¿Catolicismo vs. Edad moderna? Los viejos esquemas, en cuestión

Cultura · Danilo Zardin
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10 abril 2019
El despegue de la modernidad en el Occidente europeo ha pasado por una serie de cambios decisivos. Gradualmente nos hemos visto introducidos en una revolución del sistema entero del vivir, incluyendo en su seno muchos elementos de la arquitectura social y cultural preexistente, llevando a construir un nuevo edificio hecho de materiales seleccionados en virtud de una reutilización ciclópea. Ha supuesto un laborioso proceso de desarrollo a lo largo del tiempo, al que resulta indispensable mirar si queremos comprender cómo se establecieron las bases de la visión del mundo que ha dominado la fase histórica más madura de la cristiandad de tradición latina.

El despegue de la modernidad en el Occidente europeo ha pasado por una serie de cambios decisivos. Gradualmente nos hemos visto introducidos en una revolución del sistema entero del vivir, incluyendo en su seno muchos elementos de la arquitectura social y cultural preexistente, llevando a construir un nuevo edificio hecho de materiales seleccionados en virtud de una reutilización ciclópea. Ha supuesto un laborioso proceso de desarrollo a lo largo del tiempo, al que resulta indispensable mirar si queremos comprender cómo se establecieron las bases de la visión del mundo que ha dominado la fase histórica más madura de la cristiandad de tradición latina.

En su seno, hasta la fuerza agresiva de la violencia bélica y el intransigente rigor de la justicia que castiga y hiere tuvieron que aceptar ser domesticados y dejarse contener entre los diques de frenos compartidos. Esto pasó porque la relación con lo sagrado seguía siendo el pilar en torno al cual gravitaban los fines últimos del destino individual y colectivo. Solo apoyados en este fulcro central, se pueden comprender las lógicas de funcionamiento del pensamiento, la mentalidad y los modelos de comportamientos que regían el universo del Antiguo Régimen.

Sea cual sea el punto de partida de nuestro camino, el intercambio con la dimensión del hecho religioso retorna como una puerta que es inevitable atravesar. Vale para la razón filosófica y científica, vale obviamente para la literatura o el impresionante florecimiento de las artes figurativas. Pero también vale para la forma artística quizás más comprometida, directa y cargada emocionalmente, es decir, para el arte musical. Así lo muestra la reciente selección de estudios dedicada a las relaciones entre “paisaje sonoro” y contenidos de la tradición cristiana en el contexto de la primera edad moderna, a cargo de Daniele Filippi y Michael Noone, uno de los editores académicos más prestigiosos a nivel internacional (“Listening to Early Modern Catholicism. Perspectives from Musicology”, Brill 2017).

Dentro del marco de la cristiandad previa a la Ilustración, se pueden identificar los diversos bloques que componían un mosaico fuertemente plural. Los empujes de progreso no solo procedían del fragmentado archipiélago de la Europa protestante sino también del conjunto de países católicos, portadores de una fe repensada según su teología de cabecera y sus líneas de inserción en la realidad secular siguiendo la huella de oleadas de renovación que ya se habían puesto en marcha antes de la fractura confesional. Anticipadas en el tiempo, las fuerzas que se oponían a los abusos y a la decadencia siguieron haciendo sentir su influjo, con nuevos acentos y características inéditas, más allá del conflicto lacerante que prendió en su monopolio exclusivo de la verdad última.

Tradicionalmente, la evolución del catolicismo en el arco de la edad moderna tendía, en efecto, a interpretarse como un movimiento de reacción con el objetivo de combatir aperturas positivas, orientadas hacia las “magníficas suertes progresivas” del futuro, introducidas por los reformadores disidentes de la Iglesia de Roma. Sería una única, auténtica y gran reforma canalizada por Lutero y sus seguidores en dirección hacia la ruptura. A la que se contrapuso, por parte del poder papal, apoyándose en las decisiones establecidas por el concilio de Trento, una involución autoritaria y represiva, cuya intención era bloquear nuevas deserciones y recuperar en la medida de lo posible el terreno perdido. Es decir, la Contrarreforma.

Esta perspectiva basada en la lógica del conflicto mantiene hoy posturas tenaces en el frente de la divulgación de bajo perfil y la transmisión escolástica, con el apoyo de una historiografía obsesionada por el tenebroso fantasma de la Inquisición y enemiga de las duras restricciones del control sobre la conducta de los individuos. Pero en los niveles más altos de los estudios histórico-religiosos, incluso en un contexto rigurosamente “laico”, el prejuicio anticatólico aparece cada vez más claramente como una herencia esquemática del pasado. Se reabren espacios concretos que abrieron paso al avance de la modernidad. Y eso lleva a la urgencia de volver a abrazar el amplio abanico de manifestaciones históricas del catolicismo tradicional en toda su extensión, sin pararse a exacerbar ciertos elementos más clamorosos y discutibles en detrimento de todos los demás.

Si en el centro ya no está la lucha sangrienta contra el enemigo, vuelve a primer plano la globalidad de un universo religioso capaz no solo de inventar armas para acabar con el virus de las herejías y los desvíos de las reglas, sino también de construir en sentido positivo, elaborar nuevos modelos de santidad y perfección, multiplicar los muchos y diversos caminos a través de los cuales la fe podía encarnarse en el tejido de la vida del mundo, entrelazándose con la variedad de condiciones a las que se iba ligando el destino de los hombres. Tanto en el corazón del Viejo Continente, donde el cristianismo había hundido sus raíces, como por los senderos de la primera y grandiosa diseminación misionera, hasta los rincones más remotos del espacio planetario.

Esta implantación global, dinámica, multiforme y potentemente creativa del catolicismo en la primera edad moderna asume todas las particiones de la historia religiosa tradicional. No las anula, sino que las recupera como nudos y momentos diversos en un único cuerpo orgánico inmerso en procesos de transformación que han “reescrito” profundamente el rostro heredado de épocas históricas precedentes. Reformas tardomedievales, humanismo renacentista, reforma católica, concilio de Trento, contrarreforma, Barroco… ya no se ven como movimientos independientes, marcadas por unicidades exclusivas. Se muestran, en cambio, las declinaciones mutables de una única mente religiosa que traspasa las líneas de frontera entre opciones y orientaciones abiertas a distintos resultados. Y estos vuelven a conectarse en el flujo de una continuidad fundada en raíces comunes, animada por la fuerza inclusiva de un catolicismo que recorre como un río subterráneo las complejas ondulaciones generadas por el diálogo entre sacralidad cristiana y vida del hombre de la primera edad moderna.

Fue mérito, en primer lugar, del historiados jesuita norteamericano John W. O’Malley recuperar el fundamento unitario del primer catolicismo moderno. Gracias a sus fecundas investigaciones, mostró la persistencia de las corrientes más robustas de la creatividad religiosa de este catolicismo antes descuidado, su camaleónica capacidad de adaptarse a lenguajes, situaciones y necesidades continuamente remodeladas, insistiendo en la necesidad de señalar la síntesis de esa multiplicidad. La unidad del sustrato compartido era la unidad de las fuentes a las que cada uno podía acudir. Seguían siendo comunes las líneas doctrinales de fondo en las que se aceptaba incardinarse. La larga duración de esta simbiosis entre los diversos rostros de un único patrimonio de la civilización cristiana resultó vital al menos hasta la crisis de conciencia europea que fue madurando a partir del siglo XVIII.

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