Cáritas, la ventaja competitiva para la crisis

España · Fernando de Haro
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22 diciembre 2009
La asistencia social de Cáritas se ha convertido en uno de los barómetros más fiables para conocer la dimensión de la crisis. Junto al paro EPA, la venta de vehículos, el precio de la vivienda y los indicadores de consumo, el número de peticiones atendidas por su extensa red social en España es uno de los indicadores que sirve para medir cómo de severa es la recesión. Las peticiones de caridad (¿podemos recuperar el valor económico de la palabra?) tiene la fuerza de reflejar el "grado de sufrimiento social". Este martes Cáritas ha presentado las conclusiones del IV Informe sobre la Acción Social ante la Crisis, en las que se recogen 800.000 ayudas durante 2009, el doble de las que se realizaron en 2007.

En tres años se ha atendido por necesidades de vivienda y acogida a 1,8 millones de personas. Más de la mitad venían de los servicios sociales,  de las diferentes administraciones. Los responsables de Cáritas se quejan, con razón, de que una organización benéfica como la suya esté rellenando los huecos de un Estado del Bienestar que recauda mucho dinero y que se ha embarcado en proyectos muy ambiciosos sin solucionar, en muchos casos, prestaciones básicas.  

La queja apunta a una de las grandes debilidades culturales que sufre el Tercer Sector, o Sector No Lucrativo, en España. Es una debilidad que, como tantas otras, proviene de una separación entre los hechos y la razón. Es una especie de incapacidad que impide que la gran experiencia de atención social y caridad esté acompañada de una valoración adecuada del trabajo que se realiza. Miles y cientos de miles de voluntarios dedican su tiempo y sus energías a atender a los que tienen más cerca, con una organización en red y con una capilaridad portentosa. Pero todo este dinamismo, toda esta inmensa riqueza, se entiende como una especie de complemento marginal para completar los agujeros que generan el Estado y el mercado. Las energías de los voluntarios se pierden no porque no lleguen a sus destinatarios sino porque no son puestas en valor. Se piensa que el Estado del Bienestar, encarnado en sus diferentes niveles administrativos, es el sujeto que combate la pobreza y logra la adecuada cohesión social. Se aplica un principio de subsidiariedad a la inversa y las organizaciones de la sociedad civil se consideran a sí mismas como las responsables de subsidiar al Estado. Las cifras de Cáritas nos revelan que, de hecho, es a la inversa. Hay una caridad en acto que hace posible la sociedad del bienestar y es el Estado el que tapa algunos agujeros. El discurso social, la razón social, tiene que hacer las cuentas con los hechos.

Pero esta gratuidad en acto que permite atender 800.000 peticiones no es sólo un hecho que invierte el discurso del Estado del Bienestar. Es también seguramente la gran ventaja competitiva de España. La Ley de Economía Sostenible ha suscitado un interesante debate en nuestro país sobre los sectores y las actividades en los que puede apoyarse nuestro futuro. La teoría de la ventaja competitiva la desarrolló el teórico de la estrategia, Michael Porter, en los años 90. Este profesor de la Escuela de Negocios de Harvard primero la aplicó al desarrollo de las empresas y después al desarrollo de los negocios y de los países. Ganas cuando te focalizas en algo en lo que eres bueno, cuando sabes explotar un recurso que otros no tienen.

El desarrollo espectacular de India y China tienen mucho que ver con haber identificado bien su ventaja competitiva. España parece condenada a ofrecer sólo turismo y construcción. En la gratuidad -en la existencia de una vertebración social muy consistente que ya ha desaparecido en muchos otros sitios, en la capacidad para atender las necesidades- hay sin duda un recurso no suficientemente puesto en valor. Esa gratuidad denota una vivacidad social que no es común. La ideología sobre el capitalismo de Max Weber nos ha hecho pensar que el individualismo nos hace más competitivos. La  capacidad de competir depende del conocimiento, de la capacidad de hacer con el otro.

Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, lo ha puesto de relieve en su intervención en  la última Asamblea de la Compañía de las Obras a la que Páginas Digital ha dedicado un especial. El individualismo económico es una debilidad cultural que no explota el gran recurso que hace posible el desarrollo: la percepción de que la necesidad es infinita. Es esa  percepción que te lleva a buscar al otro y que sólo tiene como respuesta adecuada la gratuidad. El conocimiento auténtico depende de la educación, de la gratuidad en la transmisión de una tradición actualizada, del diálogo entre generaciones. La capacidad de competir no depende de la ganancia a corto plazo sino de la sostenibilidad de la obra que se construye. Eso es sociabilidad en acto, hacer con otros.

También en la década de los 90 Michel Albert, en Capitalismo contra capitalismo, supo subrayar que este capitalismo basado en la construcción común, que inspiró el desarrollo en Renania, es el que ha hecho posible un desarrollo perdurable en Europa. Pero de nuevo hace falta una revolución cultural para que esa gratuidad que sostiene y enriquece el mercado, que sostiene y hace posible el Estado -como señala Benedicto XVI en la Caritas in Veritate- sea considerado un recurso económico. Los datos de Cáritas reflejan que existe ese recurso a raudales en la sociedad española: es sin duda la gran ventaja competitiva.  

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