Caterina y la amistad cívica

Mundo · Angelo Scola
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29 enero 2014
A finales de los años 50 iba al instituto vestido de traje y corbata, hoy mi sobrino va en vaqueros y con zapatos de diario. Mi padre, superada la treintena (y llevaba ya trabajando más de veinte años), pidió la mano de mi madre a sugerencia de un viejo amigo de las dos familias; y el matrimonio dio lugar felizmente a más de cincuenta años de vida juntos, en lo bueno y en lo malo.

A finales de los años 50 iba al instituto vestido de traje y corbata, hoy mi sobrino va en vaqueros y con zapatos de diario. Mi padre, superada la treintena (y llevaba ya trabajando más de veinte años), pidió la mano de mi madre a sugerencia de un viejo amigo de las dos familias; y el matrimonio dio lugar felizmente a más de cincuenta años de vida juntos, en lo bueno y en lo malo. Hoy los jóvenes comienzan, consuman y concluyen las “historias” –como las llaman ellos– explorando cada vez más precozmente el campo de los afectos y de la sexualidad, sin que los adultos lleguen casi a darse cuenta… A esto cada uno de nosotros podría añadir infinidad de ejemplos para documentar el vertiginoso cambio de costumbres que se ha porducido en el transcurso de un par de generaciones.

Las costumbres identifican la conducta cotidiana de un pueblo o de una comunidad de personas. Por tanto, no sólo su mentalidad dominante sino los comportamientos habituales, universalmente aceptados, que se han convertido por así decir en “normales”. De hecho, expresan el estilo de vida de una sociedad y, en consecuencia, su grado de civilización. Tienen que ver con el “ethos” de un pueblo ligado a virtudes y tradiciones. De por sí, no se puede decir si era mejor antes o es mejor ahora. Sucede. Un cambio de costumbres no coincide, automáticamente, con una corrupción de las costumbres. Además, en ciertos momentos, como el actual de “mestizaje de civilizaciones”, la historia sufre bruscas aceleraciones que imponen mutaciones. Y la historia no está a merced de un Azar anónimo y caprichoso, sino apoyada en un Padre que nos ama y acompaña. Por ello nos ponemos ante lo que sucede con una suerte de simpatía previa, sin confundir el bien con el mal, pero siempre siguiendo las huellas del bien que inexorablemente todo hombre anhela. Una posición que nunca nos deja tranquilos y cómodos en lo ya sabido, sino que abre continuamente las preguntas e indica urgencias ineludibles.

¿Qué tipo de preguntas abiertas y urgencias inaplazables nos indica el “caso Caterina”, la joven de 25 años, estudiante de veterinaria en Bolonia, vegetariana y ecologista convencida, afectada por una serie de enfermedades genéticas raras que está viva gracias al trabajo de los médicos y a los progresos de la investigación científica? El haber dado a conocer su propia experiencia y su defensa apasionada de la experimentación, incluso animal, que hasta ahora le ha salvado la vida ha sido suficiente para desencadenar en internet un acalorado debate, en tonos ásperos y violentos, llegando incluso a los insultos más duros: «Me dicen: “Mejor diez ratoncitos vivos que tú viva”; pero yo espero haber dejado claro que quiero vivir» (Caterina Simonsen).

Antes de cualquier otra consideración sobre la legitimidad y los límites de la experimentación con animales en el campo de la investigación científica, ¿qué nos dice esta reducción de internet a un ring en el que asistimos a un feroz combate de boxeo entre opiniones, en vez de vivir un intercambio entre personas?

Nos indica la urgencia de que se convierta en costumbre una virtud que ya recomendaba Aristóteles: la amistad cívica. ¿Y en qué consiste? En escuchar la experiencia del otro, mediante una continua y apasionada comunicación recíproca. No me canso de repetir que, sobre todo en una sociedad plural y por tanto tendencialmente conflictiva como la nuestra, estamos llamados a relatarnos, mediante una humilde y paciente auto-exposición para reconocernos y encontrarnos. Ya decía Hegel que la espera fundamental de un hombre consiste en tener algún valor para alguien. Y el Papa Francisco no pierde ocasión para reclamar la necesidad de una cultura del encuentro, en lugar del desencuentro o el descarte. El “caso Caterina” pide con fuerza amistad cívica como tejido para nuestra convivencia social.

¿Cómo nace la amistad cívica, qué es lo que la genera? ¿Cómo nutre la convivencia humana? La pregunta aflora continuamente, sobre todo ante situaciones de especial sufrimiento e incapacidad, ante todas las fragilidades de la condición humana.

Además, frente a los agudos problemas ligados a la teoría de la evolución en las formulaciones biológicas más avanzadas, como las insistentes reivindicaciones del “cerebro ético” por parte de las neurociencias, ¿es posible, sin amistad cívica, afrontar y alcanzar un acuerdo entre todos los sujetos implicados? ¿Y hacerlo sin falsificar la existencia de una dimensión espiritual constitutiva de la persona, esa irreductible “proyección” que las civilizaciones de todos los tiempos y latitudes documentan de manera imponente?

«No obstante –escribió Karol Wojtyla en Persona y acción –, existe algo que se puede llamar experiencia del hombre». Ignorarla hasta negarla impide la construcción de la vida buena.

Para que la amistad cívica llegue a convertirse en costumbre hay que responder a la pregunta ineludible: ¿quién quiere ser el hombre de hoy, el del inicio del tercer milenio? ¿Un yo-en-relación, que reconoce y cultiva hasta el fondo sus propias relaciones constitutivas (con Dios, con el prójimo y consigo mismo), o un individuo autónomo y autorreferencial hasta el narcisismo, mero producto del propio experimento?

Publicado en Il Sole 24ore (pincha aquí para leer el artículo original en italiano)

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