Cartas a Dios

Cultura · Juan Orellana
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14 abril 2011
Después de Vivir para siempre, llega otra cinta que también trata sobre un niño aquejado de un cáncer terminal, pero en este caso, y a diferencia de la primera, con una desinhibida aproximación al sentido de la vida y al misterio de la muerte. Oscar está ingresado en un hospital junto a otros niños gravemente enfermos. Le queda muy poco tiempo de vida y sus padres han sucumbido a la desesperanza. Pero va a ser Rose, una vendedora de pizzas, la que logre empatizar con el niño, acompañarle en su tránsito y, sobre todo, descubrirle el rostro de Dios. El corazón de Oscar cambiará, y él transformará a su vez a el corazón de los de su alrededor, especialmente de sus padres y de la propia Rose.

Lo primero que hay que advertir es que esta película de Eric-Emmabuel Schmitt es distinta de la homónima del protestante australiano David Nixon (Prueba de fuego), que además tiene un argumento similar. El director Eric-Emmabuel Schmitt es un converso, dramaturgo y novelista francés (El señor Ibrahim y las flores del Corán), que ahora afronta su segundo largometraje adaptando su propia novela Oscar y la Dama de Ros. Michéle Laroque, Max Von Sydow, Myléne Demoneot y Amira Casar componen el original y eficaz reparto de esta emotiva cinta.

El film tiene un formato algo caleidoscópico, con recursos al onirismo y al realismo mágico, lo cual es habitual en las películas que adoptan el punto de vista de un niño. Es precisamente el recurso imaginativo al mundo de la lucha libre el punto narrativamente más débil del film; podríamos decir que esos momentos sobran. Quitando ese pequeño defecto, hay que decir que la cinta mira de frente la cuestión dramática de un niño que va a morir, y lo hace desde las certezas cristianas, presentadas con imbatibilidad, del personaje de Rose. Rose no es precisamente una mujer ejemplar, más bien al contrario, es una mujer agria, malhablada e intratable, pero la dureza de la vida le ha llenado de certezas sobre Dios, y el sentido del sufrimiento. Una película simpática, divertida, y a la vez muy conmovedora y sobre todo muy verdadera.

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