Cataluña: habrá que negociar

España · Fernando de Haro
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22 diciembre 2017
En Cataluña ha ganado el independentismo, no cualquier independentismo, el más radical. El de Carles Puigdemont, el del expresidente de la Generalitat que está fugado de la justicia en Bruselas. El escenario va a ser muy complicado porque el apoyo social del secesionismo unilateral sigue intacto. El independentismo ha ganado, porque suma mayoría absoluta. Lo que cuenta es la suma. La fuerza más votada ha sido Ciudadanos, por primera vez se hace con la victoria en votos y en escaños una fuerza claramente antinacionalista. Los constitucionalistas, contarios a la secesión, suman más votos. Pero todo eso cuenta poco. Cataluña sigue estando dividida por mitad y la ley electoral favorece en escaños al independentismo. Es el premio al voto rural.

En Cataluña ha ganado el independentismo, no cualquier independentismo, el más radical. El de Carles Puigdemont, el del expresidente de la Generalitat que está fugado de la justicia en Bruselas. El escenario va a ser muy complicado porque el apoyo social del secesionismo unilateral sigue intacto. El independentismo ha ganado, porque suma mayoría absoluta. Lo que cuenta es la suma. La fuerza más votada ha sido Ciudadanos, por primera vez se hace con la victoria en votos y en escaños una fuerza claramente antinacionalista. Los constitucionalistas, contarios a la secesión, suman más votos. Pero todo eso cuenta poco. Cataluña sigue estando dividida por mitad y la ley electoral favorece en escaños al independentismo. Es el premio al voto rural.

El independentismo ha perdido menos de un punto porcentual en votos y solo dos diputados respecto a las elecciones de 2015. La lectura es fácil: la burbuja ideológica no se pincha. No se ha vuelto, como algunos dicen, a la casilla de salida. Hace dos años el independentismo todavía tenía un proyecto no estrenado que vender. En estas elecciones el producto electoral del secesionismo era, en principio, sinónimo de la frustración: rechazado por la Unión Europea, por el resto de la comunidad internacional, asociado a la fuga de empresas, al empobrecimiento. Pero ese producto, a pesar del empeño de la realidad por desprestigiarlo, ha sido apoyado por los mismos que lo apoyaron hace 24 meses. No hay desgaste. El resultado, de hecho, se parece mucho al que han arrojado todas las elecciones en Cataluña desde hace quince años. Está claro que media Cataluña no cree estar en un fondo de saco y, con eso, habrá que contar.

Lo normal es que el independentismo, después de esta victoria, se sentara a negociar desde una posición de fuerza. Eso sería normal si estuviéramos hablando de política. La independencia unilateral no es posible, pero con un apoyo intacto, a pesar de todo lo que ha llovido, el secesionismo podría obtener muchas concesiones: fiscalidad, federalismo asimétrico, reforma constitucional y un largo etcétera. Pero esto no va de política, esto va de ideología. Si ERC hubiera sido la fuerza secesionista más votada todavía se podría hablar de un posible compromiso. Pero al ser la lista de Puigdemont la más votada las cosas se complican mucho más. Porque Puidgdemont encarna la utopía, la negativa a aceptar la realidad, el desafío a la justicia y al Estado de Derecho sin compromiso posible. Habiendo quedado por delante de ERC, revindicará ser investido como presidente. Y al Gobierno le quedará poco margen de maniobra. Porque volverá a España y los jueces ordenarán su detención. Lo primero que dijo anoche Puigdemont es que el Estado había sido derrotado.

Sabíamos que la suspensión del gobierno autónomo no era suficiente. Que no era suficiente una intervención gubernativa, ni la aplicación de la ley. Ahora ya ha quedado notablemente claro que es necesario algo más para desbloquear la situación. Después de este resultado el Gobierno de Rajoy tendrá menos apoyo de Europa y está obligado a encontrar soluciones imaginativas, reconociendo su debilidad. Por el bien de la sociedad catalana, para que el muro entre los catalanes no se perpetué.

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