Como una línea telefónica

Mundo · Ángel Satué, Juan Carlos Hernández y Francisco Medina
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6 marzo 2012
El ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, anunció que el Gobierno tiene previsto desarrollar una ley de mediación y de jurisdicción voluntaria que permita que los matrimonios civiles o los divorcios de mutuo acuerdo puedan ser tramitados ante notario. Jurídicamente, el notario, como fedatario público, precisamente da fe pública de un hecho jurídico que está previamente constituido y que ha originado determinados derechos. El juez, en cambio, siempre ha sido una figura "constituidor" de diferentes situaciones jurídicas, tales como la adopción, el matrimonio, la separación, el divorcio, etc. Ahora, con la medida propuesta, se plantea el problema de dar a los notarios un poder cuasi-constitutivo, en tanto que declarativo de situaciones jurídicas muy relevantes como el matrimonio o el divorcio.

Por lo tanto, junto con la deformación de la figura del notario el Derecho se ve despojado de su condición de ciencia o "arte de lo bueno y de lo justo", en tanto que las funciones monopolísticas del juez que interpreta a la luz de los Principios Generales del Derecho, ya no lo serán tanto, ergo también esta figura clave de todo Estado de derecho pasará a quedar desdibujada. En suma, asistimos a una concepción de lo jurídico fuertemente ideologizada, en la que los aplicadores del Derecho, por una parte, pasan a ser más, y por otra parte, se han de limitar a reconocer la nueva extensión de derechos, por ejemplo, sin poder en un caso de divorcio, proceder a realizar una interpretación crítica de los hechos a la luz de las fuentes y de la norma, y por tanto, despojados del tamiz humano sin el cuál todo ordenamiento se erige en una máquina implacable alejada de toda Verdad y Justicia.

En todo esto, preocupa y mucho que los notarios se hayan prestado a realizar esta labor, a cambio de unos aranceles, por cierto, bajos. No obstante, puede ser que desde un punto de vista económico, esta medida suponga un aumento de los ingresos para los notarios o incluso una reducción de la carga de trabajo para los Ayuntamientos, las sedes de los distritos municipales o el Registro Civil, que pueden llegar hasta a competir por la ceremonias más barrocas y entrañables.

Sin embargo, teniendo en cuenta todo lo anterior, conviene ir al fondo del asunto, que es donde encontramos una mentalidad dominante en la que el valor del matrimonio queda reducido a mucho menos que un mero contrato, pues con la nueva propuesta la Institución matrimonial, ya desdibujada en sus formas tradicionales por las uniones de personas de igual sexo, adopta la forma de una simple declaración ante un fedatario público de que existe una "especie de afectio maritalis". Este "afectio" era el elemento fundamental en el derecho romano para hablar de matrimonio. Es decir, a diferencia de nuestro concepto histórico, antropológico y axiológico de matrimonio, fundado en la existencia de un consentimiento reciproco de los contrayentes, en Roma debía darse de manera continuada ese "afectio maritalis". Acabado el mismo, acabado el matrimonio (entre un hombre y una mujer).

Chesterton nos legó un pensamiento genial en su obra "La Superstición del Divorcio", que dice así: "La consecuencia obvia del divorcio frívolo será el matrimonio frívolo. Las gentes ven que pueden separarse sin motivo ni razón -aun con graves consecuencias-; poco tardarán en pensar que no precisan razón ni motivo para contraer otro enlace". Es un hecho que el número de matrimonios religiosos en España se ha reducido drásticamente desde que se dio la opción de los matrimonios "civiles". Es más, la opción del divorcio cuando se contrae matrimonio está más presente que nunca desde la aprobación de la Ley del divorcio por la UCD en 1981, dado que su número ha crecido enormemente en los últimos tiempos.

Siendo estos datos, que constan en el INE, un drama humano de graves consecuencias para el individuo y la sociedad, y basta con mirar a la gente que tenemos a nuestro alrededor para darse cuenta de esto, ponen sobre la mesa un hecho aún más socialmente. La incapacidad de los españoles, y en general de Occidente, de pronunciar un voto solemne y permanente. Es decir, la incapacidad para el compromiso, y los perniciosos efectos sobre el resto de asuntos que exigen de él (pago de impuestos, hijos, defensa del territorio, ayuda a necesitados, etc).

Hoy observamos en las muchas personas a nuestro alrededor una falta de energía para construir algo, una empresa, un matrimonio, etc,. Este hecho debería dar que pensar. ¿Qué es lo que hace posible a un hombre lanzarse a la aventura de crear una familia, de ser emprendedor, o de abrir una empresa? En estas cosas se juega nuestra felicidad, personal y social, pero lo que nos permite embarcarnos en una aventura así es una amistad que nos sostenga, que nos ponga delante la positividad de la realidad, dentro de una comunidad abierta al compromiso. Esta falta de energía pudiera ser expresión de la soledad en la que vive el hombre moderno, en el sentido existencial de la palabra.

En la ley propuesta por el ministro de Justicia da un paso más en esta posición del hombre moderno que se encuentra solo frente a su destino. Antes a uno lo casaban (el sacerdote, el alcalde,…), por lo que hay alguien fuera de uno que celebra el acto del matrimonio. Es una concepción en la que no somos autosuficientes, sino dependientes. En este nuevo paso hacia banalizar el vínculo del matrimonio, sea civil, sea religioso, el matrimonio es concebido como algo dentro del ámbito personal del individuo, sin impacto social.

Sin embargo, el hombre que mira con sinceridad el deseo de su corazón sabe que el deseo de construir una vida juntos, de tener hijos, de que el amor perdure para siempre aun estando lleno de límites no le basta que quede reducido a un contrato o una mera declaración que mañana puede no ser como quien se da de baja de una línea telefónica… si es que esto es posible.

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