Carta a David Sassoli, presidente del Parlamento europeo

Mundo · Ángel Satué
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23 diciembre 2020
Querido presidente, me dirijo a usted para felicitarle estas fiestas de Navidad, y desearle un próspero Año Nuevo 2021. Sus aciertos serán para bien de todos los europeos, que estamos representados en el Parlamento que preside. Además, quiero aprovechar esta ocasión para contrastar con usted, según tengo entendido discípulo de Giorgo La Pira, unas cuestiones en torno a estas fechas de Navidad que me interpelan como católico.

Querido presidente, me dirijo a usted para felicitarle estas fiestas de Navidad, y desearle un próspero Año Nuevo 2021. Sus aciertos serán para bien de todos los europeos, que estamos representados en el Parlamento que preside.

Además, quiero aprovechar esta ocasión para contrastar con usted, según tengo entendido discípulo de Giorgo La Pira, unas cuestiones en torno a estas fechas de Navidad que me interpelan como católico.

Se trata de la manera de felicitar estas fiestas, cuando se felicitan por los organismos europeos e internacionales, simplemente diciendo las vacaciones, el invierno… y el hecho, por ejemplo, de que el propio Parlamento europeo evite poner un belén en estas fechas tan especiales para los cristianos, y en realidad para todos los hombres y mujeres de buena voluntad de este mundo.

Entiendo que pueda verse como una imposición de los cristianos. Como hijos de la Ilustración y de la Revolución Francesa que somos, aún hoy es posible pensar que la religión es al mismo tiempo “algo” de lo mejor que ha dado Occidente al mundo, pero también “algo” de lo peor, por las formas intolerantes en que se ha manifestado la religiosidad y la fe, en particular la cristiana pero evidentemente no solo.

Considero que, como dice Antonio Spadaro, “el gran problema de hoy es que se vive la diversidad siempre en términos de conflicto”. De hecho, en España, el socio comunista de gobierno de nuestro presidente, el señor Iglesias, recientemente ha declarado que “el conflicto es la esencia de la vida democrática”. He de confesarle que, como personalista, pienso que es todo lo contrario, es el encuentro y el consenso lo que mueve el mundo, porque el dinero no lo mueve, es el amor, y este, por desgracia, puede amar lo malo, pero pienso que está llamado a amar lo bueno.

En esta línea, la diversidad de religiones es una policromía, un coro que enriquece a la humanidad entera. O la civilización el encuentro, que pasa inevitablemente por no excluir en fechas tan señaladas los símbolos que han construido y animan aún la identidad, el corazón y las acciones de caridad de cientos de millones de europeos, o bien al contrario, la incivilización del desencuentro (Francisco, en El Cairo, 26 de abril de 2017), porque ¿cree usted que cabe hablar de una comunidad europea, de europeos, que acabe construyéndose contra y no sobre su propio ser? Pienso que el belén o la felicitación es precisamente una base de apoyo, no la única, pero una base sin la cual la comunidad europea de todos los europeos no puede llegar a sostenerse en pie por mucho tiempo, ni resistir los embates ni los soplos de otros, ni construir ni evolucionar pues se evoluciona desde un punto que primero ha de reconocerse.

¿No cree que debemos recuperar la idea de la comunidad, frente al individualismo de unos y el colectivismo y estatalismo de otros? ¿No cree que debe respirar la sociedad entera, integral, de manera armoniosa, cada uno desde donde su vocación le dé a entender?

Recuperemos la idea de comunidad europea como solución al conflicto, como la mejor opción de la convivencia y del consenso, como superación de la hegemonía, como apertura a todo lo que nos une con el vecino, a sus creencias (por diversas que sean), a sus anhelos, tan semejantes los de todos nosotros. En Europa cabemos todos. Y el hecho de que quepamos todos, sin duda alguna, tiene mucho que ver con que cabe hasta el pequeño Niño Jesús, la mula, el buey y los pastores. Es una fiel representación de Europa, del mundo entero, porque cada niño alberga el mundo entero y el futuro entero. El Niño que nace en la noche fría del 24 de diciembre no solo es compatible con la libertad de conciencia y la democracia liberal, es que mucho me temo que es tan frágil como ellas y prohibir uno, tal vez, sea desmantelar lo otro.

He leído que usted participó en una asociación italiana llamada La Rosa Blanca, como aquella de los jóvenes valientes alemanes. ¿Puede una rosa, por ejemplo, de color blanco, seguir siendo rosa aun cuando pierde su aroma y su fragancia? Si Europa fuera esa rosa, ¿tiene que oler a otra cosa que no sea su fragancia?

Aunque sé que este tipo de reflejos de excluir los elementos culturales del cristianismo son solo reflejo de la sociedad en la que vivimos, y que los Parlamentos y sus leyes no son en realidad (y es bueno que sea así) ese “Deus ex machina” que creemos que son, sino reflejo de la sociedad europea, ¿cree usted de verdad que la religión es fuente conflicto? Tal vez sean pequeños gestos los que hagan más que poner un belén en un frío hall de un edificio, tal vez el camino no sea la reivindicación como si fuésemos católicos zombis (según expresión de Emmanuel Todd), para quienes la religión es solo fuente de identidad y valores.

De esto precisamente quería hablar con usted.

Muchas gracias, señor Sassoli.

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