Editorial

Cataluña: no la mayoría sino la caridad

Editorial · Fernando de Haro
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12 septiembre 2015
La democracia no se fundamenta en el principio de la mayoría sino en la experiencia de la caridad. Sustitúyase la palabra caridad por cualquiera de las fórmulas generadas oportunamente por la secularización: solidaridad, estima por el otro, tutela de los derechos fundamentales… El debate sobre la posible secesión de Cataluña es un buen caso práctico para ilustrarlo.

La democracia no se fundamenta en el principio de la mayoría sino en la experiencia de la caridad. Sustitúyase la palabra caridad por cualquiera de las fórmulas generadas oportunamente por la secularización: solidaridad, estima por el otro, tutela de los derechos fundamentales… El debate sobre la posible secesión de Cataluña es un buen caso práctico para ilustrarlo.

A unos pocos metros del Congreso de los Diputados (sede de la soberanía nacional española), en la Plaza Mayor de Madrid, viven desde hace meses unos mendigos. Se visten y se alimentan gracias a la asistencia de algunos voluntarios. El Congreso no se mantendría en pie sin lo que sucede en la Plaza Mayor. Sin igualdad o sin el compromiso de la sociedad civil el Estado del Bienestar, y con él la democracia, se vendría abajo. Pero ahora estamos hablando de otra cosa: de la inexcusable experiencia de la dignidad que provoca ser afirmado y afirmar al otro y sin la que no hay democracia fuerte. Los mendigos y los voluntarios tienen esa experiencia que tanta falta nos hace. “La democracia moderna no se fundamenta en la voluntad popular, sino en los derechos razonables de la dignidad humana”, ha escrito recientemente Ruiz Soroa.

Los partidarios de la independencia de Cataluña argumentan que les asiste el derecho a la autodeterminación y que son mayoría. Ya veremos lo que sucede en las elecciones del próximo 27 de septiembre. Las encuestas pronostican una mayoría, con uno o dos diputados de ventaja, favorable a la secesión. Los sondeos también anuncian una mayoría de votos contraria a la independencia. Estamos ante una sociedad partida por la mitad, con una ligera ventaja de los catalanes que quieren ser también españoles.

Es evidente que unas elecciones autonómicas no son el procedimiento adecuado para proclamar la independencia. Y está también bastante claro que no existe el derecho natural a la segregación. El derecho natural se ha inflado siempre para justificar ciertas necesidades históricas. Es lógico que con la descolonización se hablara del derecho a la autodeterminación. Pero los textos emanados de Naciones Unidas no tutelan ya esa pretensión (última Declaración de los pueblos indígenas de 2007).

Sin embargo hemos llegado a un punto en el que es inútil tirarse el derecho internacional a la cabeza. Más decisivo y urgente parece comprender qué puede mantener en pie nuestra convivencia.

Cierta tradición liberal identifica la democracia con la voluntad popular. Y define la voluntad popular como el querer de la mitad más uno de los ciudadanos expresada en las urnas. Democracia es elección, sufragio y, llegado el caso, revolución. Es una concepción influida por la exaltación de la voluntad que se produjo en Occidente desde el final de la Edad Media. Pero en sociedades cada vez más complejas, plurales y globalizadas se ha hecho difícil de sostener. De hecho, a lo largo del siglo XX, el constitucionalismo ha ido generado democracias más complejas. No se trata de cuestionar la voluntad popular sino de reconocer que se expresa de muchas maneras. Los sistemas constitucionales han ido complementando la virtualidad de la mayoría. Prueba de ello es el esfuerzo hecho para dar efectiva tutela de los derechos fundamentales (incluso frente a ciertas votaciones), para valorar la vida de las instituciones, para buscar consensos o para proteger la objeción de conciencia.

Esto no es algo nuevo. La revolución liberal estadounidense se hizo así. No se promulgó la Constitución de 1787 sin haberla ratificado antes en todos los estados. Y cuando se lee El Federalista, el diario de los padres constituyentes estadounidenses, se constata su obsesión no por conseguir la unanimidad pero sí por acercarse a ella. Solo las democracias inmaduras utilizan la mayoría como un arma arrojadiza y fomentan una polarización que crece en espiral. Es una dinámica que genera una violencia difícil de disolver.

Hay un texto en el que se explica bien que la democracia va más allá. Es el dictamen consultivo que hizo público el Tribunal Supremo de Canadá, en 1988, cuando se pronunció sobre el valor del referéndum secesionista celebrado en Quebec. Dicen los jueces que el argumento en favor de superar lo establecido en la Constitución es “persuasivo” porque apela a la mayoría. “Sin embargo –aseguran los togados canadienses– un análisis más profundo revela que ese argumento malinterpreta la democracia constitucional. Los canadienses nunca hemos aceptado que el nuestro es un sistema simple de regla mayoritaria, sino que es mucho más rico”.

¿Qué significa que la democracia es mucho más rica? En el caso de la secesión, según los jueces canadienses, supone exigir una voluntad clara y cualitativamente indiscutible de independencia. Sobre eso habrá mucho que discutir. El espíritu de la democracia es rico no solo porque exija mayorías reforzadas. Lo es porque se alimenta de la afirmación del hombre, de la conciencia de que el otro –piense como piense– es imprescindible para mi desarrollo personal. La democracia es rica cuando no solo tolera sino cuando acoge al otro en sus valores y en su libertad. Lo que importa no es cuánta ideología se comparte sino el reconocimiento del deseo humano (felicidad, justicia, sentido) compartido. Regla que sirve para los que quieren una Cataluña independiente y para los que afirman una Cataluña española.  

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