Con la lámpara encendida

Cultura · Javier Mª Prades López
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12 agosto 2021
Publicamos la homilía de Javier Prades durante el funeral de Mikel Azurmendi el pasado 9 de agosto en la parroquia del Espíritu Santo de San Sebastián

Dice el libro del Eclesiastés que “solo en su final se conoce a la persona”. Para comprender el valor de la vida de Mikel hay que tener en cuenta su camino entero, desde la niñez, que muchos de los que estáis aquí compartisteis con él, hasta sus últimos años que le han dado también muchas amistades. Ahora podemos mirar su vida completa, teniendo en cuenta su final, de tal manera que sus últimos años iluminan su vida anterior. No podemos abarcar todas las facetas de una historia tan intensa: su compromiso social, cultural, político, académico…, y solo se podría componer el cuadro de su vida si pudiéramos sumar las perspectivas y los puntos de vista que cada uno conocía de Mikel, como se reúnen las piedras de un mosaico. Ningún ser humano puede explicar del todo la vida de otro hombre. En realidad, solo Dios Padre que es el Señor de la historia puede ver juntos todos los factores y dar el sentido definitivo de la vida de cada persona. También eso nos da paz.

Mikel ha tenido una historia muy larga de defensa de sus ideales de justicia, de libertad, de verdad y de bien. Se comprometió con ellos, se arriesgó por ellos y en muchos momentos pagó un precio altísimo por las opciones que había tomado, con sus aciertos y con sus errores, con sus rectificaciones y sus cambios. Ha escrito mucho, con brillantez, sobre su tierra y sobre su historia, sobre su propia biografía; a sus libros remito para encontrar la mejor interpretación de aquello por lo que trabajó y sufrió.

Para los críos de mi generación el Monte Igueldo era sinónimo de atracciones, de diversión. En estos últimos años, su casa de Igueldo se ha convertido para muchos de nosotros en un lugar de esperanza, de vida y de amistad. ¿A qué se debe? Seguramente tenemos que remontarnos a un episodio decisivo, hace 7-8 años, cuando encontrándose muy enfermo estaba a punto de tirar la toalla y de abandonarse voluntariamente a la muerte; sin embargo, comprendió que había algo mejor que dejarse ir, se dio cuenta de que le faltaba bien por hacer a sus más cercanos y a los demás, y de reconciliarse con todos. Puso de su parte –como lo hizo el equipo médico, al que siempre estuvo muy agradecido— para seguir vivo porque la vida era la condición para hacer el bien. De ese momento de decisión y de haber optado por la vida y por el bien ha dependido que muchos le hayamos encontrado o reencontrado.

Las lecturas que hemos escuchado en la liturgia pertenecen a la fiesta de hoy, dedicada a una gran pensadora europea, religiosa carmelita y mártir, Edith Stein; son las que ha preferido Irene. El evangelio termina con esta invitación: “velad y orad porque no sabéis el día ni la hora” y la parábola de las vírgenes exhorta a estar preparados en la vida, a tener la lámpara encendida y tener suficiente aceite en la alcuza. Quien tiene la lámpara encendida y con reserva de aceite puede esperar al esposo. Podemos entender que la lámpara encendida es la fe, la llama de la fe, la apertura a Dios con un corazón sencillo, como lo ha tenido Mikel. Y ¿en qué consiste entonces el estar preparado, el tener aceite dispuesto para la lámpara? Lo más habitual –quizá porque nos lo han enseñado—es pensar que estar preparado sea algo así como ser irreprochable, no cometer nunca errores, como si Dios estuviera ahí esperando para “pillarnos” en falta. Viviríamos siempre con temor. Pero Jesús no quiere infundirnos temor. Creo, más bien, que estar preparado en la vida, mirando al Destino final, es la actitud de quien vive haciendo un camino de continuo aprendizaje, de continua disponibilidad para seguir aprendiendo y cambiando o, según la gran palabra cristiana, para seguir convirtiéndose.

Si miramos la vida de Mikel –tal y como yo la he conocido— encontramos no pocos indicios de que ha vivido en estos años con la lámpara encendida y con buena provisión de aceite. Señalo algunos:

Era un hombre que a sus casi 80 años transmitía la sensación de que tenía más vida hacia el futuro que hacia el pasado. No será porque no ha escrito muchísimo sobre su propio pasado y sobre el de su tierra, reciente y antiguo. Es más, en sus libros y ensayos recoge experiencias tremendas que ha tenido que vivir, y que hubieran envenenado el corazón de cualquiera. Sin embargo, él no vivía mirando atrás sino al presente y al futuro, en realidad, a la vida eterna. Sin resentimiento, sin amargura, sin nostalgias. No estaba herido por el rencor. Tan solo estaba herido por la belleza, por el bien, por las amistades que se le daban. Un día me decía: “me pregunto por qué he tardado tanto en encontrar esta vida que me hubiera gustado llevar desde joven. Pero sabes lo que te digo: que no me importa, porque estoy tan contento ahora…” Era un hombre contento, que compartía la alegría de vivir.

Era un hombre reconciliado, que se sabía perdonado del mal que había hecho (y que reconocía), y por eso quería perdonar. Hace unos días, comentando la presentación de un libro en la que había intervenido junto a algunas personalidades importantes, me decía al teléfono: “Al presentar el libro con todas esas personas que han hecho tanto por el cristianismo me preguntaba: qué pinto yo entre ellos; y me di cuenta de que yo estaba entre ellos como uno que ha sido perdonado. Esa fue mi aportación”.

Era además un hombre en el que prevalecía la admiración, la sorpresa por lo que encontraba y por los que se encontraba. Solía recordar cómo le había impactado ver en un colegio una frase colgada en la pared: “me sorprende que se pueda decir a los niños: «tú eres un regalo». ¡Qué maravilla!”. Todos nosotros somos ese niño, él se reconoció así y nos ayudó a los demás a darnos cuenta de que somos ese regalo. Solo así podemos ir más allá de la medida reducida en la que nos encerramos tantas veces. Muchos de sus alumnos recuerdan al gran profesor que era Mikel y cómo los había ayudado de manera decisiva en sus vidas.

Sin duda era un hombre inquieto, supongo que en muchos momentos nada fácil. Desde luego siempre con el deseo de aprender y crecer, con una preparación intelectual muy alta y con una apertura en la búsqueda de la verdad que honra su constante ejercicio de la razón. No era extraño oírle decir: “Me pregunto los porqués, busco explicaciones que sean verdad”. Ante las cosas que veía no cedía a los prejuicios. Buscaba la diferencia que hay entre tocar la tierra del conocimiento de la realidad y quedar envuelto en las sombras de la falsedad de lo ideológico.

Sobre todo, era un hombre capaz de abrazar. Nos ha abrazado tanto…, y a tantos… que se ha convertido en padre de una familia muy numerosa. No es casual que su libro reciente se llame “El abrazo”. Y así nos ha empujado a abrazar, a comunicar la experiencia de vida que tenemos, a asumir personalmente la verdad del encuentro que hemos hecho y a proponerlo a las personas que conocemos. Gana quien abraza más fuerte.

Mikel ha vivido muchos exilios de distintos tipos y por distintas razones. En estos años, gracias a Dios, pudo volver a su tierra, a su casa, y sobre todo pudo volver a la Iglesia como compañía viva, concreta, a través del movimiento de Comunión y Liberación. El encuentro de la fe le abrió a una historia particular que anticipa la plenitud ahora y para siempre. Curiosamente, al volver a la Iglesia nos ha contagiado la alegría de pertenecer a ella a los que ya estábamos en la Iglesia.

Tenía esperanza en la vida eterna, gracias a la fe en Jesucristo que había reencontrado. Dice al final de su preciosa entrevista con el periodista Fernando de Haro: “Sabemos qué es la resurrección; Jesús resucitó y sabemos que vamos a resucitar”. No tenemos más que acoger estas afirmaciones suyas.

A la vista de estos indicios, es muy razonable concluir que Mikel era un hombre que vivía con la lámpara de la fe encendida y que tenía mucho aceite de reserva en la alcuza, que velaba y oraba; por eso no le sorprendió el día y la hora. No sabía cuándo sería, pero estaba preparado.

Encomendamos su vida a la Virgen de Aránzazu, a la que pensábamos subir en peregrinación cuando se recuperase de la operación. Pedimos especialmente por Irene, por Nahiko y por toda la familia. Que el Señor nos conceda también a nosotros vivir preparados, con la lámpara encendida y provisión de aceite, para vivir en un continuo aprendizaje a través de las circunstancias, y que nos conceda seguir haciéndolo juntos.

Transmito a todos los asistentes el saludo que me ha hecho llegar Mons. José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián. Se une a esta celebración litúrgica en la oración y en el agradecimiento por la vida de Mikel Azurmendi.

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