Chesterton, un hombre del pueblo

Cultura · Antonio R. Rubio Plo
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21 febrero 2024
Este año se cumple el 150 aniversario del nacimiento de Gilbert Keith Chesterton y el paso del tiempo solo sirve para subrayar la genialidad y la capacidad de intuición de un escritor que no puede ser reducido a la caricatura de un catolicismo militante.

Es el gran escritor de la elegancia y el sentido común, y sobre todo el escritor del common man, alejado de sentimentalismos poco fundados y consignas supuestamente de progreso que restringen la capacidad de pensar. Se acaban de publicar en español sus artículos de 1911 para The Illustrated London News (ed. Encuentro) bajo el título de Cosas que los hombres odian con razón.

Foto: Ed. Encuentro

No resulta sencillo encontrar un hilo conductor entre la variedad de temas tratados, bien sean la Navidad, la literatura, la política inglesa o la prensa, pero me atrevo a sacar una conclusión que, por supuesto, no es ni única ni definitiva: Chesterton es un representante del buen pueblo inglés, el de la Edad Media, el de los cuentos de Chaucer o el evocado en el teatro de Shakespeare. Es el pueblo no contaminado por las luchas religiosas y políticas que caracterizaron a Inglaterra desde el siglo XVI. Todo lo que vino después es un conjunto de teorías que se llaman racionalistas, pero de las que Chesterton pone en duda su racionalidad.

Observa que los políticos hablan siempre de progreso, pero muestra abiertamente su escepticismo sobre el bipartidismo de su país, conservadores y liberales, que en el fondo no dejan de ser el mismo partido. Oficialmente no hay un poder aristocrático, aunque la Cámara de los Lores se resistía en 1911 a perder su derecho de veto, aunque la política tampoco llega a ser abiertamente democrática. Se diría que Chesterton mira con una mezcla de simpatía y compasión a los políticos de su tiempo, a los Disraeli, Gladstone, Chamberlain, Asquith, Balfour o Churchill, pero no los convierte en ídolos, ni siquiera en ídolos fugaces. El escepticismo del escritor se extiende a los reformismos como el de las sufragistas, que exigen por aquellos años el voto femenino. Chesterton no entra en el fondo de la cuestión y se limita a criticar los métodos masculinos utilizados por las feministas, unos métodos que nunca serán convincentes para el conjunto de la sociedad porque son la demostración de que las mujeres han renunciado a sus propias armas.

Pero si algo caracteriza a Chesterton es el ser un continuo fustigador de los tópicos, de los lugares comunes, de esas formas de entender la vida que invaden la prensa y la sociedad sin el menor sentido crítico. Son una especie de artículos de fe de una nueva religión, que no admite no solo una abierta discrepancia sino también la más mínima duda razonable. En la sociedad británica de 1911 había una saturación informativa, pero como suele suceder, el acumulo de información no lleva necesariamente a un juicio equilibrado.

En uno de los artículos de este libro, Chesterton recuerda su rotunda oposición a la guerra de los Boers diez años antes, que no dejaba de ser una vulgar guerra imperialista que se disfrazó de patriótica ante la opinión pública. Se excitó al pueblo, pero no se le dijo la verdad. De ahí que las afirmaciones concluyentes de la prensa sobre las cuestiones de política exterior que interesaban entonces al Imperio británico había que tratarlas sin dejarse llevar por los estereotipos, y es lo que hace Chesterton al referirse, entre otros, a los Imperios alemán, otomano, ruso o japonés. Sus observaciones al respecto no dejan de ser presagios de las tragedias que afectarán a estos entes políticos.

De la lectura de estos artículos se podría deducir, entre otras cosas, que Chesterton estaba llamado a escribir una Historia de Inglaterra, que forzosamente sería irónica y paradójica. Lo hizo en 1917, pero nunca la abordó desde la perspectiva de la nostalgia. La historia es presente, no es progreso porque ese progreso puede llegar a ser la negación de la historia. La historia, en Chesterton, es una afirmación contra la tiranía. Hay en el libro una cita esclarecedora: “La tiranía es siempre joven y aparentemente inocente, y nos pide que el olvidemos el pasado”. Intuía Chesterton que esas tiranías, que repiten de continuo el término “progreso”, solo pretenden que “la humanidad viva en una cárcel limpia y agradable”, tal y como señala en el artículo que cierra este libro.


Lee también: Chesterton o la esgrima del sentido común


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