Carrasco o del renacimiento

Editorial · Fernando de Haro
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26 julio 2021
Jesús Carrasco, a comienzos de 2021, publicaba su tercera novela Llévame a casa. Salía a la luz en plena pandemia una obra dedicada a los cuidados, al cuidado de un ser querido cuya memoria recorre caminos cada vez más difíciles hasta terminar de extraviarse.

El hijo que se hace cargo de su madre, que vive en un pueblo, viaja hacía sí mismo mientras la acompaña. Es la historia de un reencuentro en el que se superan las incomprensiones y las frustraciones que había creado una convivencia familiar marcada por las heridas. El cuidado hacia los mayores es en este relato mucho más que el resultado de una fría obligación ética. Es la ocasión que se le ofrece al hijo de recuperar una humanidad que había ido perdiendo color.

Carrasco, que es uno de los mejores escritores en español de las últimas décadas, recrea en sus personajes heridas que todos reconocemos como nuestras. En el encuentro o en el reencuentro de esos personajes con el otro (un cabrero, un hombre sencillo torturado por un sistema totalitario, una madre) se produce un cambio inesperado. En su primer trabajo, Intemperie, el encuentro tiene lugar entre un niño que huye de esa violencia sucia y atroz. El cabrero es la figura de ese padre tan añorado en este comienzo del siglo XXI, ese padre a menudo tan ausente. Es un hombre de pocas palabras, que desafía la libertad del chico, que a través de sus cuidados, de su mirada, de su forma de estar en el mundo, engendra de nuevo a una criatura que había sido deformada. Es en su compañía que el miedo, convertido en su segunda alma, comienza a ser vencido. El niño cambia y se da cuenta de que cambia, se da cuenta de que el padre con el que se ha topado en un golpe de fortuna, le ha hecho vencer el terror que antes le agarrotaba. Escapa de una casa que se ha convertido en un infierno. No tiene un plan ni las armas necesarias para hacer frente a todo el mal que le persigue. Y se topa de forma imprevista a quien le abraza, a quien le da de beber, a quien le cura. Todo esto sucede en paisajes abrasados por el sol, donde la falta de agua es angustiosa. El lector se identifica con facilidad con el niño engendrado de nuevo en medio de un desierto. El cabrero sabe desde el principio cuál es el precio de lo que está haciendo: la propia vida. La entrega consciente de lo que hace. Su cuerpo lacerado por defender al joven muchacho es presentado como un cuerpo parecido al de Cristo. La prosa de Intemperie, con un español riquísimo y dramático, en un mundo inhóspito, detalla la forma de un nuevo nacimiento, de un yo recreado en un tú. Acierta esta historia a describir el gran objeto de nuestra nostalgia en este tiempo.

En la segunda novela, La tierra que pisamos, el encuentro se produce entre la mujer del que fue un cargo importante de un régimen genocida y una de sus víctimas, un hombre que ha conseguido sobrevivir y que ha sido despojado de todo. En este caso, la relación vence la ideología, derriba las mentiras. El mal sigue muy presente. Y Carrasco describe cómo la protagonista, también ella víctima de la violencia y de la guerra (ha perdido a su único hijo) sueña primero con la resurrección y después la rechaza. La rechaza porque le parece una sublimación, porque no es real. En ese no rotundo a una resurrección que no tiene más consistencia que la búsqueda de consuelo, el autor alcanza un dramatismo lleno de provocación y de inteligencia: no sirve, no sirve una respuesta al mal que sea una simple proyección del deseo. Quizás en ese rechazo haya una profecía.

La tierra que pisamos acaba con la añoranza, con la nostalgia desgarrada de una mayor unidad entre los hombres y entre las criaturas. Carrasco sabe descubrir al lector ecos del misterio de su persona que no había escuchado, le ayuda a reconocer las paternidades que le han vuelto a engendrar. Carrasco da voz a ese grito que reclama en nosotros una unidad, una comunión, definitiva. Pero no acepta, afortunadamente, soluciones fáciles, ensoñaciones.

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