Cerebros y maestros de verdad

España · Agustín Domingo Moratalla
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2 julio 2013
La Fundación educativa Santo Domingo, una obra de la familia dominicana española, ha celebrado esta semana de julio un congreso que llevaba por título Pedagogías con otro estilo. Más de cuatrocientos educadores se han dado cita en Madrid para hacer explícito el estilo y las implicaciones de las comunidades educativas vinculadas a la “Orden de Predicadores”, razón por la cual el congreso se llamó Educar OP. No se trataba de un encuentro nostálgico porque desde el primer momento han buscado fortalecer la innovación pedagógica analizando, evaluando e integrando aportaciones de otras tradiciones educativas.

La Fundación educativa Santo Domingo, una obra de la familia dominicana española, ha celebrado esta semana de julio un congreso que llevaba por título Pedagogías con otro estilo. Más de cuatrocientos educadores se han dado cita en Madrid para hacer explícito el estilo y las implicaciones de las comunidades educativas vinculadas a la “Orden de Predicadores”, razón por la cual el congreso se llamó Educar OP. No se trataba de un encuentro nostálgico porque desde el primer momento han buscado fortalecer la innovación pedagógica analizando, evaluando e integrando aportaciones de otras tradiciones educativas.

Los organizadores me invitaron a plantear el tema de la verdad como referencia básica para promover estilos de vida alternativos. Si se siguen reduciendo las horas de la Filosofía y las Humanidades en nuestro des-ordenamiento educativo, llegará un momento en el que la posibilidad de analizar con detalle el problema de la verdad en el conjunto del conocimiento se convertirá en una tarea contracultural, revolucionaria y casi anti-sistema. Esto no quiere decir que una comunidad educativa no se tenga que plantear con cierta radicalidad la utilidad, valor y sentido de los conocimientos, actitudes y valores que transmite.

Quise arrancar reivindicando lo que Unamuno llamaba “el hombre de carne y hueso”. El desarrollo de las neurociencias y el progresivo interés por la neuroeducación nos pueden llevar a considerar el cerebro y las emociones como fundamento de nuestra actividad educativa. La deriva neurocientífica de la investigación pedagógica corre el peligro de reducir las relaciones educativas a interacciones neuronales, sistemas de vínculos emocionales o conexiones sentimentales de aula. Es hora de que nos preguntemos si los nuevos lenguajes y categorías pedagógicas se limitan a describir las bases o pretender ofrecernos nuevos fundamentos antropológicos deterministas. Es hora de que nos preguntemos si nos dan cuenta y razón del alumno como una persona “de verdad”, es decir, como un alguien donde cuerpo y alma, carne y hueso, biología y biografía no son son partes de un mismo puzle.

La teoría de las inteligencias múltiples nos ha mostrado que las inteligencias lógica, emocional, social o incluso espiritual son dimensiones de una vida personal que no puede analizarse sólo como un problema científico sino como un misterio antropológico. Incluso algunas investigaciones sobre el cerebro humano han mostrado que no podemos olvidar lo que Katherine Ellison ha llamado inteligencia maternal para demostrar que los hijos, la maternidad y el conjunto de obligaciones familiares también desarrollan la inteligencia.  Cuando nos preguntamos por la verdad en el conjunto de nuestras prácticas educativas debemos comenzar desvelando los reduccionismos y simplificaciones que se producen al estudiar las bases antropológicas de la educación.

No es fácil evitar los reduccionismos. Es más fácil aceptar acríticamente modas indoloras y no plantearse experiencias de verdad. Por eso no es de extrañar que triunfen en los colegios dos planteamientos claramente simplificadores: por un lado el fundamentalista de quienes confunden personas de verdad con personas de certezas, por otro el relativista de quienes se desentienden de la verdad porque consideran que la civilización del bienestar y los derechos nos ha situado en tiempos de la post-verdad.

Para educar en la verdad no solo necesitamos promover un espacio público educativo donde las diferentes convicciones morales y religiosas puedan coexistir (y quizá convivir), necesitamos maestros comprometidos con capacidad para promover estimativas que no olviden las posibilidades educativas de una interioridad apasionad y solidaria. Maestros que ponen en relación el decir y el hacer, los idearios y las prácticas. Maestros que se tomen en serio su oficio y vocación. Por eso, si queremos que nuestras comunidades educativas no sean simples centros de enseñanza o factorías de instrucción debemos preguntarnos, aunque sea en verano: “¿puede haber escuelas de verdad si no hay maestros de verdad?[1]

[1] Estas ideas pueden ampliarse en el libro Educación y Redes sociales. La autoridad de educar en la era digital. Encuentro, Madrid 2013.

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