Como un padre

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24 octubre 2013
Llegó el día de la despedida. Era junio de 1964, y todos los chicos de mi edad saldríamos para siempre del colegio en el que habíamos pasado internos la mayor parte de nuestra vida. Estábamos muy alborotados haciendo las maletas, corriendo por los pasillos en busca de Peter, que se marchaba antes, para decirle adiós, o de Matt, a quien se le habían olvidado sus bártulos. Esos bártulos que siempre llevaba consigo – y que siempre perdía por el camino.

Llegó el día de la despedida. Era junio de 1964, y todos los chicos de mi edad saldríamos para siempre del colegio en el que habíamos pasado internos la mayor parte de nuestra vida. Estábamos muy alborotados haciendo las maletas, corriendo por los pasillos en busca de Peter, que se marchaba antes, para decirle adiós, o de Matt, a quien se le habían olvidado sus bártulos. Esos bártulos que siempre llevaba consigo – y que siempre perdía por el camino. Otros compañeros se pusieron a hacer una guerra de almohadas, ya que por fin no serían castigados por ello (la pobre señorita Merphis había partido de vacaciones la noche anterior confiando en sus “angelitos”, a los que decía que les había criado “mejor de lo que una madre jamás lo hubiera hecho”). Y es que en “El Robledal” todos los chicos vivíamos como huérfanos, ya que nuestras familias vivían a muchas horas de allí y rara vez se dejaban caer por el internado.

Llegó el momento de despedirme de quien fue mi padre allí: el señor Williams. Arthur Williams. El director del colegio. Todos los internos de mi edad se habían acercado a su despacho para despedirse personalmente de él. Hasta que me llegó el turno a mí. Llevaba la maleta conmigo, dado que inmediatamente después tomaría el último tren a mi ciudad natal. Justo antes de mí pasó a verlo Edwin, el chico más gordo de todo el colegio y que había visto en mi vida. Edwin solía sacar muy malas notas, pero era un buen chico. El señor Williams le tenía un afecto especial, como solía pasarle con todas las personas que, en un contexto habitual, eran rechazadas por la mayoría. Edwin, cargando con una mochila descosida por todos los lados, abrió la puerta del despacho de Williams y, mientras salía, se seguía despidiendo: “¡Adiós, gracias, adiós, gracias!”, exclamaba balbuceando a la vez que sonriendo. Ahora sí que me tocaba a mí.

La luz de la tarde invitaba a una calma tal que me empezó a poner nervioso: ¿cómo iba a haber calma ahora que me iba de aquel lugar, a enfrentarme al mundo “real”? A medida que daba pasos hacia el despacho del director, me daba cuenta de que no me quería marchar. La puerta, entreabierta, dejaba pasar una luz amarilla. La luz del sol. De ese sol que me prometía una gran vida fuera de allí. En el haz de luz pude distinguir una multitud de partículas de polvo.  

– Bueno, Mac Calleigh-, me dijo el señor Williams una vez hube entrado en su despacho. – Ha llegado el momento de ser protagonista.

Lo dijo mirándome a los ojos, primero, por la ventana, después y, por último, a unos papeles que tenía sobre su mesa. Yo no supe adónde mirar. Aquel hombre permanecía como un misterio para mí. Había sido el primero en darme la mano cuando entré en “El Robledal” a la edad de seis años y ahora, a mis diecisiete, me estaba diciendo adiós. Como a todos los demás. Con él, sin embargo, yo siempre me había sentido único. Aunque nos mirara a todos de la misma manera. Con el mismo afecto – salvo a los discriminados como Edwin, a los que parecía querer más. El señor Williams me preguntó qué iba a hacer.

– Voy a trabajar en la herrería de mi primo Daniel, señor. Si puedo, después iré a la universidad.

– Quieres ser profesor, Mac Calleigh, ¿no es así?

– Así es, señor.

– Pues ahora dedícate a trabajar, y… Pídele cada día a María que consiga que puedas ir a la universidad.

– ¿Quién es María, señor? – Tu madre, hijo. Tu madre.- Y volvió a mirar por la ventana. La luz había continuado entrando en la habitación. Miré también por la ventana, justo hacia el punto donde creí que estaban fijados los ojos del director. A lo mejor encontraba lo mismo que él.  No entendí. Era la primera vez en once años que mencionaba a aquella mujer. No dije nada. El silencio entró también en la habitación y permaneció unos minutos. Luego yo lo rompí:

– Esto… Señor Williams… Debo irme. Pierdo el tren.

– Corre, muchacho.

– Gracias por todos estos años… Sus clases han sido… Maravillosas, y…. Y usted ha sido… Ha sido como un padre para mí.

El señor Williams se me quedó mirando otro largo rato, seriamente. Como si estuviera siendo consciente de algo muy importante. Yo bajé la mirada.

– Anda, hijo, ve. En tu casa te esperan.

Asentí. Me levanté, cogí mi maleta y, deprisa y sin darme la vuelta, salí del despacho. Vi la hora en mi reloj: tendría que correr para coger el tren de las cinco. Así que corrí. Corrí y, mientras lo hacía, me di cuenta de que el señor Williams quedaría en mi pasado, y ya no estaría en mi presente. Ya no habría más tutorías con él, ni tampoco más momentos de conversación. Me di cuenta de que, aun así, a él no lo iba a perder nunca, porque el hombrecito que yo empezaba a ser era así gracias a Williams; de que ahora me tocaba vivir mi vida – como había dicho el director, “ser protagonista” -. También descubrí que tendría que averiguar quién era aquella mujer, María, de la que Williams había hablado con tanto brillo en su mirada. Viendo el paisaje a través de la ventanilla del tren, al que había llegado justo cuando estaba pitando como señal de que ya estaba por partir, sentí que la misteriosa María, mi madre – como él había dicho -, vendría un día a conocerme y me haría conocerla a ella. Supe que iba a echar de menos “El Robledal”, a los chicos, nuestros juegos y travesuras, a la señorita Merphis y sus regañinas… Pero también supe, sin saber qué era, que lo más importante iba conmigo.

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