Costa Rica elige presidenta

Mundo · Diego Víquez (San José - Costa Rica)
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14 febrero 2010
El pasado 7 de febrero los costarricenses eligieron por primera vez en su historia a una mujer como presidenta, más de cincuenta años después de que ellas pudieran ejercer el sufragio por primera vez. La elección recayó en Laura Chinchilla, politóloga de 50 años de edad y con una amplia trayectoria en el sector público, que incluye haber sido: diputada, ministra de Seguridad, de Justicia y vicepresidenta de la República. Ha militado toda su vida política en el oficialista Partido Liberación Nacional, tradicionalmente de centro izquierda, pero que ha venido experimentando en los últimos años un giro hacia posiciones más de derechas.

Emitir un juicio sobre la pasada jornada electoral no es cosa sencilla, dada la variedad de factores que se manifiestan.  Por primera vez desde hace muchas elecciones, se ha detenido el crecimiento del abstencionismo, incluso retrocedió un 4%, aspecto nada despreciable. La presidenta ha sido electa por un abrumador 46%, ni sumando los votos totales del segundo y del tercer lugar se lograba darle alcance. Ha cosechado votos entre las mujeres, los pobres y los sectores más acomodados, quienes no han querido arriesgarse a cambios y han optado por la tranquilidad sin sobresaltos de lo que ya se conoce.

Sin embargo, existe un progresivo desencanto generalizado hacia lo político, una perenne sospecha sobre la burocracia estatal y un creciente escepticismo hacia los líderes políticos y las estructuras partidarias que los sostienen.

Y es que el costarricense es un pueblo con un nivel educativo que le permite estar muy informado, no sólo a través de los medios tradicionales, sino también a través de los medios alternativos de comunicación, particularmente internet (40% de la población con cobertura) y  la telefonía celular (una de las más altas de América Latina).

Este desencanto con la política en parte obedece a un hecho incontestable de los tiempos actuales, la vigencia de un "éthos" -o forma de ser- esencialmente individualista. No existen grandes proyectos colectivos, la solidaridad misma es esencialmente egoísta por cuanto se mueve no tanto por el bienestar del otro, sino más bien por el bienestar tranquilizador que genera, cual efecto narcótico.

Esta lógica antigregaria no es casual, luego de tanto tiempo de predicar desde el sistema educativo y desde los medios la competitividad y el triunfo, los demás han acabado siendo solamente amenaza o competencia, nunca "otro-como-yo".

Estas variaciones de la forma de ser no han sido leídas por la clase política, tradicionalmente desgastada por las feroces luchas, sobre todo internas, y por esa suerte de autismo que les hace aislarse de la realidad pedestre de los simples mortales y pensar que lo real es verdaderamente el grupúsculo de aduladores o de iluminados de turno que los rodean o, peor aún, que se rodean entre sí.

Hoy los contenidos programáticos de los partidos políticos no ofrecen respuestas a los grandes temas que mueven y convocan a la ciudadanía. Probablemente porque son incapaces de leer qué cosas movilizan a la persona, a sus anhelos y a sus búsquedas.

Prisioneros de un nuevo mesianismo estatal, se imaginan que la sociedad es la misma de 20 ó 30 años atrás. Y es que ya ni las jugosas ofertas de piñatas regalonas ponen a las personas en movimiento. ¿Cuál es la respuesta entonces?

Más allá de si nos sentimos felices o no por la crisis de los partidos y de la política, lo que se debe salvar es la democracia, como la forma de vida que es. Y tengo la creciente impresión de que existen tres ideas que son indispensables de clarificar en aras de preservar este sistema de convivencia: creer que la salvación viene del Estado, esperar que el Estado responda a todos los intereses, esperar que el Estado y su función quede reducido a su mínima expresión.

La solidaridad es un elemento esencial para comprender el papel del Estado y su necesidad, pero este principio siempre debe ser equilibrado por uno no menos importante, el de subsidiariedad. Es decir, el Estado debe suplir de forma solidaria las necesidades fundamentales de la ciudadanía, particularmente en materia de salud, educación, seguridad y las necesidades específicas de algunos segmentos de la población en mayor riesgo social. Sin embargo, en la realización de sus tareas debe también comprender que ni debe hacerlo todo ni solo, sino que debe potenciar las iniciativas que desde la ciudadanía se están realizando y de buena manera además; teniendo un papel de facilitador y de evaluador.

De esta forma, el Estado -o el partido, o el líder de turno- dejará de erigirse en el pseudo-mesías, para devenir en facilitador del desarrollo autogestionario de las personas.

Ahora bien, me parece particularmente importante hacer énfasis en una de las ideas expresadas con anterioridad y que considero podría plantear un verdadero "parte aguas" en la vida de la democracia costarricense. Me refiero al surgimiento de movimientos sociales, que, sin pretensiones de hacerse con el poder, sí pretendan posicionar temas que son de su interés como colectividad, por plantear temas que implican en su verificación la materialización de sus particulares visiones de la vida social e individual.

Estos grupos, colectivos, movimientos, foros, se han venido sintiendo de manera creciente cada vez menos representados por los partidos políticos -tradicionales o no-, pero experimentan la necesidad de posicionar agendas o temas. Con lo cual, y ante la incapacidad de ser interpretados por las maquinarias político-partidistas, han venido constituyéndose cada vez más en movimientos alternos a la militancia política.

Estos grupos y movimientos plantean un nuevo aliento para la democracia, toda vez que plantea una forma renovada y fresca de participación en los asuntos públicos, aspecto fundamental para la vida democrática.

Estos colectivos han venido ganando protagonismo en el mundo y ya no se circunscriben a temas de derechos sexuales de minorías, género o ambiente, su espectro se ha venido ampliando.

He aquí el futuro, ante la miopía sin límites de los partidos, una ciudadanía informada, consciente, agrupada; que por numerosa posea la capacidad de imponer agenda y de ser escuchada.

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