Cristianos perseguidos: la fuerza del perdón

Mundo · Giorgio Vittadini
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22 mayo 2015
Mueren de rodillas rezando a Dios. Dan gracias porque el Isis les ha hecho vivir su fe hasta el fondo. Una niña de 10 años muestra visiblemente su alegría, no rencor hacia quien ha causado tanto dolor a su familia, que ha tenido que salir huyendo de su casa. Para los poderosos y torturadores, ellos son los perdedores, pero en realidad saben levantarse mucho más alto y más allá que sus asesinos. Son los cristianos perseguidos, los mártires de nuestros días.

Mueren de rodillas rezando a Dios. Dan gracias porque el Isis les ha hecho vivir su fe hasta el fondo. Una niña de 10 años muestra visiblemente su alegría, no rencor hacia quien ha causado tanto dolor a su familia, que ha tenido que salir huyendo de su casa. Para los poderosos y torturadores, ellos son los perdedores, pero en realidad saben levantarse mucho más alto y más allá que sus asesinos. Son los cristianos perseguidos, los mártires de nuestros días.

Desde África hasta Iraq, de Pakistán a la India, su sangre derramada nos llama a todos en causa. Exactamente igual que hace dos mil años con Jesucristo, Dios hecho hombre, hoy hay alguien que muere perdonando a sus asesinos. ¿Cómo es posible? ¿Qué significa? Religiosos, laicos y gente común que habla de perdón, que no busca venganza, que no devuelve odio al odio, que no busca la destrucción del enemigo, sino que vive con una mansedumbre inconcebible, apoyada en algo que debe ser realmente grande.

Morir por el solo hecho de la propia fe no es una prerrogativa de los cristianos, los musulmanes les siguen, víctimas además de otros musulmanes de otras corrientes. También los cristianos a lo largo de la historia han protagonizado acciones violentas, pero eso no quita que esta extraña belleza indefensa sea una constante de su historia, desde los primeros siglos: ante perseguidores distintos, pero con la misma actitud.

El padre Mtanios Haddad, representante en Roma de Gregorio III, patriarca de la Iglesia católica greco-melquita de Damasco en Siria, ha dicho: “Es la ocasión de un nuevo testimonio. Nuestra presencia está amenazada por la fe, pero nosotros seguimos allí, dispuestos a ser hijos de los mártires de los primeros siglos, orgullosos de ser árabes y cristianos. Nos quedaremos en Oriente Medio. Lo ha dicho el Papa: no se puede pensar un Oriente Medio sin cristianos”. En “Los hermanos Karamazov”, una de las obras maestras de la literatura cristiana que se sitúa en la raíz misma de la civilización, Dostoievski responde al problema del mal inocente no con una teoría sino hablando de bandas de chavales enfrentadas a muerte que deciden perdonarse y vivir juntas, superando los argumentos de destrucción que les habían dividido hasta entonces.

Los mártires cristianos, a lo largo de los siglos, han cambiado la historia con su docilidad. No sucedió inmediatamente, han hecho falta años y siglos, pero han cambiado el mundo. ¿Cómo? Haciendo de su mansedumbre y de su perdón el instrumento y el método de una convivencia pacífica entre los que son diferentes. Desde la visita de san Francisco al sultán, los ejemplos son muchos, hasta llegar a los franciscanos de Tierra Santa, a su vínculo con los musulmanes y hebreos para garantizar la paz. Los cristianos perseguidos son asesinados, pero no piden guerras santas, solo piden que se garantiza su derecho a existir. Cuántas veces lo han pedido, Juan XXIII, Pablo VI que fue el primero en ir a Oriente Medio, san Juan Pablo II, que también fue, aunque los poderosos de Occidente le ignoraron en tiempos de las inútiles y desastrosas guerras de Iraq.

El Papa Francisco lo hace prácticamente a diario, en sus discursos y con sus viajes. Son ejemplos que no podemos quitarnos de los ojos, que también son criterio para un método político y diplomático mucho más eficaz que los cálculos, y que han movido a las naciones occidentales durante los últimos 25 años.

Ayudar a las comunidades cristianas perseguidas a seguir viviendo concreta y diariamente en paz allí donde siempre han estado, con los musulmanes, hebreos, hindúes, etc. es la única manera de construir una paz duradera. Las “guerras santas” de Bush, las alianzas con los partidarios del terrorismo y la pretensión de una imposición acrítica de la democracia occidental de Obama y Clinton, la total y patológica indecisión de la comunidad europea, ignorando la vida concreta de los cristianos, han favorecido el avance del Isis, de los fundamentalistas, de los señores de la guerra, de la violencia y la anarquía. Que pueblos pacíficos de culturas y religiones distintas vivan lado a lado y que sus diferencias sean tuteladas por la Constitución, como en el caso del Líbano (a pesar de todo lo que ha pasado después), es posible. Pero el camino para llegar allí pasa por entender una cosa aún más sustancial. No solo los poderosos (y confusos) de la tierra, sino cada uno de nosotros tiene la posibilidad de darse cuenta, mirando a los cristianos perseguidos, de que su docilidad no es debilidad cobarde, sino impecable fortaleza inexorable, generadora de vida para todos. También hoy de la sangre de los mártires nace la civilización para todos.

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