Con fe, lo recibiréis

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17 febrero 2014
El pasado 3 de febrero, fallecía en el hospital una amiga de mis hijas, a la edad de 23 años, tras luchar los últimos cuatro, contra un cáncer .Tristemente, casi me atrevo a confesar, que  este tipo de sucesos, ya empezamos a encajarlos con suma facilidad.

El pasado 3 de febrero, fallecía en el hospital una amiga de mis hijas, a la edad de 23 años, tras luchar los últimos cuatro, contra un cáncer .Tristemente, casi me atrevo a confesar, que  este tipo de sucesos, ya empezamos a encajarlos con suma facilidad.  Aún así, experimentamos que nuestra naturaleza humana, se rebela, ante lo que parece una gran injusticia por parte del Creador.

En más de una ocasión, he manifestado,tener la impresión, que a medida que avanzamos en edad, también progresamos en sufrimiento, pero reparamos poco, en  que de igual forma, hemos crecido en madurez y fortaleza, para afrontar los nuevos envites que se plantan ante nosotros.

Siempre resulta confortante , ser testigo de  la fe  y esperanza, puesta en Jesús resucitado , por parte de quien ha sido asaltado por prueba tan dura . La forma de afrontar  el presente y el futuro,  con serenidad y aceptación , plantea  interrogantes, a los que se mueven únicamente en el campo material y terrenal. La actitud de conformidad y confianza en las promesas de Jesús, son las semillas que se plantan, en los corazones, de los más cercanos y queridos. Así puede entenderse, que los padres de esta joven amiga, vivieran el momento del adiós de su hija,  en  la creencia cierta, de que gozaba ya del paraíso. Un lugar donde el sufrimiento tiene vetada la entrada . Las semillas plantadas florecieron..

He recibido en estos meses, varias peticiones de oración por otras personas, a las que también se les ha diagnosticado un cáncer terminal. Lo que las hace diferentes en esta ocasión, no es solo el ruego por la curación física de la persona, sino la invocación ansiosa, de una sanación espiritual de quien no tiene fe y esperanza,en la Vida después de la muerte.

Se apodera del acompañante con fe, un sentimiento de inutilidad, que aumenta su aflicción. No busca su propio consuelo, ni lo espera… Al dolor de la enfermedad, se le une la congoja ,de verificar que todo el dolor y sufrimiento de la persona amada, lo vivirá en un desierto inimaginable, donde no encontrará  fuente para beber. Seguro que más de uno ha vivido, el efecto que produce en un cuerpo vapuleado por cualquier dolencia, la desesperación…

Pero yo creo en el poder de la oración. Creo en la promesa de Jesús : “Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis´ (Mt. 21:22). Nosotros no dominamos ni el tiempo, ni la forma en que Dios hace las cosas.No conocemos lo que ocurre en el último aliento de la persona que deja este mundo. No podemos percibir, si en ese final del último segundo  de vida, se nos ha concedido lo que hemos pedido a Dios, para ese ser querido.

Me viene a la mente una anécdota que seguro conocéis del cura de Ars : En una ocasión, una mujer humilde, llegó con lágrimas en los ojos, angustiada y desolada a buscar al Cura, ella, se sentía abrumada por su pena ya que su marido se tiró de un puente, se había suicidado. Al lograr ver al Cura, le contó su dolor y su angustia, le dijo que su esposo se había suicidado y que los que se suicidan ofenden gravemente a Dios y se condenan.

El Cura, con voz firme y tierna a la vez, le dice a la mujer: “No temas, tu marido no se condenó”. La mujer asombrada, perpleja, confundida, le dice al Cura incrédula: “Pero mi marido se suicidó, se quitó la vida y sabemos que solo Dios es Dueño y Señor, él lo ofendió gravemente y murió cometiendo pecado”.El Cura, tomó su mano, la miró a los ojos y le dijo: “En verdad no temas, tu marido no se condenó. Entre el puente y el río cabe la Misericordia de Dios”.

Nuestras oraciones, nuestros sacrificios ofrecidos, y nuestras lágrimas derramadas por nuestro ser querido, en el lecho de la enfermedad, son las semillas que plantamos en nosotros. La Misericordia de Dios que se cuela por la última y más pequeña rendija de vida humana, es el fruto que nos consolará , sabiendo que “Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo”. (Jn.14,13)

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