Cooperación española de futuro

Mundo · Ignacio Valero
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20 octubre 2013
Las dificultades económicas han afectado seriamente a la cooperación española, que ha perdido relevancia tanto entre los ciudadanos como en los medios de comunicación. Así se abría el debate organizado por la Asociación de Profesionales por la Calidad de la Cooperación al Desarrollo (ACADE), el pasado 27 de septiembre.

Las dificultades económicas han afectado seriamente a la cooperación española, que ha perdido relevancia tanto entre los ciudadanos como en los medios de comunicación.

Así se abría el debate organizado por la Asociación de Profesionales por la Calidad de la Cooperación al Desarrollo (ACADE), el pasado 27 de septiembre.

Todo un golpe de aire fresco, que algunos profesionales se tomen libre y públicamente en serio sus preocupaciones para reflexionar acerca del futuro de esta actividad.

Pero esta tendencia no es exclusiva de España. La desorientación aumenta, se desdibuja a nivel mundial la diferenciación Norte-Sur, disminuyen los derechos sociales en el Norte, quizás en un equilibrio con ese Sur desdibujado, donde la desigualdad cobra cada vez más atención.

Aunque tardío, existe unanimidad en el diagnostico. Éste ha estado ofuscado por la sobreabundancia pasada, pero ahora la pregunta es unánime: ¿qué hemos dejado de hacer para generar esta desafección social?.

La cuestión es que no se necesitaba a la ciudadanía. ¡Se hacía política ilustrada!, afirman algunos participantes.

El problema es más bien de comunicación, rebate un conocido divulgador.

En resumen, ha habido rendición de cuentas al Estado, pero no a los ciudadanos.

Las ONGs están muy fragmentadas insiste otro, y se han centrado en la prestación de servicios, no en la incidencia política.

Lo cierto es que, sea la fragmentación o sea que todo fuera un problema de comunicación, la idea que se desliza es que la sociedad sigue siendo instrumental: “la sociedad debe presionar”, “debe incidir” “la sociedad no le importa esto o aquello”.

El debate continua. Otro aspecto destacado es la necesidad de dejar de hablar de cooperación o ayuda, para hablar de desarrollo. La ayuda financiera ya no es el problema, de hecho se calcula que en países de renta media, con que el 20% más rico dedicase el 0,06% de su renta a luchar contra la pobreza, la financiación estaría cubierta. Por tanto se incorporan a la discusión, otros temas como la responsabilidad de los países, la lucha contra la corrupción, la fiscalidad, etc.

España debería centrar sus esfuerzos más en influir en el G-20, que en aumentar la Ayuda, argumenta un conocido académico.

Pero ¡ojo!, advierte, visto que la Ayuda no funciona, no podemos buscar atajos en las contribuciones de las empresas, en la ayuda directa ciudadano-ciudadano, al estilo www.kiva.org. Todo lo contrario, se trata de construir “derechos”, que sean amparados por poderes públicos.

Vuelve a darse un paso atrás, no sólo no se reconoce el origen personalísimo de la solidaridad, sino que además todo queda en que haya una Administración que nos sustituya.

Pero en esto, conscientes de que no hay cultura de trabajo en común, ni entre Administraciones, ni entre las ONGs, ni con otros sectores, ni con empresarios. No hay alianzas, ni redes, porque no hay confianza, surge una idea esperanzadora: es necesario favorecer el conocimiento personal, compartir evaluaciones, hay que generar confianza, ahí es donde la Administración debería actuar.

Se debe impulsar redes orientadas al conocimiento, el empleo de las TICs, ver lo que otros hacen, favorecer el aprendizaje como el caso de las memorias de fallos y errores, sin que la innovación sea un peaje para la financiación…

Alguien apunta, es precisa una Ley de Mecenazgo que incentive apoyarse en la sociedad, en lugar de en el Estado.

No podemos pensar que es más útil el que más poder tiene, y afortunadamente hay un capital humano, social e ilusión que no debemos desaprovechar.

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