Coalición vs colisión

España · Gonzalo Mateos
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25 mayo 2022
Aunque nos parezca extraño, lo normal es la coalición. Recuerdo la cara de asombro de mis amigos europeos cuando en una cena les dije que en España nos había costado cuarenta años de democracia lograr tener un primer gobierno nacional de más de un partido.

Y es que en Europa lo raro es gobernar en solitario. En la actualidad veintiuno de los veintisiete miembros de la Unión gobiernan en coalición y en tres países lo hacen a través de una gran coalición o de un gobierno de concentración nacional. Ningún país de los grandes en Europa está gobernado por un solo partido. Llevamos muchos años así, y ya sea por conveniencia o por necesidad, las alianzas gubernamentales están aquí para quedarse.

En la vida diaria lo normal es también pactar: con la familia las tareas domésticas, con los amigos los planes, con los compañeros los turnos y con nuestras parejas las visitas a los suegros. Hasta Dios pactó con Abraham una alianza y se nos presenta como una “triple coalición”. Me consta además que, da igual cuando lo leas, todo gobierno es por definición un gobierno de coalición entre todos sus miembros, incluido el presidente y el ministro de Hacienda. No parece por tanto excepcional ni difícil, también en política, la necesidad de acordar y coaligar.

Pero en España ni los pactos ni la coaliciones en política todavía no nos salen bien. El actual intento de gobierno bipartito de Pedro Sánchez se puede considerar como un fracaso. Porque se crearon ministerios vacíos de recursos y competencias, porque la coordinación entre ellos es nula o muy deficiente y, lo que es más importante, porque no existe la menor confianza entre los políticos de ambos partidos a las que cada vez más evidentemente les une el poderoso pero al mismo tiempo volátil pegamento del poder. Pero lo mismo le ocurre a la oposición. Las coaliciones de los gobiernos en Madrid, Murcia y Castilla León han saltado por los aires por sospecha de traiciones y acusaciones de deslealtad. Hay honrosas excepciones, pero en público y en privado todos reconocen que prefieren gobernar solos que acompañados.

¿Por qué nos cuesta gobernar en compañía? ¿Es posible trabajar en un proyecto político común más allá de la necesidad por el poder que exige la aritmética electoral? Víctor Lapuente en su libro Decálogo del buen ciudadano argumenta que una de las claves de las sociedades modernas ha sido que han sabido separar entre lo espiritual y lo moral, por un lado, y lo terrenal y lo político por otro. Al abandonar los ideales políticos de Dios, la clase social o la patria, cada vez crece el número de ciudadanos que intentan encontrar en la identidad política un sentido a la vida o la forma de sentirse reconocidos socialmente. Los políticos de todas las tendencias lo han sabido aprovechar volviendo religiosa y mesiánica la política, lo que ha llevado a presentar ideologías excluyentes y al endiosamiento de algunos líderes. A convertir al adversario político en infiel y al disidente en hereje. Y la primera víctima de esa estrategia es la convivencia. Nos volvemos ciegos seguidores de partidos que actúan como sectas divisivas que hacen imposible la consecución del bien común. Sólo hay que mirar a Xi Ping o a Putin, y a los que los justifican, para constatarlo.

El pertinente libro de Massimo Borghessi El desafío Francisco denuncia las polarizaciones maniqueas que en la actualidad dividen la sociedad, la política y la religión entre amigos y enemigos. Y propone recuperar las diferencias entre oposición y contradicción. Volver a tratar al “otro” no como adversario, sino como opuesto, y con él aprender a manejar las tensiones y los conflictos. Saber gobernar no es sino instaurar un diálogo con quien representa lo que es diferente, no perteneciente o inaccesible de algún modo para mí. En ese sentido aboga por distinguir entre contraposiciones que aun siendo contrarias interactúan en una tensión fecunda y creativa, y las contradicciones que, por el contrario, exigen una elección entre lo bueno y lo malo. Es fácil caer en intelectualismos y moralismos. Considerar las contraposiciones como contradicciones es fruto de un pensamiento mediocre que nos aleja de la realidad. Y basta recordar cómo se plantearon las últimas elecciones a la Comunidad de Madrid.

Como decía Guardini, más actual que nunca, un pensamiento fecundo debería ser siempre incompleto y abierto para dar espacio a una contemplación y a un desarrollo ulterior. Deberíamos aprender a no exigir certezas absolutas a todas las cosas y con ello poder atravesar los conflictos sin quedar atrapados en una dialéctica estéril.

Para gobernar con “otros” se necesita la valentía de una visión realista que reconozca que todo planteamiento político siempre será ambiguo, histórico y por tanto mudable. Que la política no puede encarnar el bien definitivo ya que está obligada a realizar la justicia mediante lo injusto, o, dicho de otro modo, a través de lo imperfecto que es siempre lo humano. Es por tanto erróneo, y muy pernicioso, pretender que el partido, el líder, el Estado o cualquier otra institución, incluso las religiosas, logren por sí mismas la justicia definitiva en este mundo. Es necesario el coraje de admitir la imperfección de la política. Por eso serán morales aquellas coaliciones que susciten este coraje, e inmorales, a pesar de su moralismo, las que aspiren a esa perfección.

Y prueba de ello es el éxito de algunas coaliciones improbables como las que se están produciendo, por ejemplo, entre partidos conservadores y verdes, que se han denominado como alianzas Greencon. En un pasado parecían imposibles, pero en la práctica, desde Irlanda hasta Alemania, están teniendo un éxito inesperado. Su planteamiento inicial de “agua y aceite” ha derivado en la resolución de problemas con dos pies sobre la tierra desde ideologías supuestamente enfrentadas. Es una nueva fusión del siglo XXI de políticas impulsadas por valores no tanto contradictorios como contrapuestos: trabajar por la nación y el crecimiento económico y al mismo tiempo lograr sociedades justas y sostenibles medioambientalmente. La pandemia ha reforzado esta extraña mezcla, obligando a muchos políticos y a sus seguidores a ser más pragmáticos de lo que les gustaría. Un rayo de esperanza.

Celebremos pues la posibilidad de nuevas coaliciones “imposibles”. La coalición no lleva inevitablemente a la colisión ni a la colusión. Quién sabe, igual nos lleva a la conciliación.

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