Covid, imprevisto y esperanza

Mundo · Giorgio Vittadini
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20 julio 2020
De manera muy esquemática, las reacciones al imprevisto, cuando no al trauma, de la pandemia, puede decirse que han sido de dos tipos. En la primera parte del confinamiento, cuando el Covid-19 dejó de ser una nueva y extraña enfermedad que amenazaba a una ciudad china desconocida para la mayoría, en los balcones de las casas, en los debates televisivos, en los mensajes de internet, empezó a circular el tranquilizador eslogan de “todo saldrá bien”. Luego llegaron las imágenes de camiones militares transportando féretros y el clima se oscureció. Muchos no han resistido ante una realidad cada vez más imprevisible y sometida a un miedo que, en muchos casos, todavía dura, mientras que otros, al menos aparentemente, lo han vencido con una especie de descuido. Ante el riesgo de un posible nuevo contagio, muchos ya no van a bares y restaurante, no viajan, no se reúnen, preferirían prolongar indefinidamente el teletrabajo.

De manera muy esquemática, las reacciones al imprevisto, cuando no al trauma, de la pandemia, puede decirse que han sido de dos tipos. En la primera parte del confinamiento, cuando el Covid-19 dejó de ser una nueva y extraña enfermedad que amenazaba a una ciudad china desconocida para la mayoría, en los balcones de las casas, en los debates televisivos, en los mensajes de internet, empezó a circular el tranquilizador eslogan de “todo saldrá bien”. Luego llegaron las imágenes de camiones militares transportando féretros y el clima se oscureció. Muchos no han resistido ante una realidad cada vez más imprevisible y sometida a un miedo que, en muchos casos, todavía dura, mientras que otros, al menos aparentemente, lo han vencido con una especie de descuido. Ante el riesgo de un posible nuevo contagio, muchos ya no van a bares y restaurante, no viajan, no se reúnen, preferirían prolongar indefinidamente el teletrabajo.

Se han visto y se siguen viendo reacciones, públicas y privadas, de todo tipo: desde la banalización de problemas muy complejos hasta la utilización de esta situación para saldar ciertas cuentas políticas, y no solo eso. Mientras tanto, muchas autoridades, en vez de admitir más que comprensiblemente que aún no tienen la situación bajo control, fingen que ya lo saben todo y prometen milagros que todos sabemos que son imposibles.

A esto se corresponde la pretensión de los que preferirían que las intervenciones asistenciales, inevitables y obligadas a corto plazo, se transformaran en eternas, pues siempre tiene que haber alguien que nos saque de las situaciones difíciles.

Sin embargo, ha habido y hay otro tipo de reacción ante este imprevisto. Lo constatamos durante los peores momentos de la emergencia sanitaria, con la creación de puestos de cuidados intensivos, multiplicando hasta ocho veces los que había antes, con el compromiso humano y profesional de médicos, enfermeros, personal sanitario, voluntarios, profesores, solo por citar algunos.

Una gran capacidad para reaccionar al imprevisto, volviéndose a poner en pie, que vemos ahora en empresario y trabajadores que vuelven a poner en marcha un país que casi se ha parado y que parecía haber perdido su deseo antes del Covid-19.

¿Cuál es la diferencia entre la primera y la segunda reacción? La expresa una palabra pronunciada muchas veces por el papa Francisco en sus intervenciones: esperanza. La esperanza es la experiencia de un presente que nos da la certeza del futuro, según una definición de Luigi Giussani. Un presente que es un Dios encarnado que camina cada día al lado del hombre cansado y agotado para darle consuelo.

Esperanza es también una palabra laica. Y se refiere al verdadero vínculo con los seres queridos, los amigos, la comunidad, el grupo social de pertenencia, el propio pueblo.

Cuando se ama de verdad, de manera gratuita, a alguien o algo, el corazón sugiere misteriosamente que ese vínculo nunca se perderá. Tal vez uno no sepa por qué pero está seguro de que no es vano ni inútil ese gesto con un anciano que muere solo en la planta de un hospital, el compromiso de seguir educando a los alumnos aun en condiciones precarias, el esfuerzo por mantener en pie la propia empresa y garantizar a la familia y a quien nos rodea un poco de bienestar, el compromiso cívico aunque no dé poder, el servicio en una obra de caridad y el voluntariado con los más desafortunados, el deseo de que nuestra gente no caiga en el abismo de la pobreza. Entonces uno empieza a arriesgar y, como dice el verso de Eugenio Montale, el imprevisto se convierte en la única esperanza, la ocasión de salir del torpor, del rencor, de la falta de deseo, donde vivíamos saciados y desesperanzados antes del Covid-19.

La ocasión para redescubrir los recursos de un corazón más fuerte que cualquier tragedia nos dice que nuestras mejores acciones, virtuosas, valientes, hasta el reconocimiento de nuestro mal y nuestros errores, tienen siempre un porqué.

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