Como un burro amarrado a la puerta del baile

España · Luis Ruíz del Árbol
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25 marzo 2025
El PP puede haber perdido una oportunidad de oro para marcar sus diferencias ideológicas con Vox, reivindicarse como un partido fiable y de Estado y como la única y auténtica fuerza liberal-conservadora en España, y ensanchar así su base electoral tanto hacia el centro como a su derecha.

El 29 de mayo de 2023, el Presidente del Gobierno de España, tras una debacle sin precedentes de su partido en las elecciones autonómicas y locales recién celebradas, decidió de manera sorpresiva adelantar la convocatoria de las elecciones generales al 23 de julio siguiente. Era una decisión muy arriesgada: en aquel momento, el partido líder de la oposición, el PP, sacaba una media de diez puntos de ventaja al PSOE en las encuestas de intención de voto. Prácticamente todo el mundo pensaba que Pedro Sánchez se había vuelto loco; sólo unos pocos periodistas y opinólogos, los más apesebrados, se aventuraron a profetizar la genialidad táctica de su dadivoso pagador. Casi todos los medios y agencias de demoscopia daban por seguro un futuro gobierno del PP, bien en coalición, bien con el apoyo externo del partido de la derecha nacional-populista, Vox.

El día antes de la jornada de reflexión, los sondeos más prudentes ofrecían al PP un suelo de 150 diputados, y otros 20-25 escaños como mínimo a Vox. El PSOE y Sumar —la coalición de grupúsculos de izquierdas que había estado gobernando la anterior legislatura en coalición con los socialistas—, a pesar de cierto repunte durante la campaña electoral, parecía que no terminaban de levantar el vuelo. Sin embargo, contra todo pronóstico, Pedro Sánchez, el “autor” de Manual de Resistencia, volvió a conseguirlo: a pesar de que el PP ganó holgadamente las elecciones con 137 diputados —frente a los 121 que obtuvo el PSOE—, su suma con los 33 que alcanzó Vox no fue suficiente para constituir una mayoría parlamentaria alternativa a la que, con el apoyo del resto de formaciones nacionalistas y de izquierdas, logró reeditar una vez más el PSOE.

Pedro Sánchez fue capaz de re-movilizar in extremis al electorado de centro-izquierda —desencantado con el gobierno socialista debido al desgaste por la chapucera “Ley del solo sí es sí” o por los indultos concedidos a los políticos independentistas catalanes condenados por los hechos del procès—, presentándose como la única opción de gobierno realista frente a un eventual ejecutivo de derechas dominado por la agenda extremista de Vox, concentrando así todo el voto que durante las elecciones autonómicas y municipales de la primavera se había dispersado hacia una pléyade de proyectos políticos locales. Por su parte, el PP vio cómo su incapacidad de distanciarse políticamente de Vox, partido del que había echado mano en primavera para conseguir las mayorías necesarias en las Comunidades Autónomas y grandes ciudades dónde no había obtenido la mayoría absoluta, le penalizó sobremanera a la hora de desincentivar el voto de izquierda y de capitalizar el voto moderado del centro y centro-izquierda en las elecciones generales.

Saltamos a febrero de 2025: Donald Trump arranca su segundo mandato en la Casa Blanca poniendo patas arriba todo el orden internacional nacido de la Segunda Guerra Mundial. Dentro de su agresiva estrategia para reubicar a Estados Unidos dentro del tablero de juego global, Trump y su Vicepresidente J.D. Vance sorprenden a todo el mundo con un acercamiento más que amistoso a la Rusia de Putin frente a la Ucrania de Zelenski, al que trata en directo y en prime time con un insultante desprecio que genera una enorme repulsa en la mayor parte de la opinión pública occidental. Vox, inmerso en su propia dinámica de reposicionamiento ideológico dentro de la internacional soberanista Patriots, patrocinada por el premier húngaro Viktor Orban, se coloca obedientemente detrás de su nuevo jefe y hace suyos todos los asquerosos e inmorales argumentarios del Kremlin. Esta traición a la tradición otanista del partido provoca una cascada de deserciones y críticas abiertas dentro de la formación de Santiago Abascal y, por primera vez desde julio de 2023, al PP se le abre milagrosamente una ventana de oportunidad para marcar sus diferencias ideológicas con Vox, reivindicarse como un partido fiable y de Estado y como la única y auténtica fuerza liberal-conservadora en España, y ensanchar así su base electoral tanto hacia el centro como a su derecha.

Pero el fatum del PP parece ser el mismo del protagonista de aquella fantástica canción de El Último de la Fila: deambular por un “callejón por donde nunca pasa nadie/como un burro amarrado a la puerta del baile”. En efecto, justo en el momento en el que Vox estaba al pie de los caballos, acusando demoscópica y sociológicamente el golpe de su incomprensible seguidismo a Trump, el PP, de manera inconcebible, ha salido a su rescate para darle una vida extra. Así, el pasado 17 de marzo, el President de la Comunitat Valenciana, Carlos Mazón, del PP, ha anunciado a bombo y platillo un preacuerdo con Vox para la aprobación de los presupuestos anuales de la Generalitat. A cambio de su voto, el PP ha aceptado incluir en su programa de gobierno casi todos los puntos nucleares del corpus ideológico de la sucursal de Orban en España: la asunción del discurso contra el “dogmatismo climático”, la inmigración ilegal y la Agenda 2030, así como otra serie de aspectos del universo identitario del populismo nacional-soberanista. De cara al espacio electoral que se disputan PP y Vox, los populares han vuelto como dóciles corderitos al redil y Vox se ha podido volver a presentar como el garante de las esencias patrióticas. Al otro lado, Pedro Sánchez ha vuelto a encargar más cajas de Veuve Cliquot para celebrar por adelantado su triunfo electoral en 2027.

Así pues, de nuevo volvemos al punto de partida previo al 23 de julio de 2023. Por ceguera política o por un mero interés cortoplacista, el PP, de una sola tacada, por un lado le acaba de entregar al PSOE más munición y más aire para poder aguantar los golpes judiciales por los casos de corrupción que le salpican, pudiendo seguir vendiéndose a su electorado como adalid de la democracia y los derechos sociales frente al asalto de los nuevos autoritarismos de derechas; y, por otro lado, de tirar por la borda todo el capital de legitimidad democrática que la reciente aventura trumpista de Vox le había puesto en bandeja. “Tanto tienes tanto vales, no se puede remediar/si eres de los que no tienen, a galeras a remar”, cantaban Manolo García y Quimi Portet; el miope y frívolo tacticismo del PP, si Dios no lo remedia, va a darle a Pedro Sánchez cuatro años más de poder en el ejecutivo del Estado y a dejarle en las próximas autonómicas y municipales sin el enorme poder local para mantener el cual, una vez más, se han echado en brazos de los representantes en nuestro país de la internacional iliberal.

 

Luis Ruíz del Árbol es autor del libro «Lo que todavía vive»


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