Contra la cultura del confesionalismo

Cultura · Patriarca Louis Sako
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23 octubre 2015
En 2003 los americanos llegaron a Iraq con la pretensión de liberar el país de la tiranía y promover la democracia, el pluralismo, la libertad y la estabilidad. Pero sucedió justamente lo contrario. Emergió una nueva cultura, extraña para nuestras sociedades: la cultura del “confesionalismo” religioso y étnico.

En 2003 los americanos llegaron a Iraq con la pretensión de liberar el país de la tiranía y promover la democracia, el pluralismo, la libertad y la estabilidad. Pero sucedió justamente lo contrario. Emergió una nueva cultura, extraña para nuestras sociedades: la cultura del “confesionalismo” religioso y étnico. El resultado fueron combates, luchas, limpieza étnica y religiosa de ciudades y regiones, rendición de cuentas y violaciones de la dignidad. Todo ello favoreció el ascenso de organizaciones terroristas takfiristas como el Isis, y su terrible barbarie. Como si todo eso tuviera el objetivo de poner fin a la pluralidad social, religiosa, étnica y cultural de Iraq y de toda la zona. Esta situación de anarquía desenfrenada ha cosechado y sigue cosechando miles de muertos y heridos, y ha dejado tras de sí a tres millones de desplazados, infraestructuras semi-derruidas, desempleo, pobreza y analfabetismo.

La cultura takfirista y terrorista extendió su sombra sobre los cristianos y otras minorías religiosas que se convirtieron en objetivo de los extremistas. Fueron secuestrados, asesinados, expulsados, sus iglesias fueron destruidas: así fue con los cristianos de Mosul y de la llanura de Nínive. La “dispersión confesional” les marginó políticamente, fueron discriminados, tratados como ciudadanos de segunda clase e indeseados. Por eso buscaron refugio en los países limítrofes, en el reino jordano hashemita, en Líbano, en Turquía, y de ahí fueron tomando camino hacia Occidente para proteger su vida y el futuro, suyo y de sus hijos.

Las minorías en Iraq y en toda la zona se preguntan cómo será su destino y su futuro, qué será de sus casas y propiedades, de sus ciudades y pueblos. ¿Algún día podrán, ellos que son ciudadanos autóctonos, volver a sus tierras históricas? ¿Sus casas y negocios, violados por grupos organizados, se podrán reconstruir? ¿Verán realizadas reformas sustanciales en la Constitución y en la legislación que garanticen su igualdad? ¿El gobierno iraquí, los Estados Unidos y la comunidad internacional harán algo para protegerles y garantizar sus derechos? Es necesario afrontar estas crisis con realismo y decisión, y encontrar una vía de salida segura y duradera, sobre todo por lo que se refiere al pensamiento takfirista y al terrorismo, convertido ya en un fenómeno global capaz de suscitar terror en cualquier parte.

Algunas propuestas prácticas

Ilustremos ahora algunas propuestas realistas y concretas para una auténtica reforma. Ante todo es necesario formar una coalición internacional con países árabes y musulmanes en el ámbito de un mandato de Naciones Unidas para emprender una acción militar seria, orientada a liberar las zonas ocupadas por los grupos terroristas y recuperar la estabilidad política y económica, la seguridad y la buena vecindad. Es una responsabilidad moral que incumbe a los países que han generado este caos que es todo menos “creativo”.

Una vez liberadas las ciudades ocupadas, será necesario ofrecer una protección internacional a los desplazados para que puedan volver a sus casas y vivir con seguridad, libertad y dignidad. Entonces será obligado resarcir a las víctimas por los daños sufridos, reconstruir sus casas, escuelas, monasterios destruidos, y garantizar plenamente sus derechos. Luego habrá que poner en marcha reformas en el ámbito político y financiero para instaurar un sistema civil que se funde sobre el principio de ciudadanía, sobre la convivencia y sobre la igualdad entre los miembros de la sociedad, que respete las convenciones internacionales sobre derechos humanos y que implique en el proceso político a todos los componentes del pueblo iraquí, sin discriminaciones. La fuerza de un país está en la unidad y en el apego de sus ciudadanos a su propia tierra e identidad.

No menos importantes son las reformas del sistema judicial, en concreto lo que se refiere al estatuto personal de los ciudadanos no musulmanes y a la situación de los menores con uno de los padres convertido al islam. Hay que proteger la libertad de conciencia y la libertad de credo. La religión es un hecho personal entre la persona y el Señor. Los musulmanes por todo el mundo deben asumir su responsabilidad ante el terrorismo que se nutre de la religión para obtener poder y dinero. Los líderes religiosos deben apresurarse a deconstruir este pensamiento takfirista que constituye una amenaza directa para los musulmanes, para los cristianos, y no solo para ellos. Eso es posible promoviendo un pensamiento moderno y abierto, y una educación religiosa, firmemente basada en la moderación, purificada de ideas infernales, que respete la diversidad, refuerce los vínculos de hermandad entre ciudadanos y difunda la cultura de la paz, la tolerancia y la convivencia pacífica y social.

Por último, será importante promulgar una ley que garantice el respeto de todas las religiones y castigue a quien cometa actos que ofendan a la religión y a lo sagrado, así como la discriminación y la instigación al odio y a la división, siguiendo el ejemplo de lo recientemente sucedido en los Emiratos Árabes.

Los cristianos y demás minorías son personas pacíficas, ciudadanos leales que han contribuido notablemente a edificar la civilización y la cultura de sus patrias, y merecen ser valorados por ello. Esperamos que estos países no se vacíen de cristianos ni de otras minorías autóctonas.

Oasis

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