Cataluña y su decadencia post-electoral

España · Francisco Pou
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16 enero 2018
La semana pasada el CIS informaba de que el asunto de la independencia de Cataluña, de ser un “problema principal” para el 24,6% de los españoles hace un mes, había pasado al 16,7% en sólo un mes. Es un pase a segundo plano que se produce a gran velocidad, lejos del ritmo de años que llevan las crónicas de las decadencias en las personas y en las sociedades. ¿Ha decaído el “procés”?

La semana pasada el CIS informaba de que el asunto de la independencia de Cataluña, de ser un “problema principal” para el 24,6% de los españoles hace un mes, había pasado al 16,7% en sólo un mes. Es un pase a segundo plano que se produce a gran velocidad, lejos del ritmo de años que llevan las crónicas de las decadencias en las personas y en las sociedades. ¿Ha decaído el “procés”?

El 47% de los votantes en las últimas elecciones autonómicas lo hicieron a partidos netamente independentistas. Una cifra por debajo del 50 que se mantiene tercamente sin dar ya más de sí a pesar de décadas de intenso riego ideológico mediático y “happenings” de costosa liturgia. ¿Qué ocurre?

Parece que la sensación de “ahora o nunca” jamás había sido tan favorable para la causa de la nueva república. Un cesado presidente de la Generalitat, que mantiene su pretensión de seguir siéndolo en el exilio, es un símbolo martirológico perfecto en unas elecciones. Tener a líderes como Oriol Junqueras en prisión, sin juzgar ahora los hechos que le han llevado a ello, es también un relato de sabor a Mandela que parecía que debería haber hecho más fácil in extremis el sprint republicano separatista. No fue así. De hecho, si los partidos independentistas van a tener el protagonismo del poder político, aunque sea por los pelos, se lo deben a un “nuevo” padre de la patria, D´Hont, cuya ley electoral aplicada da mucho más valor al voto rural, fuertemente subvencionado (y que es independentista) que al urbanita (españolista o europeísta).

El dinero es el dinero, otra vez

La decadencia no ha llegado todavía a la masa que vota, pero sí a la clase política que huye. No es sólo que la amenaza de la cárcel sea meridiana. Es que también está el tema del dinero. Ocurre en muchas crónicas de la decadencia: el colapso viene precedido del bloqueo de “modus vivendi”. El nacionalismo en Cataluña sigue siendo, indudablemente, una forma de ganarse la vida con la causa. No es sólo la lupa del artículo 155 de la Constitución ahora con las lluvias de subvenciones. Es que incluso para constituir esta semana el Parlament es preciso que dimitan quienes no van a poder ejercer el escaño (mejor están en Bruselas…) y eso supone prescindir de una nómina de diputado que, en algunos casos, es la única forma posible que tienen algunos de ganarse la vida. Especialmente ahora que las asociaciones independentistas están pasando una temporada de secano dinerario.

Artur Mas dimitía la semana pasada en el PDeCat, la antigua Convergencia. Esta semana quizá nos explicamos más el porqué: la sentencia sobre el caso Palau hace formalmente pasar la “leyenda del 3%” del pretendido estado de mito urbano universal a vera aserción judicial sobre las mordidas corruptas en Cataluña. Mas se desentiende ahora aduciendo que eso “era otro partido político” desaparecido. Pero en el proceso, con duras penas de cárcel y pagos millonarios, queda Artur Mas retratado como el “factótum” de la tesorería de Convergencia.

¿Una campaña electoral con facturas pendientes?

La corrupción es, sin duda, una lacra que pasa factura al “procés”, pero no ante el fanático, que sigue viendo solo una causa de hombres no solo buenos, sino inmaculados. También es una lacra que ha llevado al PPC prácticamente a desaparecer del primer plano político en Cataluña. ¿Una campaña torpe la del PP? Probablemente sí. La imagen de los torpes porrazos policiales por los pueblos no ha contribuido. La corrupción en las cuentas del PP y un mensaje hueco (“España es la solución”) tampoco. Por eso estamos en un cuadro de decadencia en el que el panorama cambia rápido. Lo que todavía no se adivina en el horizonte es la propuesta nueva, la ilusión que mueva, la solución. Pero, como ocurre tras una decadencia, llegará un desenlace. Y ojalá llegue cuanto antes. El tedio aburrido de una sociedad semiparalizada por su división en dos está llegando al hartazgo y Ciutadans, un partido aún sin estreno gubernamental, lo ha sabido recoger a espuertas hasta convertirse en la opción más votada en Cataluña. Lo de “mejor lo malo conocido” suele ser una mala razón.

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