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Configuración por defecto

Editorial · Fernando de Haro
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12 abril 2020
Es tan obsesiva como el parte desgarrador de bajas provocadas por la pandemia. La pregunta sobre cómo será el mundo “después de que todo esto haya pasado” lo domina todo. ¿Cómo será nuestra vida, cómo será la movilidad, cómo será la crisis y la recuperación? Y sobre todo: ¿cómo seremos nosotros mismos después de haber visto muy de cerca la muerte y la enfermedad, después de pasar dos meses encerrados? Lleva razón Javier Marías, “ni la tristeza, ni la preocupación, ni el sufrimiento, ni el miedo nos convierten en más inteligentes, ni en más modestos”. Al menos automáticamente. Si acaso podremos salir de esta con algo más de sentido ético, de sensibilidad, quizás con algo más de miedo. Pero la “configuración defecto” no se transforma por defecto en un estiramiento del modo en que miramos y sentimos lo que hay al otro lado de la ventana.

Es tan obsesiva como el parte desgarrador de bajas provocadas por la pandemia. La pregunta sobre cómo será el mundo “después de que todo esto haya pasado” lo domina todo. ¿Cómo será nuestra vida, cómo será la movilidad, cómo será la crisis y la recuperación? Y sobre todo: ¿cómo seremos nosotros mismos después de haber visto muy de cerca la muerte y la enfermedad, después de pasar dos meses encerrados? Lleva razón Javier Marías, “ni la tristeza, ni la preocupación, ni el sufrimiento, ni el miedo nos convierten en más inteligentes, ni en más modestos”. Al menos automáticamente. Si acaso podremos salir de esta con algo más de sentido ético, de sensibilidad, quizás con algo más de miedo. Pero la “configuración defecto” no se transforma por defecto en un estiramiento del modo en que miramos y sentimos lo que hay al otro lado de la ventana.

“Configuración por defecto” fue la expresión que el escritor estadounidense David Foster Wallace utilizó en su memorable discurso pronunciado en la Universidad de Kenyon. A los estudiantes que se iban a graduar Wallace les decía que “no hablamos nunca de dónde vienen nuestros patrones y creencias individuales (…) como si la orientación más básica de una persona hacia el mundo y el sentido de su experiencia fueran algo que ya viene de fábrica, igual que la estatura o la talla de los zapatos, o bien algo que se absorbe de la cultura, como el idioma”. Todos estamos de acuerdo en que, de pronto, nos hemos descubierto vulnerables. Pero nos cuesta recorrer el camino del enigma de nuestra vulnerabilidad y saltamos a la solución: más y mejor ciencia y/o confianza en la vida eterna. Soluciones absolutamente necesarias. Pero, entre tanto, la “configuración por defecto” no cambia porque, como dice Wallace, “seguimos automáticamente seguros de que sabemos qué es la realidad y de quién y qué es lo realmente importante”, y por eso “no queremos tomar en consideración posibilidades” que nos parecen irritantes. Wallace explicaba que su configuración por defecto consistía en considerarse “el centro absoluto del universo”. Cada uno tiene la suya, pero los occidentales modernos solemos coincidir en algunos elementos comunes de esa configuración en lo que respecta al mal y a Dios, la imposibilidad de que plenitud y sufrimiento estén emparejados o lo que significa una situación adversa.

Una crisis como esta, a quien quiera, puede enseñarle que las configuraciones por defecto se pueden cambiar, no estamos hechos de una vez por todas, “somos problemas vivientes”, “en un tiempo que no cesa y con una exigencia que no aguarda” (Zambrano).

El apego a la configuración por defecto no es solo personal. Prueba de ello es la obstinación en afrontar una pandemia global sin el menor atisbo de algo que se parezca a un “Gobierno del mundo”. El G7 no ha conseguido ponerse de acuerdo en un comunicado conjunto. Quizás sea mejor que lo que ha hecho el G20, que ha elaborado un texto en el que se limita a constatar que el Covid 19 es un problema serio. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas no se pronuncia. Varios centros de investigación del mundo intentan a toda prisa encontrar una vacuna y esa búsqueda se convierte en un motivo más de enfrentamiento entre China y Estados Unidos sin instituciones internacionales con peso. Se sigue pensando que la globalización era repartir por todo el mundo establecimientos de comida rápida occidental, un barniz de cultura compartida (que irrita a las culturas locales y las vuelve defensivas) con libertad de mercado, de circulación de personas y de capitales. No hemos modificado nada o casi nada la concepción de soberanía nacional.

Lo mismo sucede con la configuración sobre el concepto de democracia. Si la crisis de 2008 alimentó populismos y nacionalismos, es fácil intuir, sobre todo porque la propaganda china está siendo eficaz, el cuestionamiento de nuestro sistema de libertades en favor de la “vigilancia hipodérmica”, la multiplicación de cámaras en lugares públicos, el seguimiento de personas y de sus datos médicos a través de potentes estructuras de Inteligencia Artificial. Ciertas formas de control se presentarán como la panacea, es probable que en política vuelvan los viejos ismos. Pero seguimos empantanados en debates viejos sobre la dimensión de lo público, pensando que una democracia meramente formal puede estar en pie. Y lo mismo le sucede a la UE. Esta vez sí tenemos actuación contundente del BCE, por fin el Eurogrupo el jueves pasado puso en marcha un paquete de liquidez de 500.000 millones de euros (para pequeñas empresas, para desempleados y para activar el MEDE). Pero los países del norte siguen pensado que hay que tener cuidado porque los del sur no han reformado su sistema de pensiones y tienen demasiada deuda.

Los síntomas de un cambio en la “configuración por defecto” tienen que ver con seguir exhaustivamente la pista de la vulnerabilidad (asociada siempre a deseo mejor y más vida), con un modo nuevo de vivir la globalización y con una economía que convierta en juicio crítico e institucional la energía social que hemos visto estas semanas.

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