Construir en tiempos de crisis

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8 noviembre 2011
Páginas Digital publica por su interés el manifiesto hecho público por Comunión y Liberación con motivo de las elecciones.

«Una comunidad cristiana auténtica vive en constante relación con el resto de los hombres, con los que comparte totalmente sus necesidades y afronta sus problemas. Por la profunda experiencia fraternal que en ella se desarrolla, la comunidad cristiana no puede dejar de tener una idea y un método propios para afrontar los problemas comunes, tanto prácticos como teóricos, y ofrecerlos como colaboración específica al resto de la sociedad en la que se halla» (Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación).

En la perspectiva señalada por Giussani se sitúa esta contribución de Comunión y Liberación que ofrecemos a todos, en este tiempo de elecciones, para promover un diálogo que favorezca la recuperación de nuestro país.

La crisis es un hecho

La crisis está cambiando las condiciones de vida de millones de personas: aumenta el paro, aumentan los pobres, cada vez cierran más empresas, se cuestiona el estado del bienestar y corremos el riesgo de quedarnos al margen del desarrollo mundial, rebajados a país de segunda división.

La crisis está provocando diferentes reacciones, que se pueden resumir en dos:

– defenderse de la crisis echando la culpa a alguien, que seguramente existe y tiene más responsabilidad que los demás. Pero así no se produce ningún cambio, simplemente aumenta la queja y se acaba en la  desesperación.

– comportarse como si no pasara nada, pretendiendo hacer borrón y cuenta nueva, sin ningún tipo de autocrítica, sin medirse con la realidad.

La realidad es positiva porque pone en marcha a la persona

Pensar que basta con ir contra alguien para vencer la crisis no es racional. Todavía peor es cerrar los ojos ante la realidad. Es lo contrario de la tradición judeocristiana, que reconoce la realidad como algo en última instancia positivo, incluso cuando ésta muestra un rostro negativo y contradictorio. La realidad es positiva porque nos pone continuamente en marcha, suscita interrogantes y nos provoca a tomar postura ante lo que sucede.

Esta conciencia ha forjado la historia milenaria de Occidente. El juicio que la tradición judeocristiana ha lanzado sobre la realidad, "Y vio Dios que todo era bueno" (Génesis 1,31), ha permitido que Occidente se desarrollara afrontando todas las circunstancias, favorables y desfavorables, a partir de la certeza de que el Misterio bueno había salido a su encuentro en la historia. A diferencia del dualismo o el maniqueísmo -para los que el mal está siempre en un lado y el bien en el otro-, ha permitido que afrontara el futuro precisamente a partir de los retos que plantea la realidad, respondiendo a ellos con inteligencia, creatividad, gratuidad y capacidad de sacrificio.

Ahora bien, cada generación tiene que tomar su iniciativa, tal y como nos lo recuerda Benedicto XVI: «un progreso acumulativo sólo es posible en lo material. En cambio, en el ámbito de la conciencia ética y de la decisión moral no existe una posibilidad similar de incremento por el simple hecho de que la libertad del ser humano es siempre nueva y tiene que tomar siempre de nuevo sus decisiones. Nunca están tomadas de antemano por otros en lugar nuestro. En ese caso, efectivamente, ya no seríamos libres. La libertad presupone que en las decisiones fundamentales cada hombre, cada generación, tenga un nuevo inicio» (Spe salvi, 24).

Es una invitación a afrontar personalmente la crisis como una oportunidad, por paradójico que resulte. La crisis, en efecto, nos obliga a caer en la cuenta del valor de ciertas cosas, en las que no reparamos hasta que nos faltan, como la familia, la educación o el trabajo. En la Transición española tenemos el ejemplo de un período difícil que se supo afrontar con una gran tensión ideal y sin la dialéctica exasperante que predomina actualmente. Nos muestra que no estamos abocados a la desesperación o al enfrentamiento ideológico.

Entonces, ¿cómo poner de nuevo en juego nuestra libertad? ¿Por dónde empezar?

En primer lugar, tenemos que ser leales y admitir que ya no nos sirven las ideologías; que el estatalismo nos hunde en las deudas; que el sistema financiero no es lo que salva al hombre. Todas estas cosas hacen crecer el número de indignados, manifestación de una exigencia buena (que los deseos y las necesidades concretas de las personas no queden siempre al margen del debate público) y a la vez desordenada, que fácilmente termina en violencia.

En segundo lugar, necesitamos identificar, en la situación actual, personas que afrontan la crisis como una oportunidad, generando esperanza.

Algunos ejemplos

En medio de una de las crisis más graves de nuestra historia, existen personas que se han puesto en marcha sin esperar a que otros -siempre otros- resuelvan los problemas. Ya que no se puede cambiar todo de un plumazo, han empezado a cambiar ellos.

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