Cataluña, con todos

España · P.D.
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10 enero 2016
El órdago al Estado es histórico. El nuevo presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, ha convertido una declaración secesionista anulada por el Tribunal Constitucional en programa de gobierno. Puigdemont ha sido investido en un pleno celebrado a pocas horas de que expirara el plazo para nuevas elecciones, tras un pacto entre fuerzas en principio antagónicas y después de tres meses de escenificaciones que han producido un hartazgo incalificable. El propio Mas anunció que el acuerdo entre la CUP y JXSi supone “corregir” “aquello que las urnas no nos dieron”. Órdago a la Constitución, fraude reconocido de la voluntad popular.

El órdago al Estado es histórico. El nuevo presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, ha convertido una declaración secesionista anulada por el Tribunal Constitucional en programa de gobierno. Puigdemont ha sido investido en un pleno celebrado a pocas horas de que expirara el plazo para nuevas elecciones, tras un pacto entre fuerzas en principio antagónicas y después de tres meses de escenificaciones que han producido un hartazgo incalificable. El propio Mas anunció que el acuerdo entre la CUP y JXSi supone “corregir” “aquello que las urnas no nos dieron”. Órdago a la Constitución, fraude reconocido de la voluntad popular.

Los mecanismos del Estado de Derecho, aun con un Gobierno en funciones, permiten paralizar a corto plazo los pasos que se vayan dando para hacer efectiva la independencia. Pero la gravedad del momento hace más conveniente que nunca el improbable “Gobierno constitucional” que sume, del modo que pueda ser más conveniente, al PP, al PSOE y a Ciudadanos. Para ello es necesario que el PSOE renuncie a gobernar con el apoyo de Podemos. El PSOE solo podría llegar a la Moncloa a cambio de permitir la independencia de Cataluña. Porque no habrá apoyo de Podemos ni de ERC ni del PNV a la investidura de Pedro Sánchez (apoyos que necesita) sin que los socialistas consientan de algún modo con la secesión.

¿Y mientras se ponen en marcha los últimos mecanismos del Estado de Derecho para frenar la independencia y mientras esperamos que impere el sentido común entre las fuerzas constitucionales no nos queda a nosotros, ciudadanos de a pie, otra cosa que subir nuestra preocupación hasta un nivel superlativo?

Este domingo La Vanguardia publicaba un interesante editorial. Interesante porque venía de campo catalanista, de la intelligentsia nacionalista. El periódico recordaba que el secesionismo tenía “solo” el 47,8 por ciento del apoyo en las urnas y que para el resto de los catalanes “tirar adelante el país” no es embarcarse en un proyecto “ajeno a la ley”, “tortuoso e incierto” que asocia “a los discrepantes con el mal” sino “atender a las necesidades del conjunto de la población, cohesionarla más que dividirla y pertrecharla para afrontar el futuro con instrumentos de progreso y no con ilusiones”. Plenamente suscribible. La tarea de la cohesión y la utilización de instrumentos de progreso real y no utópico no es ni mucho menos algo exclusivo de los poderes públicos. Cataluña, dentro de la ley, con todos. También con los que la quieren independiente, pero son conscientes de que este no es modo ni manera de hacer país. Es el momento de descubrir la cohesión que existe y que cierta partitocracia nos ha querido robar.

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