China ya no está tan cerca, pero India sí

España · Robi Ronza
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13 enero 2016
La Bolsa de Shanghai empezó la semana con fuertes pérdidas. El lunes perdió un 5,3%, y también se resintió el índice Hang Seng de la Bolsa de Hong Kong, aunque en menor medida (-2,8%). Aunque luego puedan darse oscilaciones en sentido contrario, ya es evidente que la crisis de la economía china, la segunda del mundo por sus dimensiones, no va a solucionarse en un santiamén.

La Bolsa de Shanghai empezó la semana con fuertes pérdidas. El lunes perdió un 5,3%, y también se resintió el índice Hang Seng de la Bolsa de Hong Kong, aunque en menor medida (-2,8%). Aunque luego puedan darse oscilaciones en sentido contrario, ya es evidente que la crisis de la economía china, la segunda del mundo por sus dimensiones, no va a solucionarse en un santiamén.

Con la intención de frenarla, el gobierno de Pekín ha tomado por su parte iniciativas de carácter autoritario, por ejemplo prohibiendo por decreto la venta de títulos a los propietarios chinos de grandes paquetes de acciones, pero obviamente eso no basta para cambiar las cosas. Además, ha favorecido la devaluación frente al dólar del renminbi, la moneda china, pero en lo concreto se trata de un arma de doble filo. De hecho, por un lado favorece las exportaciones chinas, pero por otro aumenta el coste del reembolso de préstamos en dólares que en los últimos años muchos grupos industriales importantes de China han contratado en los mercados financieros internacionales, especialmente el americano.

Resumiendo, estamos al final (previsible e inevitable) del modelo de desarrollo por el que la China post-maoísta había apostado: una economía que, descuidando el desarrollo del mercado interno, va hacia la conquista de los mercados occidentales produciendo y vendiendo productos de gran consumo a precios competentes gracias a su bajo coste laboral. Un modelo agresivo, pero a largo plazo suicida. En un primer momento parece que funciona, pero luego se bloquea a causa de los golpes de la crisis productiva y por tanto social que inevitablemente afecta a los países cuyos mercados ha conquistado. Si además consideramos que tanto China como los demás países que han seguido su huella han financiado esta política, con préstamos en dólares fácilmente adquiribles durante los últimos años en el mercado financiero estadounidense, no es difícil entender las dificultades que ahora tiene que afrontar.

En una economía mundial que ya es definitivamente global, una situación así se refleja negativamente en todo su motor principal, es decir, el intercambio entre Occidente, Japón y China. Desde hace ya 46 meses, los precios de fábrica de las manufacturas chinas están disminuyendo. Teniendo en cuenta el papel clave que China tiene hoy en el mercado manufacturero mundial, eso significa que a la economía del mundo le afecta hoy el peor peligro posible: la deflación, es decir, un círculo vicioso donde concurren una caída general de los precios y una caída general de la demanda, con efectos perversos.

Todo ello confirma el error de Occidente al apostar demasiado por las cartas de China y descuidando en cambio a la India, el otro gigante demográfico de Extremo Oriente, que por un lado mira a un desarrollo orientado en cambio hacia el crecimiento del mercado interno, y por otro, como herencia positiva de su largo periodo sometida a Gran Bretaña, cuenta con la cualidad de una alta formación, infraestructuras, una cultura política y un sistema jurídico que bien la pueden presentar como candidata a convertirse en el gran socio estable de una Europa que no debe dejarse llevar por la preferencia de Estados Unidos por China por motivos tanto históricos como geopolíticos.

Bien entendido, sin querer dar la espalda a China, algo que no sería ni sabio ni realista, hay que equilibrar la relación con Oriente, dando pronto mucho más espacio a India e Indonesia, y haciendo una política de apoyo al desarrollo de África, donde en cambio, si bien con todos sus límites, la demanda está creciendo.

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