¿Cómo entender la revuelta árabe?

Mundo · Roberto Fontolán
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24 febrero 2011
Durante mucho tiempo tendremos que hablar de las revueltas en los países árabes. Y durante mucho tendremos que esforzarnos por entenderlas porque la situación es muy compleja. Al menos hay algo ya claro y es que la situación es muy diferente en cada uno de los países.

En Bahrein y en otros países del Golfo es cada vez más grave la fractura entre los sunís y los chiítas, avivada por la casi guerra civil de Iraq y la que se puede producir en el Líbano. En Túnez, ha sido decisivo el sufrimiento de las generaciones instruidas y la actitud de la familia y de la esposa del ex presidente Ben Ali. En Egipto, la extrema pobreza de casi la mitad de la población y la falta de perspectivas para el futuro. En Libia es sin duda decisivo el fuerte componente islámico y el rechazo de Gadafi y su clan.

Argelia se encuentra a medio camino entre Egipto y Libia. En Irán, del que estamos hablando muy poco, domina con el antiguo e insoportable despotismo islámico de los ayatolás. En cada sitio las cosas evolucionarán de un modo diferente pero las revueltas llegarán sin duda a Siria o a las monarquías "iluminadas" de Jordania y Marruecos, e incluso a Arabia Saudí. 

Si las situaciones son tan diferentes, ¿cómo es que se ha prendido el fuego que estalló en el pequeño y poco influyente Túnez? Es evidente que hay factores comunes y uno de ellos es precisamente el "árabe", la sensación de ser parte del mismo "mundo" más allá de todas las peculiaridades nacionales. Esas diferencias han sido ferozmente promovidas por los líderes de cada país (merece la pena citar La miseria de los árabes del periodista libanés Samir Kassir, asesinado en 2005).

En los tiempos modernos uno de los elementos que han servido para aglutinar la sensación de pertenecer al mismo mundo es el profundo sentimiento de hostilidad contra Israel. Una hostilidad que va desde la crítica de la política del Estado de Israel, popular en los círculos cristianos, al antisemitismo. Es un elemento entre varios, pero pesa mucho: basta pensar en el discurso-sermón de Yusuf Qaradawi en la plaza de El Cairo de hace unos días.

Un segundo factor es la explosión del deseo contagioso de una nueva vida: la libertad, especialmente en sus expresiones económicas, sociales. Y también la necesidad de una mayor prosperidad, de conocimiento, de autenticidad.

Un tercer elemento es el cáncer de los regímenes autoritarios "ya sean seculares o islámicos", los nacidos a partir baazismo, del nasserismo o de los golpes de Estado. Un modelo que en el campo religioso significa "oración en las mezquitas y poder para el rais", incluyendo una cierta libertad religiosa para las minorías cristianas y que explica la preocupación de las jerarquías de las iglesias.

En Oriente y Occidente, nos preguntamos con ansiedad qué sucederá. Algunos se han apuntado al partido de los que aseguran que "estábamos mejor cuando estábamos peor" y otros parecen atascarse en el dilema entre democracia y estabilidad. Son posiciones anacrónicas, es decir, fuera del tiempo, fuera de una realidad que se desborda y que, como los ríos en el otoño, trae lo fácil y lo difícil, lo incomprensible y lo claro, el fundamentalismo islámico y el deseo de libertad, los temblores de un mundo viejo y las semillas de una nueva comprensión entre cristianos y musulmanes, el misterio de una serie de sucesos chocantes (el misterio es inherente a la realidad).

Lo que está sucediendo no se puede comprender con esquemas ni detener con miedo. Seguirá desafiando a todos. Y nos llama a tres cosas: construir, construir, construir.

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