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Carta española

Editorial · P. D.
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16 septiembre 2013
Imposible en España. Es la primera reacción que han tenido muchos al tener noticia del diálogo que el no creyente  Scalfari,  director la Reppublica, el  periódico hermano de El País, ha mantenido  con Francisco. Y sin embargo en www.paginasdigital.es el director de opinión de El Mundo, Pedro Cuartango, ha aceptado la invitación que le hemos lanzado. Tras leer la carta del Papa ha respondido en un artículo que publicamos la semana pasada en el que saluda la iniciativa y asegura que “estamos unidos en la búsqueda del absoluto”.

¿La respuesta de Cuartango es un gesto excepcional?  Sería una tragedia porque Francisco deja claro que  “el diálogo es indispensable”. La falta de una conversación sobre la fe en nuestro país es una expresión de lo que Ignacio Carbajosa denominaba,  la semana pasada, en el diario ABC, “autocensura española”. “Por una especie de ley no escrita podemos hablar de lo que es “natural”, siempre y cuando lo natural no llegue a una pregunta religiosa, terriblemente embarazosa en una conversación que se salga del ámbito de lo privado”, señalaba el profesor de San Dámaso.

Esta anomalía tiene razones históricas. España ha vivido durante el siglo XX una guerra de religión semejante a las guerras que sufrió Europa  durante el XVI y el  XVII. Como bien recuerda Borghesi  en Critica della teología política(Marietti, 2013),  aquellos enfrentamientos entre católicos y protestantes provocaron una privatización del hecho religioso con el propósito de  garantizar la paz. Una parte de la Ilustración se hizo deísta y atea para evitar enfrentamientos. La “incomunicabilidad”, de la que habla Francisco, se prolonga  y alcanza hasta comienzos del pasado siglo a creyentes y no creyentes. Pero después,  las dos guerras mundiales ponen en crisis la suficiencia de la Ilustración atea (modernidad reflexiva la llama Habermas), lo que unido a  la participación leal y decisiva de los católicos en la reconstrucción europea  permite derribar los muros a finales del XX.

En España no sucede así. La sombra del enfrentamiento entre una  revolución entendida como religión y una religión que acepta  el auxilio de las armas se prolonga hasta nuestros días. Durante la transición a la democracia  se asume por casi todos el consejo de Hobbes: la estabilidad del Estado es tanto más grande cuando la fe se convierte en fe privada.

¿Qué puede cambiar esta situación? En lo que respecta a la Iglesia, lo dice claro Cuartango: “Lo esencial es aceptar que somos libres y responsables de nuestros actos. Sólo a partir de la aceptación de este postulado la Iglesia puede abrirse al mundo”. La libertad como criterio, como condición indispensable de la verdad.

El dramático siglo XIX provocó que a los católicos españoles les costara  más trabajo que a otros dejar de  soñar con una hegemonía política, cultural o moral y  reconocer que la única dinámica útil es la del  testimonio. Y el asunto no está aún resuelto.

Por eso se puede decir que la carta a Scalfari no es una misiva a los ateos sino una carta a los españoles. Hay dos pasajes que nos convienen especialmente. Uno en el  que el Papa explica que el trabajo en la sociedad civil  “no significa fuga del mundo ni búsqueda de hegemonía alguna, sino servicio al hombre, al hombre todo y a todos los hombres, a partir de la periferia de la historia”. El segundo es todo el relato en el que Papa explica qué itinerario personal ha hecho para afirmar que Jesús es Hijo de Dios. La libertad de la que habla Cuartango no es sólo una condición política y social sino la forma que tiene la relación entre cualquier hombre con ese otro Hombre llamado Jesús de Nazaret. Es una libertad que  usa la razón y que se sorprende ante la autoridad humana del Galilelo -´Quién es éste que…?”. Una libertad que con la razón va más allá de la razón,  porque  ha tenido “un encuentro personal, que ha tocado mi corazón y ha dado un rumbo y un  sentido nuevo a mi existencia”. Indicación preciosa que señala que si el creyente no está siendo él mismo seducido por un testimonio de divinidad presente y contemporáneo,  el testimonio se reduce a ética. Pierde lo propio del cristianismo.

Sólo una experiencia que confía plena y exclusivamente en la libertad, en  la libertad propia para comprobar que la fe es razonable y útil, y en la libertad del otro, puede estar en el mundo amigablemente,  en diálogo con todos. Cumpliendo  lo que decía San Atanasio: “la característica de una religión no es la imposición sino la persuasión”.

`Autocensura española`, por Ignacio Carbajosa
´Unidos en la búsqueda del infinito´, por Pedro G. Cuartango
Carta del Papa Francisco

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