Editorial

Cataluña, hora de reconstruir

Editorial · Fernando de Haro
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1 octubre 2017
El 1 de octubre, día fijado para la celebración de un referéndum de autodeterminación de Cataluña no permitido por el Tribunal Constitucional, es ya un día muy triste para la reciente historia de España. Ha sido un día en el que las autoridades han vulnerado la ley, un día de violencia, y un día en que la dialéctica amigo-enemigo ha alcanzado unos niveles que en pocas ocasiones se habían visto desde la recuperación de la democracia. La fractura social, ya muy honda, se ha agravado.

El 1 de octubre, día fijado para la celebración de un referéndum de autodeterminación de Cataluña no permitido por el Tribunal Constitucional, es ya un día muy triste para la reciente historia de España. Ha sido un día en el que las autoridades han vulnerado la ley, un día de violencia, y un día en que la dialéctica amigo-enemigo ha alcanzado unos niveles que en pocas ocasiones se habían visto desde la recuperación de la democracia. La fractura social, ya muy honda, se ha agravado.

Aunque en estos momentos reine la confusión, al menos algunos hechos parecen firmes. Un Gobierno autonómico legítimamente constituido ha ido más allá de lo que era jurídicamente y políticamente razonable en su plan de celebrar una consulta que estaba vetada. Para no obedecer las decisiones de los jueces, que habían ordenado incautar el material electoral y cerrar los colegios, se han realizado ocupaciones, actos de resistencia a la autoridad favorecidos por el mismo Gobierno y se ha mantenido una consulta sin garantía alguna que no puede ser llamada con seriedad referéndum. La policía autonómica ha desobedecido a los jueces. Y la Policía Nacional y la Guardia Civil, las policías de todo el Estado, han actuado en sustitución de la policía autonómica en unas condiciones en las que ni podían conseguir lo que habían establecido los tribunales –la clausura de todos los colegios electores– ni podían evitar el uso de la fuerza. Un uso de la fuerza que, en este caso, para muchos ha sido una pérdida de legitimidad del Estado.

Todavía habrá quien se sienta orgulloso de lo ocurrido. Pero sea cual sea la pertenencia ideológica, al menos se puede concordar en que la experiencia que estamos teniendo es negativa, por lo menos traumática y poco deseable.

No sabemos lo que puede suceder en las próximas horas. Lancemos una provocación, al menos para recuperar un poco de aire en medio de un ambiente que a todos se nos ha vuelto asfixiante. ¿Y si toda esta grave crisis que se vive en Cataluña y en el resto de España fuera una oportunidad?

Lo sucedido parece una invitación a ser algo menos pretenciosos. Porque el resultado, se mire desde donde se mire, es desastroso. Nosotros, todos, que creíamos que sabíamos qué es la democracia –la mayoría nacimos con ella, la llevamos en nuestro ADN– de pronto nos hemos dado cuenta de nuestra pobreza cívica. Creímos que la democracia consistía en que el Estado nos garantizara la condición de ciudadanos libres e iguales y que eso era suficiente. Creímos que bastaba con tener un buen proyecto para el mañana, un buen credo, un buen sueño o un buen diseño ideológico con el que dar forma a la realidad para construir un país más humano, un país que nos diera un poco más de felicidad. Y, seamos sinceros, nos hemos encontrado con una tierra devastada entre las manos. Estos días quizás hayan servido para darnos cuenta de lo malo que es identificar la vida con las urgencias de una determina forma de hacer política. O para comprender que la democracia basada solo en la afirmación de la ley, y la tutela de los derechos –también de los derechos de soberanía– levanta grandes barreras frente a los otros. Y –esto exige un poco más agudeza, pero no es imposible– para entender que las certezas cívicas que creíamos muy sólidas en realidad a veces son raquíticas porque no están entrenadas, no están dialogadas, no están verificadas. Son piedad de sacristía.

En medio de tanto ruido, y de tanta exaltación ideológica –de la que hemos sido cómplices– hemos intuido que democracia no puede ser dejar de hablar con el vecino o el compañero de trabajo, exhibir banderas como quien cava zanjas. A lo mejor hemos incluso hasta vislumbrado que la mayor tentación para un demócrata es sostener como único criterio el triunfo de su modo de concebir el mundo y el país.

Y esas intuiciones de que algo no va bien (no solo porque haya o no haya referéndum de independencia) son sin duda una oportunidad. Porque nos acercan, aunque sea por defecto, a la verdadera esencia de la democracia. No hay democracia real si no hay una convivencia en la que se pueda afirmar a las personas. Y habrá quien al escuchar algo así tuerza el morro y encuentre la ocasión para descargar todo su escepticismo. Pero, después de estas y otras experiencias, sabemos bien las consecuencias que tienen una democracia formal y una tolerancia reducida a indiferencia violenta. Los líderes sociales y políticos exiliados durante la República y los que se quedaron en la España con Franco fueron conscientes de sus errores y buscaron esta afirmación del otro como base de la transición y de la Constitución del 78. No se puede construir la convivencia solo con verdades históricas o jurídicas esculpidas en piedra. No hay campo donde sea tan evidente que la verdad es relación y que pasa a través de la libertad como en el campo político y social.

El desafío del desencuentro es tan rotundo que puede ser una oportunidad para potenciar y valorar los puntos de encuentro que ya existen y para desarrollar otros nuevos.

Nos esperan días inciertos. Es muy conveniente que el conflicto se solucione en el marco de la Constitución. Y es conveniente, especialmente, que nos encontremos no en los ruidosos y frustrantes debates ideológicos, ni en proyectos fuera de la realidad, sino en ese presente en el que el arado entra en la tierra y la transforma, obedeciendo al deseo concretísimo de conseguir una vida más humana.

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