Connecticut, entre la memoria y la fe

Mundo · Lorenzo Albacete
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19 diciembre 2012
En Ramá se escuchan voces, lamentos y llantos amargos. Raquel que llora por sus hijos, que rehúsa consolarse porque ya no existen (Jeremías 31, 15).

La semana pasada, Ramá estaba en Connecticut, el llanto de Raquel era el llanto de los padres de los alumnos inocentes de la escuela Sandy Hook en Newtown. Su llanto de dolor se ha oído en todo el país y la mayoría de los norteamericanos se ha unido a ellos en estado de shock, al menos por un momento, mostrando que aún pueden sentir el impacto del Misterio.

Sin embargo, el tiempo del Misterio ha sido relativamente breve. Pronto han aparecido los "Explicadores", que han empezado a interpretar la tragedia desde sus puntos de vista profesionales. El llanto de Raquel se ha ido haciendo cada vez más débil, excepto en los lugares donde residen las víctimas y sus seres queridos. Se han hecho todos los esfuerzos posibles para reducir el Misterio a la psicología o a las políticas para el control de armas.

Pero la pregunta permanece: ¿cómo puede Dios permitir que estas cosas sucedan? Esperaba que alguien elevase la pregunta durante la oración de la noche de la masacre, pero nadie lo hizo. Tal vez el presidente Obama sea el que más se ha acercado.

Como evidencia el Papa Benedicto XVI en su último libro, La infancia de Jesús, la profecía de Jeremías sobre Raquel se da en el contexto de una profecía de liberación y restauración, que coincide con las reformas de culto del rey Josías. Esta es la respuesta de Dios al lamento de Raquel, pero sigue siendo insuficiente.

No es suficiente, porque el verdadero dolor de su corazón viene del hecho de que sus hijos han muerto: porque ya no existen. He pensado en esto cada vez que la fe en Dios ha sido utilizada como consuelo frente al horror de la masacre en la escuela Sabdy Hook. No es suficiente asegurarme de que mis muertos serán recordados, que Dios me ama y restaurará mi alegría, que yo no estoy solo, etc. Necesito un amor que sea más fuerte que la muerte, más fuerte que la biología. Si Dios no ha podido proteger a mis seres queridos, no me basta con que me digan que al final nos volveremos a ver.

"Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto", y no es suficiente que me digas que revivirá en el último día. Siempre he considerado que estas son las palabras más fuertes del Nuevo Testamento. Necesito experimentar el poder de Jesús superando el por qué ya no están con un acontecimiento, un hecho aquí y ahora: yo soy la resurrección y la vida. Solo esto puede consolar verdaderamente el llanto de los familiares de las víctimas de la matanza de inocentes en Connecticut.

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