasar de “alegre” –como lo definía Del Noce hace unas décadas– a trágico. Y como cristianos añadiría también la dificultad para proponer un testimonio integral (personal y comunitario), que no se limite al buen ejemplo –siempre bienvenido– del individuo. Pienso en aquello que san Juan Pablo II llamaba las estructuras de pecado, ¿es posible que frente a un liberalismo que gira sobre sí mismo no se pueda llegar más allá de la enunciación de principios? ¿Es posible que frente al desafío antropológico que plantean las tecnociencias y la colonización ideológica del género los cristianos tengan que limitarse a balbucear su desacuerdo?

Puede ser que el designio de Dios quiera hacernos pasar a través de esta insignificancia cultural, por lo que sobre las grandes cuestiones económicas, sociales y antropológicas no sabremos ofrecer más que fragmentos de un estilo de vida distinto. Es verdad, algo parecido sucedió en el reino de Judá hacia el final de su historia, pero antes de acomodarnos en esta posición se impone verificar si realmente este es el camino trazado por Dios o más bien un ceder por nuestra parte al “esquema de este mundo”. El Antiguo Testamento, de hecho, nos enseña dos cosas a la vez: que el pequeño resto de Israel tuvo que aceptar la caída de la monarquía de Judá y de su proyecto político, pero también que necesitó volver de los ríos de Babilonia a las ruinas de Jerusalén para recuperar un lugar propio, por precario que fuera. La Biblia también conserva la historia de las diez tribus perdidas de Israel, primero tan orgullosas de su propia particularidad nacional y luego tan prontas a disolverse en la cultura global de su tiempo.

Una Iglesia de las gentes

Por tanto, si como cristianos y musulmanes sabemos liberarnos del prejuicio mutuo (“como occidentales ya hemos resuelto el problema” y “los cristianos no tienen nada que decir sobre la libertad”), si volvemos a afrontar la cuestión en su radicalidad (¿cómo puede subsistir una libertad finita al lado de una libertad infinita sin limitarla?), encontraremos de nuevo nuestra tarea como creyentes en el mundo.

Intervención del cardenal Scola en la presentación del último número de la revista Oasis en la Feria del Libro de Milán

Oasis

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